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Cuando uno quiere mandar

Roca Rey se lleva la tarde al cortar tres orejas por dos faenas contundentes y sin fisuras. El Fandi y Manzanares logran un trofeo cada uno y no pueden redondear triunfo por el escaso juego del ganado de Victoriano del Río

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Roca Rey abre la puerta grande Áxel Álvarez

Ayer venía a los toros por primera vez con quien firma estas líneas un muchacho de quince años e idéntico nombre a quien, por aquello de aportar algo más a esta bendita fiesta, pretendía uno meter el gusanillo de la afición al toreo. Le venía hablando de las cualidades de este y el otro torero, explicándole los preceptos básicos de la liturgia taurina para que entendiera algo de todo el abanico de colores, formas, sonidos y movimientos que se iba a desplegar ante sus ojos. Pero qué difícil es, miren ustedes, justificarle aquello del toro bravo, el empuje, la fiereza, la lucha de la inteligencia contra la fuerza encastada. Porque hay que ver qué sosainas salieron los seis astados de Victoriano del Río, con el hierro titular y el complementario de Cortés. Qué complejo hablarle de emoción cuando al final de casi todas las faenas por los astados se sentía más bien lástima. ¿Cómo le iba a hacer entender que la suerte de varas resulta fundamental para medir la bravura de los cuatreños y cinqueños (hasta cuatro) que saltaron al ruedo, cuando apenas entraron una vez al caballo y algunos salieron ya casi con el viático?

José Mari Manzanares en un templado derechazo al segundo. | ÁXEL ÁLVAREZ

Menos mal que luego están toreros como El Fandi, que no me falló en el vaticinio. Sobre todo en el que rompió plaza, que atendía por Soleares y al que recibió con tres largas cambiadas de rodillas, un mejunje de verónicas y chicuelinas más media de rodillas. Lo llevó galleando al caballo y luego quitó por más chicuelinas. A mi tocayo le encantó El Fandi en banderillas, con ese par de la moviola inverosímil cuadrando en la cara del toro corriendo hacía atrás, pero también en el tercer envite al violín. Brindó al público y le endilgó tres tandas con la diestra en línea recta y con poco contenido, adobado todo con algún molinete y tal que cual circular. A la tercera serie probó al natural, pero el astado ya había perdido fuelle. Era el momento de rodillazos, circulares y desplantes varios que encendieron los tendidos de sol. Mató con más eficacia que acierto y se llevó una oreja.

El Fandi volvió a ser un espectáculo asegurado en banderillas. | ÁXEL ÁLVAREZ

El cuarto no dio casi ni para lucimiento en banderillas. Salió muy mermado del monopuyazo y apenas dio opción a que el diestro granadino, que volvió a brindar al respetable, pudiera más que tirar líneas a media altura para que el animal no claudicara, como ocurrió en varias ocasiones. Solo apuntar un cuarto par de rehiletes al violín para mi homónimo novato.

Con Manzanares nos las prometíamos más felices. «Esto es como cuando juega el Hércules en el Rico Pérez», le comenté a modo de comparación para que entendiera la especial conexión del público con el torero. Ya saben, el fútbol se lo han metido desde pequeño por los ojos, con toda la presencia mediática. La afición a los toros, sin embargo, es algo más eclipsado en esta sociedad moderna. Pues miren que tampoco anduvo muy acertado este pronóstico. Y eso que en el segundo de la tarde, Jilguero, el diestro hilvanó tres tandas de derechazos de muy buen son, con remates de pecho largos, como nos tiene habituados. Con la zocata no lo vio claro, la última serie a derechas apuntó un circular con molinete y pectoral ya con el toro desinflado. Faena breve por la duración del astado, pero bien medida. De no cobrar un pinchazo quizá el paisanaje le hubiera solicitado la segunda oreja.

El quinto bajó mucho la ya terciada presentación general. Le endilgó verónicas airosas de salida el alicantino, y con la muleta surgieron dos tandas de derechazos con cierto brío, pero se vinieron abajo por igual toro y torero. Un primer pinchazo en la suerte de recibir, demasiado forzada ante la flojedad de Cóndor, quizá fuera el intento por arrancar otra orejita y abrir la puerta grande. Le siguió otro más y una certera estocada que dejaron todo en saludos después de que sonara incluso un aviso.

Le había contado a mi nuevo compañero lo interesante que era ver a Roca Rey. «Con este no te vas a aburrir», le comenté antes de que saltara al ruedo el tercero. Desde que salió Tallista por toriles quedó claro el compromiso del peruano. Verónicas ceñidas de recibo y quite por chicuelinas y tafalleras, para luego comenzar con la franela de rodillas, pasándoselo dos veces por la espalda, y ya tenía al público en el bolsillo. Luego le majó tres series con la derecha sublimes de mando, recorrido y mano baja. Y el astado lo acusó, claro. Muletazos largos, templados y con la planta asentada, sin una duda y con empaque. Algún natural suelto posterior no justificó el olvido de ese pitón, y volvió con circulares apretando de nuevo por la derecha, con una dosantina marca de la casa, al igual que las bernadinas finales que levantaron a unos cuantos de sus asientos. A mi tocayo le encantaron. Cuando el toro no pone emoción, la tiene que poner el torero. Al menos uno que quiera mandar. Y Roca Rey quiere hacer honor a sus apellidos proféticos. Lo tumbó de una estocada de buena ejecución que cayó ligeramente ladeada y que no fue óbice para que se le otorgaran las dos orejas y hasta se le pidiera el rabo. Tampoco nos pasemos.

Al sexto lo recibió con verónicas a pies juntos de mérito porque el toro apretaba. Acodado en tablas comenzó con la muleta, y ya desde la primera serie se vio la falta de empuje y emoción del animal, un tal Elejido. Los muletazos surgieron ya de uno en uno por ambas manos, alguno al natural de bello trazo. Lo afianzó con pulso y eso le permitió apretarle en una última serie con la diestra más maciza. Arrimón y péndulo damasista previo a una gran estocada. Oreja con petición de la segunda, que el presidente desoyó con medido criterio. Tres orejas en total. Incontestable triunfo.

No sé si mi nuevo aficionado decidirá volver a enfilar el camino a la plaza. En los tiempos de la imagen y la inmediatez de las redes sociales, de internet y de los grandes grupos de comunicación que deciden no dar visibilidad a la tauromaquia, parece toda una quimera. Y esta liturgia requiere enfoque apasionado, concentración y paciencia para asistir al milagro. Aun así, la fiesta siempre ha tenido una capacidad de adaptación a los tiempos muy eficaz. Lo que también parece claro es que, si por chiqueros no sale un animal que transmita emoción, miedo y tensión, la llamada se hace más difícil. Si sentimos pena por el toro, mal andamos. Y lo de ayer no ayuda, ni mucho menos.

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