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Fin de semana | Gastrorigen

René, de Tabarca a Málaga

El alicantino Diego René.

El alicantino Diego René. / Información

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Tony Pérez Marcos

Tony Pérez Marcos

Diego René, alicantino, criado en Tabarca, donde su padre tenía un restaurante familiar y donde sin duda «mamó» este noble arte de la restauración, desarrolló buena parte de su carrera fuera de casa hasta establecerse en Málaga. Allí abrió hace unos años Beluga, el embrión de un grupo que hoy reúne ocho establecimientos de perfiles muy distintos. Esa estructura empresarial le ha permitido dedicar tiempo y recursos al proyecto que mejor refleja su personalidad: René, un restaurante donde la alta cocina, el buen hacer y la búsqueda de la felicidad de sus clientes es el único objetivo.

La sensación de estar ante algo importante aparece desde la llegada. La bodega, perfectamente climatizada, recibe al comensal mientras se sirven los primeros aperitivos rodeados de auténticas joyas vinícolas. El nivel continúa en la sala, dirigida con precisión y cercanía por Adolfo, mientras el apartado líquido queda en manos del sumiller Jesús Rioboo, ganador de la Copa Jerez. 2026 junto a su anfitrión. El maridaje, acertado, sorprendente, moderno, especialmente equilibrado, acompaña el menú con personalidad y divertimento.

Menú degustación

Buñuelo de bogavante

Eclair, foie, setas, fondillón y trufa

Ostra, manzana y raifort

Salpicón

Agua, algas, halófitas y mariscos

Matrimonio

Espeto, boquerón en vinagre y ajoblanco

Tomate con salazones

Tomate, capellán, lubina y salmorreta

Espárrago blanco

Espárrago blanco a la brasa: crocante, fondante y crujiente remolacha a la sal, escabeche de coco y huevas de naranja

Encebollado

Jibias rellenas, oloroso y chalotas

Arroz a banda, pulpo seco y orégano

Caldereta

Cigalas, patata y almendra valenciana

Pollo, conejo, garrafón, judía, y salsa de paella con caviar

Wellington

Rape, salsa café de parís y demi-glace

Ensalada

Brotes, escarcha y limón

Azulejo

Manzana, queso de cabra y levadura tostada

Île flottant

Fresa y capuchin

Petit four

Su cocina mantiene un evidente vínculo con Alicante, aunque sin caer en el localismo. Hay fondos tradicionales, productos mediterráneos y recuerdos de la cocina levantina, siempre reinterpretados con una técnica muy depurada y una elegancia clara. Lo más interesante del menú es su capacidad para cambiar constantemente de registro. Cada pase ofrece técnicas, texturas y matices diferentes, evitando cualquier sensación de repetición, juegos cromáticos, equilibrio entre verduras y proteínas, manteniendo vivo el interés hasta el final. La sardina al espeto, con mucha intención malagueña, demuestra que la sencillez sigue siendo uno de los caminos más difíciles hacia la excelencia.

La textura resulta impecable y el ahumado aparece medido con absoluta precisión. La cigala constituye uno de los grandes momentos del menú. Se acompaña de una refinada interpretación de aquellas picadas alicantinas de pan, almendra, ajo y huevo que enriquecen tantos guisos tradicionales. Un plato profundamente mediterráneo que transforma un recuerdo popular en alta cocina sin perder autenticidad. Pero quizá el plato que mejor resume la personalidad de René sea la remolacha cocinada en costra de sal. Tras limpiarla cuidadosamente, se lamina como un carpaccio aprovechando un color casi hipnótico. Sobre ella aparecen matices cítricos, guiños orientales perfectamente integrados y una sorprendente tapioca aromatizada con naranja que aporta frescura y textura. Es un plato vegetariano, sobresaliente, visualmente espectacular y gastronómicamente brillante. Uno de esos pases que justifican por sí solos una visita.

