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REFUGIO LITERARIO

La palabra mágica, de Isabel Allende

Reseñas de libros para desconectar de todo.

Isabel Allende, en una imagen facilitada por su editorial.

Isabel Allende, en una imagen facilitada por su editorial. / Lori Barra

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Esther Guilabert

Esther Guilabert

Isabel Allende me fascina. Me gusta el personaje (no perdáis ocasión de leer alguna de sus entrevistas o seguirla en redes) y me gusta su obra, extensa, diversa y viva. Presumo, además, de haberla leído prácticamente al completo. Así que sí, conviene avisarlo desde el principio: esta reseña no pretende ser objetiva. Tampoco tendría demasiado sentido.

La palabra mágica no es un manual para aprender a escribir, aunque uno termina el libro con ganas de sentarse frente al teclado. No es exactamente una autobiografía, aunque Allende abre de par en par muchas puertas de su vida. Tampoco es una novela, aunque hay páginas que se leen como si lo fueran. Y, sin embargo, contiene un poco de todo eso.

Con una generosidad propia de ella, Isabel Allende recorre su biografía y también su manera de entender la escritura, dos cosas que en su caso resultan inseparables. Va dejando pequeñas ideas, intuiciones y hasta consejos (ahora les llamamos “tips”, aunque ella seguramente preferiría otra palabra con más encanto) sobre el oficio de escribir y sobre aquello que, después de tantos libros, todavía le funciona.

Es un regalo para quienes ya somos lectoras fieles de Allende, pero también para quienes aún no saben por dónde empezar a descubrirla.

"La palabra mágica", de Isabel Allende.

"La palabra mágica", de Isabel Allende. / PLAZA Y JANÉS

Habla de la escritura como una forma de vida. Como pasión, disciplina y refugio (¿os suena?). Habla de inspiración y de musas, sí, pero también de trabajo constante, de horarios, de sentarse cada mañana frente a la pantalla incluso cuando las palabras no parecen tener ninguna intención de aparecer. “Empiezo todos mis libros el 8 de enero y cada día, menos el domingo, me siento aquí desde temprano a escribir”. Hay algo reconfortante en descubrir que incluso alguien como Isabel Allende necesita método además de magia.

La he escuchado decir más de una vez que una vida plana, sin sobresaltos ni dramas, sería un tormento para cualquier escritor. ¿De qué escribir entonces? Ya se sabe: sin drama no hay trama. Y su vida (o quizá su manera de mirarla) está llena de viajes, pérdidas, amores, exilios, humor y reconstrucciones. Tiene una biografía apasionante, pero sobre todo tiene la capacidad de contarla sin ambages, con cercanía y con esa mezcla de ironía y melancolía tan suya.

Feminista convencida y adelantada a su tiempo, Allende ha escrito novelas memorables. Resulta imposible hablar de ella sin detenerse, aunque sea un instante, en La casa de los espíritus. Para mí, una lectura imprescindible. Su primera novela sigue teniendo algo milagroso: ese realismo mágico que aparece con absoluta naturalidad, como si convivir con fantasmas fuera lo más cotidiano del mundo. Personajes inolvidables, excesivos, tiernos, contradictorios. Vida desbordándose por todas partes.

Cuenta Allende que el libro nació de las cartas que escribía a su abuelo moribundo mientras ella estaba exiliada. Y quizá ahí esté también el secreto de toda su literatura: escribir para no perder a los suyos, para entender el dolor, para ordenar el caos o simplemente para sobrevivir.

Paula, La isla bajo el mar, Violeta, El viento conoce mi nombre… Da igual por cuál empezar. Lo importante es entrar. Después, como ocurre con ciertas casas encantadas, uno ya no quiere marcharse del todo.

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