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El ladrón

Una calle de la población de 
La Torre de les Maçanes. JOSE NAVARRO

Una calle de la población de La Torre de les Maçanes. JOSE NAVARRO

El aire comenzaba a oler a pólvora. En el ambiente un no sé qué indefinido presagiaba la inminencia de los festejos. Las banderitas multicolores adornaban las calles, como todos los años, y las orquestinas, alegres aunque no siempre afinadas, deambulaban por los callejones y las avenidas, inundando la ciudad de ese contagioso ritmo «fogueril», como todos los años. La ciudad bullía engalanada en guirnaldas y cartón-piedra, perfumada de pólvora y aromas marinos. Una miríada de multicolores bombillas le daba ese aire indefinible de los pueblos festivos.

Alicante ya estaba preparada para su semana, que coincidía con el inicio del verano y prologaba el largo estío, caluroso y húmedo.

Como todos los años, el día 21 de junio su marido salió de casa, exactamente a las nueve de la mañana, huyendo de las tracas, la música, los olores de fritanga y los ruidosos trasnochadores. Tal vez la barraca instalada a pocas decenas de metros de su céntrico ático sólo fuera una excusa…

Uno de los pasacalles de las fiestas de Hogueras. INFORMACIÓN

-Sabes que mis nervios no soportan este alboroto, mis hábitos son incompatibles con las fiestas populares. Yo necesito tranquilidad, sosiego… Volveré el día 25, cuando esta locura haya concluido.

Ritualmente, el marido y padre daba un silencioso beso en las mejillas a sus tres hijos y en la frente a su mujer, recogía su maletín con las dos mudas completas, su ordenador portátil y su portafolios y se adentraba en el automóvil que sólo detendría al llegar a su finca de Torremanzanas, en la sierra de Aitana, difuminada entre pinos y tomillo.

Inés quedaba al cuidado de la casa, de su pequeño Juanjo y de sus dos hijas adolescentes, integradas en las fiestas alicantinas e imposibles de desubicar en esas fechas.

Siempre sucedía lo mismo. Él reposaba en Torremanzanas y ella cuidaba de que las niñas se divirtieran. Año tras año.

Y estas fiestas no parecían diferentes a anteriores ediciones. El mismo colorido, similares monumentos de cartón-piedra, los mismos recintos acotados en las aceras donde la gente trasnochaba y parecía pasarlo bien, la misma música atronando hasta horas imposibles, el olor amalgamado de aceite, vino y pólvora, las muchachas engalanadas en brillantes colores… y hasta los mismos individuos que, año tras año, ya más entrados en kilos de lo que desearían, saludaban al alba con sus extemporáneos cánticos.

Este año, como todos, ella no saldría. Se quedaría en casa cuidando de su pequeño de 9 años, esperando a que las niñas volvieran a una hora prudente. Y se dispuso, ella también, a disfrutar de las fiestas… a su manera. Su hijo, sus libros, su música… su soledad. Los años le habían enseñado que el destierro interior es la más dulce de las condenas, el único castigo que no estaba dispuesta a redimir.

No habían transcurrido más que un par de horas de aquella primera noche cuando escuchó el ruido de la puerta de entrada. «Alguna de las niñas olvidó algo» fue su primer pensamiento. Pero el ruido persistía, como si la cerradura no identificara la llave. Y ella salió tranquila al encuentro de su hija.

En ese momento se abrió con brusquedad la puerta y apareció el hombre. Debía tener algo más de 30 años, atlético, piel morena y ojos grandes y huidizos. Su cara reflejaba casi tanto espanto como la de ella.

En su mano portaba una especie de ganzúa, con la que sin duda había forzado la puerta, y la otra la ocupaba una navaja de considerables dimensiones. El grito que salió de la garganta de Inés se diluyó en la algarabía callejera que llegaba hasta la altura de su apartamento.

Por alguna extraña razón el desconocido no le inspiraba miedo. Su cara desentonaba con su actitud y parecía querer aliviar la peligrosidad que se le suponía. Sus ademanes tenían un cierto aire cortés, alejados de la brusquedad patibularia de los de su clase; quizá era su rostro lampiño el que le dotaba de un aire infantil, que él intentaba disimular ahuecando la voz y salpicando sus órdenes de amenazas.