El tramo final mantiene un nivel muy elevado. El Wellington de rape evidencia una ejecución impecable, aunque el relleno no alcanza la untuosidad que inspira la receta clásica y la salsa elaborada con las cabezas del mismo rape resulta algo dominante e intensa de más. Es, probablemente, el único momento en que el conjunto pierde parte del equilibrio alcanzado durante el resto del menú. Los postres devuelven inmediatamente el listón a la excelencia. Primero aparece un refrescante prepostre elaborado con brotes, hierbas y un delicado granizado. Después llega un elegante homenaje a la cerámica valenciana en forma de azulejo dulce que esconde un extraordinario clambel de manzana.

El cierre, una refinada versión de la isla flotante, confirma el magnífico nivel de una partida dulce donde se aprecia la influencia de la escuela de Paco Torreblanca. Quizás eché de menos un buen chocolate siguiendo la estela de los grandes productos alicantinos. René apenas lleva unos meses abierto, pero transmite la seguridad de un restaurante plenamente maduro. Cocina, sala, bodega y servicio funcionan con una naturalidad impropia de un proyecto tan joven. No sería ninguna sorpresa verlo muy pronto reconocido por las principales guías gastronómicas. Cuando el talento, la técnica y la personalidad se alinean de esta manera, el tiempo suele convertirse simplemente en un trámite.

La memoria del salazón

Hoy traigo un libro que simboliza que «seguimos vivos» dentro del mundo del salazón o de la salazón, (nunca ha tenido claro en los años que llevo en este mundo si era masculino o femenino pese que la RAE, habla del femenino , entiendo como forma de elaboración, entre salazoneros y pescadores suele usarse mas el masculino refiriéndose al producto acabado). Antonio Sellés Rodriguez, profesor investigador de la UA, nos trae esta publicación que trasciende al interés del sector en si, para convertirse en una aportación al patrimonio de un territorio. Sal, peix i tradició.

La indústria del salat a la Vila Joiosa, es la obra del investigador Antonio Sellés Rodríguez y editada por la Universidad de Alicante dentro de su colección Gastronomía. Se trata de una investigación histórica que recorre la importancia que la industria del salazón tuvo en La Vila Joiosa y en la Marina Baixa, abordando la evolución de una actividad que durante siglos fue motor económico, comercial y social de la comarca. A través de la pesca de la tonyina y variedades túnidas, las antiguas saladuras, las rutas marítimas, las familias empresariales o las conexiones con Andalucía y Murcia, el autor construye un relato sólido y muy documentado sobre uno de los grandes pilares de la cultura marinera mediterránea.

Más allá del interés histórico, la obra ayuda a entender cómo un producto nacido de la necesidad de conservar el pescado terminó formando parte de la identidad gastronómica de todo un territorio. Sellés consigue que el lector entienda que hablar de salazones es hablar también de comercio, de tradición familiar, de innovación y de cultura. Especialmente acertado resulta el último tramo del libro, cuando deja de mirar únicamente al pasado para dirigir la vista hacia el futuro. El autor explica cómo la salazón vive una nueva etapa gracias a la alta gastronomía y a la innovación, citando como ejemplos la labor de cocineros como Ricard Camarena y Quique Dacosta, junto a iniciativas como las desarrolladas por Alma Marina para reducir los tiempos de curación y el contenido de sal, o productos innovadores como el Jamón del Mar impulsado por Petaca Chico junto a Ángel León. Un final que demuestra que la tradición solo permanece viva cuando es capaz de evolucionar.

Confieso la satisfacción personal de encontrarme citado en esas páginas finales y, sobre todo, de recibir una dedicatoria del autor en la que afirma que parte de las conclusiones del libro no habrían sido las mismas sin mi aportación. Un detalle que agradezco sinceramente, aunque el verdadero mérito pertenece a una investigación rigurosa y mas que necesaria para mantener viva la llama de este producto tan ancestral y tan nuestro.

Portada del libro "Sal, peix i tradició" de Antonio Sellés Rodríguez.

Portada del libro "Sal, peix i tradició" de Antonio Sellés Rodríguez. / Información

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