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Fútbol | Mundial 2026

Lágrimas albicelestes en una Alicante rendida a la mística de Argentina

La hinchada argentina, en franca desventaja a la hora de la final, sembró las calles y las terrazas de la capital de cánticos, de coraje, de orgullo patrio que no obtuvo el premio de la tan ansiada cuarta estrella

Así viven los seguidores argentinos la final del Mundial en Alicante

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Pedro Rojas

Pedro Rojas

Alicante

«No llorés más, se lo ha dejado todo en la cancha, hay que estar recontra orgullosos de lo que han hecho los muchachos, levanta, somos la Argentina, todavía tienen que ganar otro Mundial para que les alcance a llegar a nuestro lado...». Así trataba de consolar una madre a su hija en la calle San Pascual, en el centro de Alicante, en uno de los puntos con más presencia albiceleste ayer. El resto se repartió en gran medida por la calle Bazán, la Avenida de la Constitución y el Muelle 12. En todos esos lugares, el mismo rito, idénticos cánticos, gestos, golpes de muñeca al viento acompasando cada estrofa... Argentina entiende el fútbol de un modo irracional, con la pasión de quien siente que le va la vida con su selección, que todo lo malo se olvida cuando Messi la toca.

Ocurrió igual el tiempo en el que el balompié lo gobernaba el Diego, y también cuando quien tiraba del ánimo de un país entero era el "Matador", el Kempes deslumbrante que, como ellos esta calurosa noche de julio, también se hizo notar en Alicante, él dentro del campo, en su sitio, defendiendo el escudo del Hércules, honrándolo.

No fue una marea. La colonia argentina es numerosa, pero cuando disputas la final contra tu país de acogida siempre estás en desventaja, en inferioridad numérica. Desde dos horas antes del inicio de la final, paseo de banderas incesante, de toma de posición, de búsqueda de la mejor pantalla para no perderse nada cuando eche a rodar el cuero. Para cuando lo hizo, a muchos ya no les quedaba voz.

Bancar a un país cuando estás tan lejos de tu casa te otorga una energía inusitada. El repertorio era infinito, y la atracción también. Todo el que pasó delante de ellos, da igual de dónde vinieran, da igual el rincón del casco en el que se los encontraran, en el centro tradicional o en el puerto... todos les grababan, todos se guardaban para siempre el inmortal recuerdo de la barrabrava, de las referencias a los Cebollitas, a la Maternal, al embrujo de la Boca, al silencio eterno de la Recoleta y Chacarita.

Presencia argentina por las inmediaciones de la Concatedral de San Nicolás horas antes de la final.

Presencia argentina por las inmediaciones de la Concatedral de San Nicolás horas antes de la final. / Rojas

Esta vez la moneda salió cruz, pero si hay que perder, «que sea contra un país al que amo como este», decía Mecha Peltzer, con una beca de investigación, sintiéndose una alicantina más desde hace cuatro años. El último tango de Leo Messi en un Mundial terminó con las teclas del bandoneón hundidas, agrietadas, pero cada vez que la pantalla se posaba en su rostro, revivía la hinchada, que solo mostró algo de flaqueza cuando Enzo Fernández se pasó de frenada, se llevó puesto a su par y vio la roja.

La afición argentina sigue la final del Mundial desde el centro de Alicante

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Fue justo antes de la prórroga, y aunque trataron de disimularlo, de disolver el miedo en coros barriales, lo cierto es que cada llegada de España en el tiempo extra anticipaba un desenlace trágico para la mística infinita de la remera de barras celestes y blancas, la que exhiben con honor, la que defienden hasta la última mota de esperanza y energía que les quede en el alma rota.

Jorge Luis Borges odiaba el fútbol, pero era el único en un país que ha crecido (y ha sobrevivido a sí mismo) unido a una pelota. La cuarta estrella, muchachos, tendrá que esperar, pero en esta ciudad podéis caminar con la cabeza bien alta... aquí solo pierde quien no lucha.

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