Al principio la trató con cierta brusquedad, aunque desprovista de violencia. Le ordenó mostrarle los objetos de valor que se hallaban en la casa y los inventarió sobre una mesa. Ordenadamente apiló un modesto fajo de billetes y a su lado varios relojes. En un montoncito reunió las alhajas de ella, la mayoría recuerdos de su familia. El valor del botín era escaso.

Cualquier otro se hubiera soliviantado con el pobre resultado. Pero el hombre parecía complacido.

De repente, cambiando el tono de voz, preguntó:

-Podría darme un vaso de agua… por favor.

Ya en la cocina, el muchacho deglutía vaso tras vaso de agua casi helada.

-¿De dónde eres?

-Soy montenegrino, pero llevo ya tiempo en España –añadió como queriendo disculparse.

-¿Qué quieres de mí?

-Nada, sólo algo de dinero… ¡no le voy a hacer daño!

La mujer lo miró con cierta dulzura.

-Lo sé. Te persiguen… ¿verdad?

El muchacho bajó los ojos un corto instante, un acto involuntario que le delataba. No contestó.

En ese preciso momento apareció en la puerta de la cocina el pequeño Juanjo. Un niño de ojos achinados, grandes y expresivos, con gesto enojado, como sólo lo están los críos desacostumbrados a la frustración.

Juanjo regresó agotado a casa aquella noche. Entusiasmado entre los monumentos de cartón, correteando alrededor de los ninots, subiéndose a la réplica de un burrito o adentrándose en las entrañas de un castillo de colores brillantes, casi embrujado. Desfilando por las avenidas, alegre, al compás de las bandas y orquestinas que endulzan las fiestas con pasodobles. Atronando con sus voladores y sus tracas chinas, acompasando sus carcajadas a los estruendos. Disfrutando, gozando de la libertad de los pueblos festivos, de la ilusión de la transgresión consentida siquiera por unos días, impregnándose del aroma de jarana y humo, de fritanga y vino, de ilusión y tolerancia.

-No puedo dormir, hay mucho ruido…

Las palabras se congelaron en la garganta de Juanjo, que miraba al hombre con una mezcla de sorpresa y precaución. Un silencio denso nubló la cocina, aguardando una explicación. Los ojos de la madre y el niño se cruzaron en un ritual desprovisto de miedo.

Ella no acertaba a dar con un pretexto con que tranquilizar a su hijo. De modo que el hombre intervino, con agilidad.

-Un mago, soy un mago, que ha venido a hacerte un truco de magia.

Y pronunciando esas palabras se dirigió hacia el pequeño, que le contemplaba ahora más confiado. La madre suspendió su respiración, angustiada.

Pero cuando el muchacho llegó hasta el niño, acercó la mano derecha a su oreja y la rescató con una moneda como botín. Juanjo le obsequió con una sonrisa franca, sorprendida, el mayor premio para un artista. El niño aplaudió feliz, olvidando cualquier incertidumbre y le pidió una nueva muestra de su genio.

El hombre hizo como si reflexionara un corto instante, y al cabo extrajo un mazo de cartas, que le tendió al chavalín, para que eligiera una. Juanjo tomó el dos de picas, lo miró y lo volvió a colocar entre la baraja. El mago la dejó sobre la encimera de la cocina, se separó unos pasos y le envió unos pases mágicos con sus manos, mientras musitaba unas raras palabras, que Juanjo no comprendió. Entonces, sonriendo al chiquillo con una dulce mueca, le indicó gentil:

-Ahora destapa la primera carta.

Juanjo se acercó despacio al mazo, intrigado, y levantó con tiento el primer naipe. Y allí apareció, radiante, su dos de picas, arrancando una sorprendida carcajada y unas entusiastas palmas del niñito, de ojos achinados y orejas un punto caídas.

Inés, ajena, contemplaba el ritual sorprendida, y un punto preocupada. El muchacho trataba a su hijo con cortesía, hasta con cariño. El chiquillo había olvidado cualquier reticencia y se entregaba al desconocido con la ilusión y la inconsciencia de sus nueve años, algunos menos en su cerebro.

