Entrevista |
La definición de Daniel Verdú sobre la misteriosa santapolera Mar de Marchis: "Era quien su interlocutor necesitaba que fuera"
El periodista de El País publica La bola, un libro de no ficción sobre la mujer sin rostro que creó la revista Jot Down y se infiltró en las principales redacciones españolas desafiando las reglas del periodismo en plena transformación digital

Daniel Verdú, autor de "La bola", el libro sobre Mar de Marchis y Jot Down, en una imagen promocional / Diego Lafuente

Nadie sabía quién era, pero todos habían oído hablar de ella. La vida de Mar de Marchis era una incógnita. Solo se conocía un nombre falso y una voz. Decía vivir en Londres y aseguraba ser una abogada de origen siciliano de ojos verdes. Otros imaginaban que podía ser la hija de José María Aznar o la describían como una mujer con obesidad mórbida. Todo y nada se sabía de aquella persona que logró colarse en las redacciones más importantes del país y crear una revista tan fresca y diferente como Jot Down, inspirada en el modelo de The New Yorker y sostenida por algunas de las mejores firmas del periodismo y la cultura españolas.
Con el tiempo, el mito empezó a resquebrajarse. Detrás de Mar de Marchis no había una aristócrata italiana ni una misteriosa ejecutiva londinense, sino una mujer de Santa Pola que encontró una grieta por la que abrirse paso en un mundo que parecía vedado para ella. De forma indirecta, también puso sobre la mesa algunas de las contradicciones y carencias que el periodismo prefería no mirar. Se convirtió en una figura de culto.
Mar de Marchis falleció en mayo de 2022. Desde entonces, el misterio que construyó en torno a sí misma ha quedado congelado en el tiempo. Ahora, Daniel Verdú, corresponsal de El País en París, reconstruye su historia en La bola (Alfaguara, 2026), un libro que indaga en la vida de una mujer capaz de instalarse en el imaginario colectivo y de lograr escenas tan insólitas como ver a Juan Luis Cebrián, entonces presidente de Prisa, disfrazado de Darth Vader para una portada de Jot Down, símbolo de la alianza, un acercamiento "al lado oscuro", que ambas cabeceras sellaron en uno de los momentos más singulares del periodismo español reciente.

Portada de "La bola" de Daniel Verdú, publicada por Alfaguara / INFORMACIÓN
En La bola, mientras reconstruye la figura de Mar de Marchis, deja entrever aspectos de su propia vida, como sus raíces familiares en Elche. ¿Ese vínculo contribuyó a estrechar, de algún modo, la conexión entre ambos?
No sé si ha ayudado a estrechar una conexión, pero sí me permitió trazar ciertos vínculos biográficos y, de alguna manera, exponer también parte de mi vida y de mis inseguridades al contar esta historia. No por vanidad, sino por esa idea de que todos somos un poco impostores o tenemos inseguridades sobre cómo contamos las cosas. A veces incurrimos en ficciones a través de los recuerdos, de las mentiras que se nos van de las manos. Sentía que tenía que estar presente en el libro para mostrar también mis propios fallos narrativos.
Son vínculos muy concretos que, de alguna manera, también alimentan el impulso narrativo del libro, ¿no?
Por supuesto. Los vínculos que se establecen con ella tanto en Alicante como después en Roma me permitían jugar con eso. Y creo que aumentaron mucho mi curiosidad por la historia, porque de repente descubres que Mar, que era literalmente mi vecina en Santa Pola, te obliga a imaginar muchísimas situaciones en las que probablemente os cruzasteis sin saberlo. Luego está también Roma, donde ella probablemente sí sabía qué aspecto tenía yo, mientras que yo no sabía cuál era el suyo. Desde luego, todo eso fue un motor narrativo.
El hilo narrativo atraviesa uno de los momentos más duros para el oficio del periodista. ¿Era una premisa marcada previamente?
Se fue transformando. Los libros de este tipo, que no contienen ficción, están muy vivos porque, a medida que obtienes información, la historia te lleva por un lado o por otro. Fui entendiendo mejor al personaje y, al mismo tiempo, algunas zonas de su vida quedaron en la oscuridad porque la familia directa no quiso participar. Todo eso condicionó el resultado. No recuerdo si en algún momento tuve la intención de hacer una biografía más convencional, pero la información a la que tuve acceso me fue convenciendo de que lo más interesante era retratar una época a través de ella. Me daba la sensación de que Mar era un síntoma de su tiempo, que había adelantado de forma instintiva muchas cosas que estaban por venir. Me hacía pensar que ella era también un reflejo de todos nosotros. Por eso me pareció que tenía más sentido contar la historia así que convertirla en una biografía al uso.

