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EFEMÉRIDE LITERARIA

Natalia Ginzburg: memoria en prosa, antifascismo y las pequeñas virtudes

Este 14 de julio se cumplen 110 años del nacimiento de la autora de 'Léxico familiar', clave en la literatura del siglo XX

Ilustración de Natalia Ginzburg.

Ilustración de Natalia Ginzburg. / Pablo García

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Carmen Tomàs

Carmen Tomàs

Alicante

Nació con el apellido Levi, aunque fue conocida literariamente como Natalia Ginzburg, nació en Palermo el 14 de julio de 1916. Su nombre resuena siempre al de imprescindible, figura clave como fue en la narración de los horrores que trajo el siglo XX y también como ejemplo y pilar de las nuevas claves de configuración de esas mismas narraciones. Su inclinación intelectual se gestó ya de pequeña: era la menor de los cinco hijos del profesor universitario de anatomía -de origen judío- Giuseppe Levi y Lidia Tanzi, que procedía de una familia católica de fuerte inclinación socialista. En 1919, los Levi se instalaron en Turín, ciudad en la que Natalia creció y se desarrolló en un ambiente intelectual, laico y abiertamente contrario al fascismo.

Así lo refleja el Dizionario Biografico degli Italiani (volumen 64) del Instituto de la Enciclopedia Italiana Treccani. Los documentos vinculados a la vida de Natalia Ginzburg nos hablan de una joven vinculada a los principales círculos antifascistas de Turín. Su padre y varios de sus hermanos fueron detenidos o perseguidos por su oposición al régimen de Benito Mussolini. En 1938, Natalia se casó con Leone Ginzburg, intelectual, traductor y uno de los colaboradores esenciales de la editorial Einaudi. Leone ya había estado encarcelado por su actividad política y, después de la aprobación de las leyes raciales fascistas, perdió la ciudadanía italiana: Leone había nacido en el antiguo Imperio Ruso (en la zona de la actual Ucrania) en el seno de una familia judía, aunque vivió en Turín desde una edad muy temprana.

Leone y Natalia Ginzburg.

Leone y Natalia Ginzburg. / -

La consideración de "persona peligrosa para la seguridad del Estado" de Leone hizo que lo confinaran en 1940 en Pizzoli, una localidad de los Abruzos. Natalia, ya con hijos, se trasladó allí, y fue durante estos años cuando escribió su primera novela, El camino que va a la ciudad, publicada en 1942 bajo el seudónimo de Alessandra Tornimparte: su origen judío por parte de padre le impedía firmar el libro con su verdadero nombre.

Tras la caída de Mussolini, Leone regresó a la actividad política clandestina en Roma, donde fue detenido por los ocupantes nazis alemanes. Fue torturado y asesinado en febrero de 1944, en la prisión de Regina Coeli.

Durante años, Natalia Ginzburg trabajó durante años como editora y asesora en Einaudi, estando en contacto con figuras como Cesare Pavese, Italo Calvino y Giulio Einaudi. Una mujer de letras y literatura, en su obra cultivó la novela, el relato, el ensayo, el teatro, la traducción y el periodismo. En 1962 llegaría una de sus grandes obras, Las pequeñas virtudes y un año después apareció Léxico familiar, la obra con la que ganó el Premio Strega de 1963.

No perdió su vinculación a la política: En 1983 fue elegida diputada como independiente en las listas del Partido Comunista Italiano y se incorporó más tarde en la Cámara al grupo parlamentario de la Sinistra Indipendente. Reelegida en 1987, continuó ejerciendo como diputada hasta su muerte en 1991.

La memoria familiar: el léxico y casa

La obra de Ginzburg se aleja de la idealización de la familia; cuestiona la institución y la muestra como un organismo contradictorio, donde los afectos son tan profundos como las incomprensiones, las manías, los silencios y las frases y sentencias repetidas durante años. Todo ello aparece tanto en Las pequeñas virtudescomo en Léxico familiar.

