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LA PLUMA Y EL DIVÁN

Sobrevivir en la inopia

Archivo - Una enfermera prepara la vacuna para un sanitario contra el coronavirus en el Hospital Gregorio Marañón de Madrid (España), a 11 de enero de 2021. La Comunidad de Madrid continúa este lunes con la vacunación contra la covid-19 de los profesional Jesús Hellín - Europa Press - Archivo

Parece ser que tenemos el alto privilegio de ser ciudadanos de una de las sociedades más avanzadas del mundo, donde contamos con recursos que mejoran nuestra calidad de vida y nuestra esperanza de vida.

Disfrutamos de uno de los mejores sistemas sanitarios del mundo, una educación pública que cubre todas y cada una de las necesidades educativas, una estructura jurídica que garantiza los derechos fundamentales y un sistema político democrático reconocido.

Si todo esto es así, por qué hay un alto porcentaje de españoles que están insatisfechos. Se critica la sanidad hasta cotas impensables, por lenta o ineficaz. La educación está permanentemente en entredicho y, de hecho, llevamos más de ocho reformas educativas en los últimos cuarenta años. La separación de poderes, legislativo y judicial, sigue siendo una asignatura pendiente, y más del 60% de los españoles están insatisfechos con el funcionamiento de la democracia.

Muy posiblemente los efectos de la pandemia que seguimos viviendo en primera persona, esté colocando algunas cosas en su sitio. La sanidad ha respondido de forma heroica y la opinión general ha cambiado significativamente. La educación ha hecho esfuerzos épicos por llevar a cabo su labor formativa con pocos recursos desde la virtualidad para evitar contagios. La justicia ha demostrado que puede regular los rifirrafes de los que legislan desde una posición ecuánime. La política, una vez más, ha fracasado en su intento de conciliar el desastre sanitario y económico, siguiendo a la gresca como chiquillos en el patio del colegio.

La pandemia también nos ha traído el pesimismo. Somos el tercer país más pesimista de Europa detrás de los checos y los croatas con respecto a nuestro futuro cercano. La responsabilidad de nuestros gobernantes parece que se queda estancada en las cuestiones económicas y todo lo demás se queda al pairo. Un pueblo pesimista es vulnerable y nuestros políticos tienen que tomar medidas sobre ello.

En estos delicados momentos de la historia, no podemos permitirnos ahogarnos con emociones negativas, necesitamos imperiosamente salir a flote. Pero el baño de realidad es implacable. Sube de forma imparable la energía eléctrica, los combustibles, los artículos de primera necesidad, pero los sueldos siguen estancados en el mejor de los casos o a la baja.

Vivimos sobre informados, al vaivén de decisiones políticas partidistas e interesadas, con la sombra del virus al acecho y con pocas salidas futuribles. La solución no puede estar en la indigencia crítica hacia los poderes del Estado, pero muchos, equivocadamente, se están refugiando en la inopia para poder sobrevivir.

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