Daniel Verdú, autor de 'La bola', fotografiado en las oficinas de Penguin Random House en Barcelona / Victòria Rovira
La figura de Mar de Marchis es especialmente interesante para quienes trabajan en el periodismo. Pero ¿hasta qué punto su historia puede interesar a alguien ajeno a este mundo?
Me lo he preguntado muchas veces y me lo sigo preguntando. Todos tenemos nuestros pequeños grupos de prueba: tíos, abuelas, primos que son completamente ajenos a este microcosmos. Les cuentas la historia y observas sus reacciones para comprobar si tiene trascendencia más allá de nuestro entorno. Es evidente que, para los periodistas, Mar resulta fascinante porque todos oímos hablar de ella, hablamos con ella, nos pidió favores, nos involucró en proyectos o acabamos escribiendo para ella. Cada uno tiene una historia distinta. Incluso después de publicar el libro he seguido hablando con muchísima gente y todos coincidimos en lo mismo: podría haber llamado a trescientas personas más y habría obtenido trescientas historias fascinantes.
Pero creo que el personaje también habla de cuestiones muy humanas: la verdad y el engaño, la autenticidad, la vergüenza que uno siente de sí mismo y cómo eso limita la libertad, o la necesidad de cambiar de nombre para conseguir reconocimiento social, especialmente cuando eres mujer y procedes de un entorno ajeno a determinados círculos. Hay muchos elementos extrapolables a otras historias. Es verdad que la primera capa funciona especialmente bien dentro del periodismo, pero luego también existe una curiosidad externa por saber cómo se cocinan las noticias. Siempre entregamos el producto terminado y hay bastante morbo en ver cómo se hacen las salchichas. Además, personajes como Cebrián o el propio El País tienen sus mitologías y existe un interés genuino por asomarse a ese mundo.
En el libro establece un paralelismo entre Mar de Marchis y Enric Marco, el hombre que hizo creer a toda España que había sobrevivido a Mauthausen. Después de aquello, se ha debatido mucho si una acción puede justificarse por sus fines. ¿Puede plantearse algo parecido de Mar y de su influencia en el periodismo?
Es una cuestión complicada. He intentado evitar los juicios de valor y en el libro planteo dos maneras de verlo. Por un lado está la posición de Javier Cercas, con quien hablé para el libro. Su visión es muy radical porque El impostor está construido para desmontar a Marco pieza por pieza. Cercas sostiene que no existe una legitimación posible de la mentira: si lo que alguien cuenta no ocurrió como dice, entonces es una mentira y no tiene justificación. Él rechaza incluso la idea platónica de la “noble mentira”, esa mentira al servicio de una verdad supuestamente loable.
Luego está la otra escuela, la que plantea que a través de una ficción se puede llegar a contar una verdad. Mar defendía algo parecido. En la única entrevista que concedió dijo que, si no hubiera inventado aquel personaje y hubiera llamado a todas esas grandes firmas siendo quien realmente era, probablemente nadie le habría cogido el teléfono. Y yo creo que tenía razón. Quizá el límite de esas mentiras esté en el daño que puedan causar. En general, creo que Mar no provocó grandes daños, aunque hay algunos casos discutibles como el de la peluquera cuya imagen utilizó para construir su avatar y que envió a decenas de personas.