En Léxico familiar narra la historia de los Levi desde los años de la infancia de Natalia hasta la posguerra. Si bien es cierto que tanto los lugares, los personajes y los acontecimientos relatados eran reales, la autora pidió expresamente que se leyera como una novela. La clave de este libro está, precisamente, en el dónde se instala: no se trata de una autobiografía convencional centrada en la figura de Natalia Levi / Ginzburg sino en una suerte de memoria coral en la que la narradora se mantiene en segundo plano. Según el biógrafo y crítico literario Domenico Scarpa, esta obra es una especie de autobiografía comunitaria, construida a partir del habla cotidiana de los Levi y las expresiones que custodian el vínculo entre la familia.

Así, el "léxico" de esta obra está formado por canciones, bromas, apodos, discusiones y frases que configuran lo que consideramos casa. La oralidad, plasmada sobre el papel, actúa como un archivo afectivo. Cuando la familia se dispersa por las persecuciones políticas, los matrimonios, el exilio o la muerte, su lenguaje compartido conserva la memoria de una comunidad que ya no existe del mismo modo.

Según la infestivadora Judith Woold, en el libro coexiste una importancia vital entre la memoria y la omisión. Ginzburg no sobreexplica emociones o sentimientos, no ofrece al lector interpretaciones psicológicas mascadas. La memoria aparece de manera más fragmentaria en su anterior obra, Las pequeñas virtudes: esta colección de once textos, situados entre el ensayo, la autobiografía, relatan episodios de la guerra, la precariedad de la posguerra, la maternidad, el oficio de escritora y la amistad. A través de figuras concretas como unos zapatos rotos, una casa abandonada, una caminata por la nieve o una conversación, la escritora reconstruye acontecimientos y contextos históricos donde el antifascismo y los derechos humanos siguen resonando.

Natalia Ginzburg

Natalia Ginzburg / R

Antifascismo: el recuerdo como forma de resistencia

El antifascismo en la obra de Natalia Ginzburg no se escribe en la forma de la literatura doctrinal. Surge, precisamente, de la experiencia biográfica: las detenciones de sus fmailiares, el asesinato de Leone, las leyes raciales, la clandestinidad, el nazismo... Su mirada no se dirige, sin embargo, a los grandes discursos políticos, sino a describir la vitrina de las consecuencias vitales, humanas e históricas de esas consecuencias políticas. En la obra de Ginzburg -también- lo personal es político: la familia, las conversaciones y las relaciones humanas se ven doblegadas a las decisiones políticas del fascismo italiano, de la ocupación alemana y de las dolorosas consecuencias del racismo y la xenofobia.

En 'Resistance-at-Risk: The Critique of Fascism and the Ethics of Writing in Natalia Ginzburg’s Lessico famigliare', artículo publicado en 2007 en la revista académica Italica, la investigadora Melissa Coburn analiza las estrategias narrativas mediante las cuales Ginzburg articula una crítica del fascismo y del racismo. La memoria familia se convierte en una forma más de resistencia: al conservar las voces, expresiones y particularidades de quienes aparecen en el relato, la escritora evita que sean reducidos a categorías políticas o raciales abstractas, presevando su individualidad.

La autora tampoco embellece retrospectivamente a quienes participaron en el antifascismo, y de ahí que los veamos tan humanos: lo fueron. Con sus defectos, excentricidades y contradicciones. La resistencia no aparece protagonizada por figuras monumentales, sino por personas que discuten, que debaten. Ginzburg presenta el antifascismo como una forma de defender la verdad de las experiencias individuales y diversas frente a los discursos que borran las diferencias; recordar a quienes fueron perseguidos sin convertirlos en un ente abstracto; y, también, en desconfiar de la grandilocuencia y la simplificación en las palabras cuando estas ocultan sufrimiento real. La memoria no es una retirada hacia lo privado, sino una manera de exponer la Historia desde aquellos aspectos que los autoritarismos y totalitarismos han considerado siempre menor e insignificante: los afectos y las conversaciones. Y es en estas pequeñas virtudes donde la libertad de pensamiento y la posibilidad de la vida -para todas las vidas- son posibles. Para Natalia Ginzburg, el recuerdo es una forma de resistencia.

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