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Así amenazan Amazon o Facebook el negocio de la banca española

Las entidades temen que la menor regulación, los enormes recursos y el manejo de millones de datos de clientes permitan a las grandes compañías tecnológicas arrasar también en el sector financiero

Así amenazan Amazon o Facebook el negocio de la banca española

Así amenazan Amazon o Facebook el negocio de la banca española

«No me preocupa lo que hagan las fintech. Las gran tech son las que me dan miedo». Con estas palabras, muy propias de su peculiar estilo de comunicar, el presidente del Banco Sabadell, Josep Oliu, reflejaba claramente el pasado 1 de febrero el temor que se extiende entre las entidades españolas ante la irrupción de las también denominadas GAFA -Google, Amazon, Facebook y Apple, es decir, las mayores compañías tecnológicas del mundo- en la prestación de servicios financieros. Una preocupación de la que, con mayor o menor vehemencia, también se han hecho eco públicamente desde el ya retirado Francisco González en el BBVA, a la mismísima presidenta del Santander, Ana Botín.

Y no es para menos. Aunque, de momento, casi todos ellos limitan su actuación dentro de este ámbito a los medios de pago -Google Pay, Amazon Pay, Apple Pay, etc-, las entidades temen que sea sólo la espita para convertirse en los dueños y señores del terreno de juego, gracias a su dominio de los millones de datos que ya tienen de sus usuarios y a sus enormes recursos financieros y tecnológicos. Por dar sólo una idea, basta con señalar que la capitalización bursátil del Santander, el mayor banco del país y uno de los mayores del mundo, no alcanzaba el pasado jueves los 70.000 millones de euros, es decir, ni una décima parte de los más de 700.000 millones en que el mercado valoraba Apple o Amazon.

Y, además, con otro condicionante. Mientras que los bajos tipos de interés y los requerimientos de capital dificultan a la banca mejorar sus beneficios -que, además, deben destinar a retribuir a sus accionistas para mantener sus cotizaciones-, estas compañías acumulan decenas de miles de millones en reservas y destinan a investigación y desarrollo cantidades inalcanzables para las entidades.

Ficha bancaria

Las alarmas saltaban a finales del año pasado cuando se conocía que la propietaria del popular buscador había obtenido licencia para operar determinados servicios bancarios en Lituania e Irlanda, lo que le abría la puerta a toda la Unión Europea. Como explicaron fuentes oficiales de la tecnológica a este diario, en realidad este movimiento solo pretendía anticiparse a los efectos del Brexit, ya que hasta ahora la firma disponía de esta licencia en el Reino Unido, por lo que le resultaba indispensable un nuevo permiso para seguir operando en la UE su servicio Google Pay, por el que, según recuerdan, no cobran ninguna comisión. Su rentabilidad estriba en lograr que cada vez más usuarios utilicen sus productos y, por tanto, sigan generando nuevos datos con los que comerciar o vender publicidad. «En ningún caso queremos convertirnos en un banco», aseguran tajantes desde la compañía.

En realidad, ni Google ni ninguna de las demás, ya que convertirse en un banco y operar con una ficha bancaria plena les obligaría a cumplir con la rigurosa normativa que regula el sector y que limita la actuación de la banca tradicional. De hecho, la principal queja de las entidades españolas y de todo el continente europeo es esta desigualdad que se produce y que, según denuncian, les impide competir en igualdad de condiciones. «Deberíamos jugar todos con las mismas normas. Las exigencias actuales de capital de los bancos y de cumplimiento normativo son elevadísimas y si van a hacer lo mismo que nosotros deberíamos compartir el mismo terreno de juego», señalan desde Bankia, cuyo presidente, José Ignacio Goirigolzarri, calificó recientemente de «reto estratégico para el sector» la necesidad de adaptarse a los nuevos hábitos digitales de los clientes.

Igualmente, en el Santander remiten a las palabras de su presidenta en la última junta de accionistas de la entidad: «El marco regulatorio debe garantizar las mismas reglas para todos los que realizamos la misma actividad. Dar un crédito o hacer un pago conlleva los mismos riesgos, lo ofrezca un banco u otra empresas». Y en los mismos términos se expresan también las fuentes oficiales del Sabadell consultadas por este diario.