El autor de "La bola", Daniel Verdú, en una imagen de archivo / Raquel Celma
Y creó una revista fresca y diferente como Jot Down.
Ese proyecto editorial era nuevo, fresco e inteligente, lo que ayudó a que muchos medios se replantearan cosas. Se puede discutir el nivel de edición de las entrevistas, lo que pagaba a los colaboradores o cómo estaba organizado el proyecto, pero fue una iniciativa renovadora. Además, dio cabida a dos generaciones distintas. Por un lado, a quienes salían de las facultades en un momento en que les repetían constantemente que el periodismo estaba acabado, que el papel iba a desaparecer y que apenas habría oportunidades. Ella les ofreció un espacio para publicar, una tarjeta de presentación que luego podía abrirles otras puertas. Y, por otro lado, acogió a una generación mucho más veterana, periodistas de cincuenta y tantos años que habían sido expulsados de las redacciones durante los ERE de aquellos años. Profesionales con muchísimo talento que todavía tenían ganas de demostrar que podían seguir haciendo periodismo.
¿Su éxito fue posible por el contexto histórico en el que apareció?
Sí, absolutamente. Ella es hija de ese momento. De hecho, una de las ideas centrales del libro es que aparece en una época fascinante, un momento bisagra en el que un mundo se estaba terminando y otro estaba naciendo. En ese claroscuro surgen los monstruos, como decía Gramsci. Y uno de esos monstruos era Mar, pero también lo éramos nosotros. Era la época de una generación, la de los millennials, a la que le hicieron creer que se iba a comer el mundo y que después se llevó un golpe tremendo. También fue fundamental cómo cultivó el misterio. Al principio fue algo accidental, consecuencia de esa enfermedad que padecía, ya sea agorafobia o depresión profunda, que le impedía salir de casa. Eso hacía imposible que sus interlocutores supieran cómo era físicamente.
Pero luego ella comprendió que aquella ausencia generaba una fascinación enorme. Tenemos muchos ejemplos. Banksy, Daft Punk, Salinger, Elena Ferrante... Todos son excelentes en lo que hacen, pero es legítimo preguntarse qué habría ocurrido si siempre hubiéramos sabido quiénes eran. El misterio añade una capa de magnetismo muy poderosa. En el caso de Mar, sin duda aumentó su capacidad para penetrar en un sistema que probablemente la habría rechazado de otro modo.
Ha hablado con cerca de ochenta personas para reconstruir su historia. ¿Hay alguna que haya sido especialmente importante para entender al personaje?
Algunas fueron fundamentales y otras me sirvieron simplemente para comprobar detalles concretos, como que estuvo en un determinado restaurante o que mantuvo una conversación concreta. El libro no contiene ficción, puedo haber cometido errores o imprecisiones, pero no hay voluntad de inventar nada. Todo lo que atribuyo a Mar procede de documentos, grabaciones, conversaciones que mantuvimos o testimonios directos de personas que estuvieron allí. Entre quienes fueron especialmente importantes está Enric González, que la conoció muy bien y me ayudó mucho. También Arcadi Espada y muchas otras personas. Pero hubo igualmente muchos testimonios anónimos que me ayudaron, pues hablar de Mar obligaba a mucha gente a exponerse y a contar cosas que quizá no querían contar. Algunas relaciones con ella tenían componentes emocionales, sentimentales o incluso de seducción que muchas personas preferían mantener en privado.

