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Altamira, el revolucionario de la educación pública

El historiador y jurista alicantino desdobló las aulas, aumentó el sueldo y la formación de los maestros, mejoró el material escolar y reformó la inspección primaria, tal como recoge en su tesis Ignacio Ramos

Altamira, arriba (derecha) con el rey Alfonso XIII, al entrar en la Academia de Ciencias Políticas. Abajo, el jardín escuela que montó en Alicante. | INFORMACIÓN

«El primer presupuesto nacional (cuando la sociedad no sabe todavía cumplir por sí misma este fin) es el de la instrucción pública, no habiendo gasto alguno, entre todos los del Estado, que más remunerador y fructífero sea, extendiendo los beneficios de su crecimiento a todos los demás órdenes de la vida social, sobre los cuales influye vigorosamente».

El discurso de apertura del curso de la Universidad de Oviedo que ofreció Rafael Altamira (Alicante, 1866-México, 1951) el 1 de octubre de 1898, no solo marcó su empeño a lo largo de los años a nivel pedagógico, sino que se ha convertido en una verdad universal válida más de un siglo después.

Aunque no es su faceta más conocida y reconocida, lo cierto es que el historiador y jurista, candidato dos veces al Nobel y miembros del Tribunal de Justicia de la Haya, puso la enseñanza pública patas arriba e implantó algunas medidas que supusieron una auténtica revolución durante el desempeño de su cargo como director general de Primera Enseñanza, entre 1911 y 1913.

Ha sido su biznieto, Ignacio Ramos Altamira, hijo de la recientemente fallecida Pilar Altamira, auténtica instigadora de la recuperación de la figura de este intelectual, quien ha indagado en esa faceta y lo ha llevado al papel para su tesis doctoral. Rafael Altamira y Crevea y su contribución a la educación popular y la escuela pública española es el título de esta investigación, dirigida por José Miguel Santacreu y Rafael Sebastiá, que recibió Sobresaliente Cum Laude en la Universidad de Alicante el pasado 29 de julio.

A raíz de su libro Ricardo Vilar i Negre y el jardín-escuela Altamira de Alicante, asegura Ramos que fue consciente de «la aportación» de su bisabuelo al desarrollo de la escuela pública. «A partir de ahí empecé a investigar y descubrí que en esos tres años como director general de Primera Enseñanza realizó un desarrollo enorme en la enseñanza pública».

Altamira, el revolucionario de la educación pública

Una escuela abandonada

Altamira se encontró «una escuela abandonada», en la que los maestros «cobraban una miseria» y aulas con «80 y 100 alumnos» de diferentes edades. Lo que hizo el historiador y creador de la Extensión Universitaria «fue una revolución».

Aumentó los sueldos y potenció la formación de los profesores con cursillos pedagógicos; implantó el desdoblamiento de aulas para reducir la ratio y ordenar a los alumnos por edades; puso en marcha políticas de gratuidad real; invirtió en la compra de material escolar y mejoró las condiciones higiénicas en las aulas.

Además, puso en marcha la reforma de la inspección primaria y creó la inspección femenina para la escuelas de niñas; impulsó la creación de cantinas, mutualidades y colonias escolares, además de bibliotecas circulantes; también cambio la denominación de escuelas municipales a escuelas nacionales; eliminó los exámenes anuales por evaluación continua y creó escuelas al aire libre, como la del Paseíto Ramiro en Alicante, que fue la primera.

Todas estas medidas son las que sentaron las bases de la educación publica moderna. «Era superavanzado; en realidad eran las aspiraciones de los pedagogos de la época, pero no se hacía nada, todo quedaba en congresos. Hastas que Altamira llegó y lo llevó a la práctica».

Altamira, el revolucionario de la educación pública

Rodolfo Llopis, tras sus pasos

Tan importante fue la huella que dejó que otro alicantino, Rodolfo Llopis, también director general de Primera Enseñanza, en su caso en el primer bienio de la II República, destacó en el discurso del homenaje que se le rindió en la Escuela de Magisterio de Alicante en 1933, que al pasar por el ministerio solamente había seguido la ruta señalada por el «gran hombre de ciencia» Rafael Altamira.

«Lo que demuestro -afirma Ignacio Ramos, que dedicó la tesis a su madre- es la relación entre Altamira y Llopis, y cómo este siguió los pasos de mi bisabuelo, como él mismo reconoció».

Para realizar la tesis, Ramos se sumergió en los archivos familiares, además de en la Gaceta de Madrid, en los fondos de la Residencia de Estudiantes, en las memorias del historiador y también en el legado de Altamira depositado en el IES Jorge Juan de Alicante. «A nivel académico se le conoce pero a nivel de la calle se identifica a Unamuno, a Azorín y otra gente, pero a Altamira, que hizo miles de cosas y en campos muy diferentes, no se le reconoce tanto». «Como se fue al exilio -asegura- le borró del mapa el franquismo. El se negó a volver a España así que supongo que nadie se puso a recuperarlo. Hasta que llegó mi madre».

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