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El niño mimado de Alicante

Pablo Aguado se muestra entonado en el tercero y Morante pecha con el peor lote de la tarde

José Mari Manzanares receta una estocada al quinto de la tarde, que le valió para cortarle las dos orejas. | DAVID REVENGA

Contaba en la crónica de ayer los avatares del primer festejo al que asistía mi adolescente tocayo y planteaba las complejidades de atrapar a un neófito en el arte de Cúchares si los toros a lidiar no transmiten una emoción mínima. Pues miren ustedes: menos mal que no vino ayer, porque igual no vuelve. Un primor aquella corrida si la comparamos con la de ayer. Infumable, indecorosa, paupérrimo espectáculo con las cámaras de televisión en directo. Menudo catálogo de astados mansos, huidizos, deambulando sin sentido, colándose de manera descarada poniendo en apuros a los actuantes. Tanto los cuatreños (segundo, tercero y cuarto) como los cinqueños. De un hierro y de otro, que pareció que la mansedumbre era cosa contagiosa.

El presidente de la Diputación junto con el pregonero de este año, el doctor Reyes. | DAVID REVENGA

Entre tanto marasmo Manzanares veía cómo se le iba la feria más floja de cuantas ha vivido en su tierra. Le habían entregado al romper el paseíllo un cuadro conmemorativo, junto a una placa que recibió también el doctor Chema Reyes, tras tantos años de ángel de la guarda de los toreros en la enfermería de la plaza. Pero al mansurrón quinto, que atendió por Miraflores, Manzanares lo entendió a la perfección e hizo del defecto virtud, aprovechando la embestida huidiza pero boyante para cuajar un trasteo más que decoroso. Le había endilgado un ramillete de verónicas poderosas y de buen aire rematadas con media. Huidizo en banderillas, llegó sin fijar a la muleta del alicantino, que brindó al público (nadie se acordó de la Bellea del Foc, que miraba lánguida desde el palco). Y a los medios se lo llevó el alicantino para sujetarlo en dos tandas iniciales con la derecha de mando, dejando la muleta en la cara y sacando el máximo partido de la inercia de la embestida alegre del animal. Se adivinaba que pronto se querría ir hacia tablas, y antes de que eso ocurriera le dibujó dos naturales exquisitos, largos, hondos, dentro de una serie que acabó irregular. A la siguiente ya se fue buscando los terrenos de dentro, acorde a su condición de manso, y en el tercio de toriles hilvanó Manzanares otra tanda con la zocata, con menos poso pero más vibración, y una última con la derecha aprovechando querencias con molinete y remate de pecho muy coreados en el tendido. Alicante quiere a Manzanares , lo tiene mimado y vive sus triunfos como algo propio. Así que el acero fue empujado casi por todo el tendido. Espadazo fulminante que dio mínimo argumento al doble trofeo concedido.

Pablo Aguado templando al tercero en un derechazo a media altura. | DAVID REVENGA

En su primero apenas hubo historia. Lo paró de salida obligándole en dos verónicas en redondo insólitas, pero ya llevando al caballo al tal Miralto, de El Pilar, sufrió una colada peligrosa. Otra se llevó Morante al hacer un quite al banderillero de tanda, y luego, en el último tercio, continuó el engañoso juego. El alicantino lo obligó poderoso, pero el toro descomponía siempre. Dos naturales a cámara lenta surgieron como dos luceros en la noche oscura de una lidia imposible. Hubo ignorantes que aplaudieron al toro porque siguió, ya moribundo, al torero caminando hasta los medios. En fin...

El otro pasaje de interés de la tarde lo protagonizó Pablo Aguado ante el único astado que sacó cierta encastada condición ante el planteamiento firme del debutante, que brindó a Manzanares. Los doblones iniciales ayudaron a fijar quién mandaba en el ruedo. Adobadas con trincherazos, molinetes y cambios de mano graciosos, surgieron varias series de muletazos con la diestra de airosa verticalidad y hasta caricia en la tela. Al natural brotaron tres muletazos primorosos, aun sin remate en tanda interrupta. Dos doblones por bajo rodilla en tierra trajeron aires de romero sevillano, y el mal uso de la espada dejó todo en saludos tras aviso.

Ante el sexto, que pareció salir algo congestionado de las mecidas verónicas a cámara lenta iniciales, apenas hubo más historia que la buena lidia de Iván García. Se silenció su labor ante marmolillo tan indecente.

Morante de la Puebla pasó fatigas. De luto por la reciente muerte de su padre (lució capote de paseo negro y azabache), el que rompió plaza, jabonero albahío, resultó un auténtico regalito. Lidia desordenada, incertidumbre en todo, cuatro muletazos y bajonazo infame huyendo. No se merecía más. El colorao cuarto le hizo pasar apuros, haciendo hilo con él tras desarmarle y obligándole a correr despavorido hacia la tronera. Pareció que podría hacer algo tras un inicio medio qué, pero otra colada le llevó a abreviar. Lote a contraestilo, que se decía antes.

Y como Góngora con su soneto, miren ustedes por dónde ha llegado uno al remate de esta crónica del desastre. Al comienzo parecía imposible. Como la corrida de hoy. Qué paranormal todo...

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