Daniel Verdú, autor de "La bola", en Barcelona / Victòria Rovira
Tampoco es un libro que busque desenmascarar a nadie.
Claro, para eso ya estaba la investigación de El Confidencial. Lo que me interesaba era retratar un mundo y explicar la fascinación que había despertado en tantas personas. Por eso intenté incluso no ver fotografías suyas hasta muy avanzado el proceso. No quería contaminarme con una idea preconcebida de quién era. Prefería seguir construyendo el personaje a través de los ojos de quienes la habían conocido.
¿Cambió mucho la imagen que tenía de ella a medida que hablaba con decenas de personas?
Sí, completamente. Es interesante porque, cuando conoces a alguien solo a través del teléfono, te aferras a los elementos que tienes como la voz, los silencios, la forma de respirar o las cosas que te cuenta sobre su vida. Y a partir de ahí construyes una imagen mental. La voz ayuda mucho, pero también engaña. Hay personas con una voz extraordinaria que uno imagina de una determinada manera y luego la realidad es otra. Yo nunca la vi, a pesar de que éramos vecinos en Santa Pola y de que hablamos en varias ocasiones. Así que me fui construyendo una imagen bastante abstracta.
¿Qué ventaja tiene hacer un retrato literario de alguien sin dejarse contaminar por su imagen física?
Lo hice porque yo no quería contar únicamente cómo era, eso se termina muy rápido. Lo que me interesaba era explicar cómo la veíamos los demás y por qué había generado semejante fascinación. Y eso solo podía contarse a través de la imaginación de quienes la conocieron. Me interesaba cómo ella había sido capaz de estimular ese material narrativo en cada persona, cómo cada uno proyectaba sobre ella determinadas expectativas o fantasías.
Por supuesto, también había que contar quién era realmente. Si no, el libro quedaría incompleto. Pero me interesaba más entender cómo había llegado a ser percibida que describir simplemente su aspecto físico. Había personas que me hablaban de confesiones íntimas que le habían hecho o de cosas que habían compartido con ella. Y en algún momento te das cuenta de que aquella persona, en gran medida, no existía. O al menos no existía como ellos la imaginaban. Hay una frase en el libro que resume bastante bien esa paradoja: "ella no existía, pero las ideas que despertaba sí". Como todo se movía en esa frontera tan difusa entre la imaginación y la realidad, sentía que la única manera de investigarlo era manteniendo cierta distancia respecto a las fotografías.

Daniel Verdú en Madrid en junio de 2026, en una imagen cedida por la editorial / Diego Lafuente
Si le preguntara ahora quién era Mar de Marchis, ¿respondería pensando en el personaje o en la persona real que había detrás?
Son dos personas distintas. Si me preguntas quién era Mar de Marchis, diría que ella era quien su interlocutor necesitaba que fuese. Tenía una capacidad extraordinaria para adaptarse al otro, para detectar sus debilidades, sus necesidades o sus anhelos, y ofrecerle exactamente aquello que buscaba. Esa era una de las claves de su magnetismo. No sé si generaba adicción, pero desde luego generaba cercanía y afecto. La gente sentía que estaba siendo escuchada de una manera muy especial.
¿Y qué ha supuesto su figura para el periodismo?
Creo que puso sobre la mesa varias cuestiones que el periodismo no estaba viendo o no quería ver. Sobre todo demostró que podían hacerse cosas que parecían imposibles. Mucha gente soñaba con levantar una revista ambiciosa, de gran formato, con textos largos y un cuidado editorial. Ella lo hizo. Con muchas dificultades, con crisis constantes y con todos los problemas imaginables, pero lo hizo. Además consiguió algo muy poco habitual: conectar mundos que parecían incompatibles. Por un lado, el periodismo digital naciente, del que su proyecto era claramente hijo. Y por otro, una reivindicación del papel en un momento en que muchos lo daban por muerto. No transformó el periodismo español, sería injusto decir algo así, pero sí abrió algunas puertas. Dio oportunidades a personas con mucho talento que estaban fuera de los radares habituales y muchos de ellos después publicaron libros, hicieron pódcast, trabajaron en otras cabeceras o desarrollaron carreras muy sólidas. Creo que esa fue su gran victoria, tenía un enorme instinto para detectar el talento.
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