El mago improvisó un nuevo truco, esta vez con una brillante manzanita que halló en un frutero, y que hizo desaparecer ante la incredulidad del niño, para materializarla más tarde en su bolsillo, y luego en lo alto de un estante y en…

De hito en hito, el ladrón miraba a la mujer, comprobando que permanecía allí, junto a ellos, cuidando de su vástago, como una leona, que no se despega de su cachorro en peligro, presta a morir si es preciso en su defensa.

Pero nada parecía menos amenazador que los juegos que compartía el intruso con el pequeño. De modo que algo en el interior de Inés comenzó a desactivar sus alarmas.

Los minutos volaban, repletos de juegos y carcajadas.

-¿Cómo te llamas?

-Soy el mago Juan.

-¡Como yo! Me llamo Juan José.

-Lo sé… y también sé que serás un gran mago… algún día…

Juanjo miraba a su madre con la ilusión pintada en su carita, los ojos abiertos como dos ventanas, mostrando orgulloso sus dientes desalineados. La mujer iba, poco a poco, relegando su recelo, consciente de que quien era capaz de hacer reír a un niño difícilmente podría infligir daño alguno.

Tres naranjas surgieron, casi como por encanto, en las manos de Juan. Con ellas comenzó un carrusel de piruetas y malabares, que entusiasmaron al niño. Juanjo ya monopolizaba al hombre, disfrutando y exigiendo más y más, aplaudiendo con sus manitas un tanto deformes, gozando de aquel privilegio, inusitado, exclusivo.

Una de las puertas de los armarios de la cocina cedió ante un golpe de Juanjo y se desplomó ruidosa. Sin mediar palabra, Juan tomó un cuchillo e improvisó con él un destornillador, con el que encajó las bisagras y aseguró los tornillos.

-Gracias –acertó a musitar Inés- Llevaba suelta años…

Y una sonrisa se congeló en su rostro, a medio camino entre el agradecimiento y la vergüenza.

Juanjo, en un ritual tantas veces repetido, abrió la nevera y cogió uno de sus batidos. Pero cuando iba a llevar la botella a la boca amagó el gesto para ofrecérsela al mago:

-¿Quieres batido? Está muy rico, es de frutas. Mi papá dice que es bueno para mí.

Juan dudó, miró de refilón a la mujer, y finalmente cogió la botella, de la que bebió sin atreverse a tocarla con sus labios.

-Gracias; es verdad, está muy rico.

Juanjo le premió con una sonrisa y le asió de la mano.

-Ven, vamos al salón, quiero que veas una cosa.

La pequeña comitiva salió de la cocina en dirección al salón. Los ventanales estaban abiertos, y desde la calle ascendía el rumor festivo, ocasionalmente subrayado por un trueno o un resplandor. En un rincón de la gran estancia una mesita mostraba una apretada colección de fotografías enmarcadas en plata.

-Éste es mi papá. Se va todos los años a la montaña porque dice que no aguanta estas fiestas. –Y el niño señalaba a un hombre bien vestido, sonriente, con aspecto de triunfador, que estrujaba entre sus brazos a un Juanjo diminuto.

El niño fue pasando revista, presentando a su nuevo amigo a toda la familia, ante el gesto comprensivo de su madre, resignada a la complicidad que nacía entre los dos.

El carillón del salón dictaminó con sus doce quejidos la sentencia de cama para Juanjo. Que esa noche suplicó una demanda inusual:

-Cuéntame un cuento…

Juan no se volvió a mirar a la madre, tomó la manita del niño y se dejó dirigir por él. El pequeño se arrojó sobre la cama y le indicó con un gesto a Juan que se sentara a su lado. Cuando lo hizo, le tomó nuevamente la mano y esperó.

Juan reflexionó sólo un instante. En el quicio de la puerta Inés contemplaba la escena, ya más confiada, incluso expectante. Su figura se reflejaba en el espejo del cuarto del niño, y su fragante cabello rubio destellaba como las guirnaldas que adornaban las calles. Sus ojos azules, como ese mediterráneo que se divisa desde su terraza, emitían un brillo especial aquella noche. Su rostro, confinado en un óvalo delicado, esbozó una sonrisa cómplice con la de su hijito.