El problema es que los gigantes tecnológicos ni siquiera necesitan de esta ficha bancaria para operar en la práctica como un banco. O, mejor dicho, para que el usuario piense que opera con un banco aunque en realidad se trate de un simple intermediario. Así, con determinados servicios que ya ofrecen algunas de ellas en Estados Unidos y otros países, el usuario tiene la sensación de que contrata una cuenta corriente, que permite ver el saldo y realizar pagos. Pero, en realidad, la cuenta está en un banco tradicional y se liquidan los gastos una vez al mes.

En teoría el negocio es compartido entre la tecnológica y la entidad pero lo cierto es que el banco está en inferioridad. Para empezar, porque el enorme volumen de clientes que mueven estas compañías puede llegar a provocar -cuando se generalice este tipo de operativas- que la tecnológica imponga los precios o, de lo contrario, haga campaña para que sus usuarios se vayan a otra entidad, como ya ocurre con otros sectores.

El petróleo de los datos

Pero, además, al liquidar una vez al mes el total de gastos, los bancos dejan de recibir la información sobre qué tipo de productos, cuándo o dónde compran sus clientes. Es decir, pierden los datos, que suponen el petróleo de la economía digital y que, en el caso de las entidades, les permite saber qué límite de crédito es aconsejable para un usuario o qué tipo de seguros le pueden interesar. De esta forma, se puede llegar a la situación de qué sean Amazon o Facebook los que sepan el riesgo del usuario e, incluso, los que le «aconsejen» con qué entidad contratar el crédito, o bien ofrecerle uno propio. Al respecto, basta recordar que el popular «market place» ya financia en Estados Unidos el circulante de los vendedores que utilizan su sitio.

Por si esto fuera poco, desde el sector recuerdan la nueva normativa que obliga a los bancos europeos a facilitar el historial financiero de sus clientes a otras compañías, cuando éstos lo hayan autorizado. En otras palabras, que les obliga a compartir sus datos. Una norma que no tiene contrapartida, es decir, que los bancos no pueden solicitar que empresas de otro tipo, como estas grandes tecnológicas, les pasen la información que tienen de los usuarios.

Ante este panorama, no es de extrañar que, incluso, el catedrático e investigador del Ivie, Joaquín Maudos, uno de los mayores expertos del sector financiero del país, recalque que «las reglas del juego deben ser las mismas» y que «sería injusto que las ventajas de las tecnológicas descansaran en una desigual regulación».

Cuestión de imagen

Frente a esta amenaza, las entidades esperan que su reputación suponga una barrera de entrada para estos competidores. Así, por ejemplo, el presidente de CaixaBank, Jordi Gual, señalaba hace unos meses, en un foro organizado por KPMG, que la gran ventaja de la banca frente a las fintech es que el sector, pese a todo lo ocurrido, «goza de la confianza de los clientes». Eso sí, una ventaja que es menor entre las nuevas generaciones, donde estas grandes tecnológicas disfrutan de su público más fiel y más abierto a aceptar las propuestas que les planteen.

En cualquier caso, las entidades tienen claro que la mejor arma para luchar contra estos nuevos competidores es abrazar la transformación digital del sector, a la que destinan cada vez mayores recursos. «Es imprescindible y cada vez más urgente una transformación radical de la banca, que extraiga todo el partido de las nuevas tecnologías y pueda competir en un escenario disruptivo», asegura el director de la territorial Este de BBVA, David Conde. Así, los bancos españoles se han volcado en mejorar sus aplicaciones para móvil y en desarrollar nuevas funcionalidades que faciliten, por ejemplo, la obtención de un crédito o la valoración de una casa en la que el cliente esté interesado. Tampoco les ha importado unir fuerzas para lanzar servicios como Bizum para enviar dinero a través del móvil y adelantarse a productos similares de Facebook.

Y, por supuesto, se han convertido en los mayores inversores en nuevas compañías fintech. Por ejemplo, el Sabadell adquirió el año pasado dos de estas firmas. Una que se encarga de ofrecer financiación para compras online y otra que facilita a los comercios electrónicos TPV virtuales. Un camino que están siguiendo todas las entidades.

Otra vía que es la de centrar sus esfuerzos en aquellos segmentos del mercado con mayor valor añadido, como las empresas, o la de ofrecer productos cada vez más sofisticados y de mayor valor añadido, frente a los productos más estandarizados que prevén que ofertarán las tecnológicas. Ahora falta ver si la estrategia funciona.

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