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LA PLUMA Y EL DIVÁN

Honradez

Imagen de archivo del Palacio de Justicia

Imagen de archivo del Palacio de Justicia

La honradez es una cualidad perseguida y valorada en cualquier entorno, ya sean modestos y humildes proletarios, grandes empresarios o nobles señores, porque se supone que quien la enarbola tiene el sello de máxima calidad para acometer la empresa que desee.

El perfil de una persona honesta concuerda con aquella que jamás cometió error alguno, y si lo hizo, fue completamente ajeno a él. Limpio de pecado según las normas de la religión, independientemente de cuál sea ésta. Sin antecedentes penales, porque ha de estar completamente en paz con la justicia. Su comportamiento ha de ser recto y cabal situándose a una enorme distancia de cuestiones que puedan ser objeto de castigo o recelo.

No solamente ha de parecer honrado, sino que ha de serlo realmente. Pudoroso y recatado en sus acciones, tanto las públicas como las privadas. En sus juicios y decisiones debe de imperar la justicia, aunque este hecho lo lleve a situaciones que vayan en contra de sus propios intereses personales.

En sus interacciones con los demás tiene que ser razonable y empático. No tiene que actuar jamás en contra de los demás ni de sí mismo y, por supuesto, ha de seguir fielmente los principios y valores que marquen su vida defendiéndolos en todo momento y condición.

De aquellos que conocemos sus andanzas somos plenamente conscientes de sus dislates y falsas apariencias, sobre todo de los más visibles, los que se exponen día tras día al juicio público de sus iguales. Por ejemplo, las cosas que valoramos de nuestros insignes políticos a la hora de darles nuestro apoyo, pasan inexorablemente por la honradez, y cuando sospechamos que nos han engañado con sus falsas promesas, sus farfullas y sus solapadas injusticias, les retiramos nuestra confianza.

Algo similar nos ocurre con los compañeros de trabajo que zancadillean a diestro y siniestro en cuanto te descuidas un ápice, la pareja que te sumerge en la traición en cuanto vuela una falda o un pantalón alegre, el jefe ineficaz que se protege simulando eficacia para culpar de los errores a sus subordinados, los jueces que juzgan el delito según el día y según les vaya, y un listado tan largo que sería casi interminable.

Confieso que la honradez en estado puro es una cualidad cuasi divina, pero el deterioro de este valor en la sociedad actual es tan pronunciado que estamos perdiendo el criterio, lo que nos puede llevar a la inoperancia y la desconfianza social.

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