-He recordado una vieja historia de mi país que quisiera contarte. Hace muchos, muchos años, en una modesta aldea, vivía un joven matrimonio muy pobre. Ella, que era muy hermosa, poseía un sedoso cabello dorado que le alcanzaba la cintura y su marido pasaba sus horas libres bajo un enorme roble con una pipa entre sus labios vacía, pues no tenían dinero para llenarla. Un buen día la mujer, apenada de contemplar siempre a su marido con la pipa vacía y no teniendo nada con que comprarle tabaco, se encaminó al pueblo a vender lo único que poseía. Así, cambió su hermoso cabello por una onza de oloroso tabaco de pipa. Cuando llegó a su casa, contenta, a entregar el presente a su esposo, lo encontró esperándola ilusionado: éste había vendido su único bien, su pipa, para comprarle a su mujer un peine de madera con que cuidar su hermoso cabello rubio.

El niño sonrió sin comprender muy bien el significado del cuento, pero dichoso de la dedicación que le prodigaba su nuevo amigo. Que se acercó a su frente y la acarició con un beso. Juanjo se abalanzó sobre su cuello y le correspondió con un abrazo, el más tierno que Juan había recibido en su vida.

Inés se acercó a despedir a su hijo, como todas las noches. Pero ésa, su hijo disminuido le susurró al oído un tímido «gracias».

Juan e Inés retornaron al salón, donde el hombre se detuvo ante una bien surtida colección de discos, curioseando con ojos expertos.

-¿Sabe? En mi infancia yo tocaba el violoncelo, y me gustaban especialmente las composiciones intimistas…

Acompañando a sus palabras tomó un disco compacto, que depositó sobre el reproductor. Al instante, el cello de Misha Minsky desgranaba La muerte del cisne, de Camille Saint Saëns. Las vibrantes notas patéticas inundaban la estancia, rivalizando con la algarabía que llegaba desde la calle, impregnando las almas de los oyentes de una serena tristeza, quizá como un amargo contrapunto ambiental, como un recordatorio de la futilidad de la fiesta frente a la amargura cotidiana del vivir.

La ternura de la música, que evocaba la agonía de la belleza, la transmutación de lo efímero, inundaba el alma doliente de la mujer, conmocionada por la ambivalencia, por la eterna combinación de la bondad y la maldad, que en ocasiones se asocian en una curiosa amalgama, cuya disección solo está al alcance de los pacientes.

Porque Inés logró aquella noche penetrar en la coraza calcárea de aquel hombre, perseguido, maltratado, humillado por una sociedad frustrante, ésa misma que ofrece y niega, en un simultáneo acto de traición y engaño para gentes como Juan.

No pudo expulsarlo de su casa. Y la noche murió entre historias y confidencias, entre Debussy y Ravel, entre palmeras y efluvios de pólvora, entre confesiones y sueños, proyectos y lejanas utopías, quizá realizables sólo en el lugar donde reinan los sueños.

Finalmente un sol rojo y orondo acudió a rescatar a la pareja de sus sueños.

Som fills del poble que té les xiques com les palmeres de junt al mar…

La orquestina desfilaba alegre por la explanada, sobre su mosaico multicolor, recreando entre palmeras y ficus la música de la fiesta, y convocando con su entusiasmo tanto a los últimos trasnochadores como a los precoces madrugadores.

Juan salió del portal y oteó en ambas direcciones, con la costumbre de los años de clandestinidad. Arriba, en el lujoso ático habían quedado el montón de joyas y los relojes, el fajito de dinero y hasta la baraja de cartas, modesto presente dedicado a su nuevo amigo.

Cuando Juan se iba a sumergir en la vorágine de ruido una voz conocida lo retuvo, desde la penumbra del portal.

El hombre se acercó con tiento y, antes de que pudiera acomodar sus ojos a la oscuridad, percibió que introducían en su bolsillo un paquetito de papeles. Y aquella voz, dulce y cálida, le susurró queda, muy cerca de su oído:

-Mi marido volverá a marcharse las próximas hogueras…

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