Alpinismo
Una pasión que mueve montañas
La alicantina Aida Roque compagina el alpinismo de élite con su trabajo en el Mercado Central

Una pasión que mueve montañas / Pilar Cortés
La pasión por el deporte suele ir más allá de lo racional e incluso puede llegar a traspasar fronteras. Subir cimas como el Montblanc, el Ararat, el Toubkal o el Kilimanjaro es cosa de unos pocos elegidos y si a ello le sumas la obligación de compaginarlo con el trabajo diario en el Mercado Central de Alicante da como resultado un ejemplo de superación difícil de igualar. En esta tesitura se encuentra Aida Roque, vendedora por profesión y alpinista por vocación.
Su rutina consiste en lo siguiente. Se levanta a las seis de la mañana y una hora más tarde, a las siete, abre Cáscaras y Semillas, el puesto familiar donde trabaja junto a su madre. Como norma general, suele estar en el mercado hasta las dos y media, hora en la que se marcha a casa para comer, descansar y acto seguido, entrenar. Ya por la tarde, la preparación puede variar entre fuerza, cardio y pilates. "Como tengo una distancia de tres kilómetros y medio, voy y vuelvo corriendo por el tema de economizar tiempo. Así, por ejemplo, puedo quedar con amigas", declaraba Aida.
Un amor incondicional
El amor por el alpinismo no es reciente y para verlo florecer hay que retroceder en el tiempo hasta la época universitaria. La alicantina estudió Geografía y en las prácticas de campo empezó a desarrollar una pasión que la ha acompañado hasta el día de hoy a sus 35 años. Este flechazo fue progresivo, empezando con pequeñas montañas hasta el punto de llegar al Kilimanjaro, su última gesta y a la vez, la más dura y especial.
Este proceso no ha estado exento de dudas, ya no de la propia Aida, sino de su familia. Lo que para la alpinista era un reto ilusionante, para su madre o su tío era prácticamente una penitencia, sobre todo al principio. La decisión de emprender los viajes completamente sola no era algo que precisamente hiciese disfrutar a su entorno, pero con el paso del tiempo han aprendido a vivir con esta pasión.
Uno de los grandes retos, pero a su vez, algo que lo hace mucho más especial es el hecho de afrontar los viajes completamente sola hasta el momento en el que entra en juego la figura del guía. ¿Sufre miedo Aida? Todos los días, desde el momento en el que empieza a preparar la maleta. Siempre contrata un guía porque es obligatorio y el hecho de no conocerlo hasta el momento en el que ambos se encuentran genera nervios e inquietud.
"Lo que más echaría de menos sería la sensación al subir una cima"
Hace apenas un mes, cuando consiguió ascender el Kilimanjaro, cumplió un sueño que llevaba tiempo persiguiendo, pero el camino no estuvo libre de escollos. La cima tanzana es una subida que suele realizarse en torno a los seis o siete días, pero la alicantina lo hizo en cuatro, una decisión que trajo consigo una dureza añadida. Tras más de un día sin dormir y cuando solo restaban tres horas de cumbre, el mal de altura entró en juego. Con una sensación similar a una borrachera, descomposición estomacal y mareos coronó los seis mil metros en una demostración de amor por el deporte.
Mirando al futuro, Aida tiene claro cuál será su siguiente gran reto para el 2027, el Himalaya. El Mera Peak, en Nepal, y con casi 6.500 metros será el próximo reto. Eso sí, sin dejar de tener los pies en el suelo. "Es como seguir avanzando, hay que ser realistas. Yo no puedo hacer un 8.000 ahora mismo porque mi cuerpo no me lo va a permitir, pero, sobre todo, mi bolsillo. Para hacer un Everest me tendría que tocar la lotería". Aquí es donde reside una de las mayores trabas en el mundo del alpinismo, la financiación. Ascender la montaña más alta del mundo supone un desembolso que puede llegar hasta los 80.000 euros y sin patrocinios o sponsors la tarea se complica.
"Siempre es difícil coordinar con otras personas, pero si ellas lo tienen claro, que se vayan solas"
"Lo que más echaría de menos si tuviese que dejar el alpinismo sería la sensación de estar en la cima y de sentirme privilegiada. Al final, estoy en un sitio que no todo el mundo puede llegar, no me hace sentirme mejor que los demás, sino que me hace ser una afortunada".

Aida atiende a unos clientes en su puesto de trabajo en el Mercado Central / Pilar Cortés
El mundo del alpinismo es reducido y el mensaje que la protagonista manda hacia las niñas con curiosidad por el deporte es de atrevimiento. "Les digo que busquen un club de montaña cerca de donde viven, hay un montón. Hay que ir poco a poco y con cabeza, que no se queden nunca con las ganas. Siempre es difícil coordinar con otras personas, pero si ellas lo tienen claro, que se vayan solas. Es lo que yo he hecho", sentenciaba Aida.
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