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Días de playa y plutonio

55 años después del accidente nuclear que liberó 3.000 millones de microgramos del metal radiactivo sobre Palomares (Almería), una miniserie de Movistar+ repasa aquel desastre aún latente

Manuel Fraga remoja 
«meyba» en al playa de 
Quitapellejos, Palomares, 
en 1966. información

Manuel Fraga remoja «meyba» en al playa de Quitapellejos, Palomares, en 1966. información

Los sucesos tienen la hechura de un blockbuster o una teoría conspiranoica, pero no son una invención sino parte de la Historia oscura de la Guerra Fría. Durante la mañana del 17 de enero de 1966, un bombardero B-52 estadounidense sobrevolaba Palomares (Almería) a unos 10.000 metros cuando colisionó con el avión cisterna que debía proporcionarle repostaje, provocando la muerte instantánea de siete de los 11 tripulantes que ambas aeronaves sumaban. Inmediatamente, empezaron a llover 125.000 kilos de restos metálicos que, milagrosamente, no se cobraron vidas entre los habitantes de la pedanía.

Pero del cielo también cayó algo mucho más amenazante: cuatro bombas de hidrógeno B28, cada una de ellas 75 veces más destructiva que la que arrasó Hiroshima en 1945. Y pese a que los sistemas de seguridad de aquellos artefactos evitaron una explosión nuclear, tanto su impacto como la negligencia, la desinformación y la irresponsabilidad política derivadas de él causaron daños que más de cinco décadas después siguen sin repararse. De esas causas y esos efectos habla Palomares, la miniserie documental que Movistar+ estrena el próximo jueves.

Aviones como aquel B52 llevaban cruzando el espacio aéreo español desde hacía años, varias veces al día; el Ejército estadounidense había puesto en marcha la operación Chrome Dome en 1960, y en aras de la destrucción mutua asegurada: el objetivo era tener bombarderos nucleares en el aire en todo momento, con el fin de tener capacidad para responder a cualquier posible ataque soviético, fuera de la magnitud que fuera, en cuestión de minutos. Accidentes como las bombas caídas en Palomares eran solo cuestión de tiempo.

La primera de ellas fue localizada, intacta, solo unas horas después del siniestro. El alivio, sin embargo, fue solo momentáneo. A la mañana siguiente aparecieron dos artefactos más, ambos despedazados; parte del explosivo convencional que contenían había detonado y, a causa de las explosiones, polvo de plutonio altamente radioactivo había empezado a esparcirse. De la cuarta bomba no había rastro, y seguiría sin haberlo durante varios meses.

A partir de entonces, aquella localidad perdida de solo unos cientos de habitantes en la que no había agua corriente ni apenas luz eléctrica se vio invadida por la más moderna fuerza militar del mundo. En parte azuzados por el miedo a que los soviéticos encontraran el dispositivo antes que ellos, los estadounidenses desplegaron la que fue la operación de rescate submarino más compleja de la Historia –Hollywood la recreó pobremente en Hombres de honor (2000), protagonizado por Robert De Niro–, y pese a ello no lograron recuperarlo hasta principios de abril. Paralelamente, 1.600 soldados americanos aterrizaron en Palomares para deshacerse del material radiactivo, ya fuera quemando vegetación contaminada o metiendo 1.400 toneladas de suelo en bidones para su envío a un depósito de residuos radiactivos de Carolina del Norte. Y entretanto las autoridades trataron primero de silenciar el accidente y después, de minimizar sus riesgos. No se evacuó el pueblo, ni siquiera se protegió la zona de los curiosos. Y, para mandar un mensaje al mundo entero y a los potenciales visitantes, Manuel Fraga –por entonces ministro de Información y Turismo– se dio un baño en la playa de Quitapellejos junto al embajador de Estados Unidos. Allí no pasaba nada.

En contacto con la piel, aseguran los expertos, el plutonio es relativamente inofensivo, pero su inhalación provoca una lluvia de partículas radioactivas en el interior del cuerpo; un microgramo de plutonio bastaría para causar daños graves en el organismo, y se calcula que las bombas de Palomares liberaron alrededor de 3.000 millones de microgramos de ese metal.

Limpieza incompleta

Un informe publicado por el Ejército estadounidense en 1975 aseguraba que no se habían detectado problemas de salud derivados de una exposición a la radiación generada por el accidente de Palomares, pero investigaciones posteriores determinaron que un número insólitamente alto de los soldados que habían participado en las labores de limpieza acabaron sufriendo diferentes formas de cáncer, trastornos sanguíneos y disfunciones cardiacas y pulmonares.

Hoy, la limpieza de Palomares sigue incompleta, y no se sabe cuánto plutonio permanece en el territorio. También se desconoce si la radiación podría tener efectos a más largo plazo entre su población; España y Estados Unidos acordaron financiar revisiones médicas anuales de sus residentes y la monitorización periódica del suelo, el agua, el aire y los cultivos locales, pero el proceso ha sido fallido.

En 2015, ambos países se comprometieron una vez más a trabajar juntos en la región aunque, eso sí, sin comprometerse a nada, y ahora el Gobierno de Bruselas urge al de Madrid a informar sobre la contaminación nuclear real que existe allí actualmente. La vida media del plutonio es de 24.360 años.

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