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Aprendiendo de nuestros errores

Un Nobel para luchar contra la pobreza

La economista francesa Esther Duflo, en 2015, cuando recogió el Princesa de Asturias.

La economista francesa Esther Duflo, en 2015, cuando recogió el Princesa de Asturias. efe

La economía de la pobreza se confunde demasiado a menudo con una economía pobre; dado que los pobres poseen tan poco, se asume que no hay nada de interés en su vida económica. Desafortunadamente, esta equivocación debilita la lucha contra la pobreza global»

Estas palabras forman parte del prólogo del libro Repensar la pobreza (título con el que se editó, por Taurus, la traducción de Poor Economics) de los profesores del Massachusetts Institute of Technology (MIT) Abhijit Banerjee y Esther Duflo, quienes, junto con Michael Kremer, de la Universidad de Harvard, han sido reconocidos, este año, con el premio del Banco de Suecia en Ciencias Económicas, lo que popularmente se conoce como el Nobel de Economía.

Poor Economics, desde su publicación, puso de manifiesto en lo que, probablemente, es la aportación más significativa a la economía del desarrollo: la realización de pruebas de control aleatorio, con la intención de mejorar la comprensión del comportamiento humano en los países pobres.

Con la finalidad de fomentar la realización de ensayos aleatorios, muy parecidos a los que se practican en el ámbito de la medicina para evaluar la efectividad de los nuevos fármacos, Duflo y Banerjee crearon en 2003 la organización Abdul Latif Jameel Poverty Action Lab, mucho más conocida como J-PAL, un laboratorio para estudiar la pobreza y establecer programas para acabar con ella. En el momento presente hay unos 180 profesores afiliados a J-PAL en 58 universidades de todo el mundo, que investigan y evalúan programas, tomando como base pruebas aleatorias.

A los defensores de los ensayos de control aleatorio se les conoce como «randomistas» -por la denominación, en inglés, de la metodología que utilizan para sus investigaciones: random controlled trials- y han conseguido que el uso de esta forma de experimentación se haya convertido en un medio esencial para evaluar las intervenciones de ayuda internacional. Hoy los randomistas se encuentran entre los expertos más influyentes en la economía del desarrollo. Éstos han seguido una gran variedad de estrategias metodológicas y organizativas, que enfatizan la falta de conocimiento creíble dentro de la ayuda al desarrollo y el potencial de la experimentación para corregir dicha situación. En otros términos, es a través de la certeza causal como proponen reducir la pobreza y el sufrimiento humano.

Los galardonados con el Nobel consideran que para avanzar en la lucha contra la pobreza es imprescindible «salir del despacho y pisar el terreno», para entender de verdad la vida de los pobres, en toda su complejidad.

Los fundadores y directores del laboratorio J-PAL del MIT, Duflo y Banerjee, recibieron, en el año 2008, el Premio Fronteras del Conocimiento de la Fundación BBVA, en la categoría de Cooperación al Desarrollo. En el año 2010, Esther Duflo fue reconocida con la Medalla John Bates Clark, que entrega anualmente la Asociación Estadounidense de Economía para quien, con menos de 40 años, haya hecho una gran contribución al conocimiento económico.

Esta distinción es considerada, por muchos, como la antesala del Premio Nobel de Economía, porque aproximadamente la mitad de quienes la han recibido, como media 20 años después, consiguen el premio del Banco de Suecia. Entre otros, Paul Samuelson, Milton Friedman, James Tobin, Kenneth Arrow, Robert Solow, Paul Krugman o Joseph E. Stiglitz. Duflo ha alcanzado el Nobel tan solo 9 años después de la John Bates Clark. También el Princesa de Asturias de las Ciencias Sociales, que consiguió Esther Duflo en 2015, fue por delante del Nobel. Creo que estos datos ponen de relieve el nivel de los reconocimientos recibidos por esta economista, francesa de nacimiento, que ha liderado el trabajo de los randomistas.

En el origen de sus trabajos intentaron huir de las preguntas grandilocuentes más comunes cuando se debate sobre cómo combatir la pobreza, tales como ¿cuál es la causa principal del problema?; ¿hasta qué punto el mercado puede ayudar a solucionarlo?; ¿es compatible la democracia con la pobreza?; ¿sirven para algo los programas de ayuda al desarrollo?

Los hay quienes, como Jeffrey Sachs, de la Universidad de Columbia, consideran que los países pobres lo son porque un conjunto de circunstancias hace que carezcan de la inversión inicial necesaria para corregir sus problemas endémicos. Es decir, no pueden financiar la inversión precisamente porque son pobres o, en otros términos, porque se encuentran atrapados en lo que conocemos como «la trampa de la pobreza».

En consecuencia, mientras no se haga algo para resolver ese problema, ni la democracia, ni el libre mercado podrá aportar gran cosa. Es necesaria, pues, una ayuda externa para que los países pobres superen sus limitaciones críticas, consigan ser más productivos y puedan entrar en un círculo virtuoso.

Sin embargo, también existen aquellos que consideran que la ayuda al desarrollo hace más mal que bien, porque desincentiva la búsqueda de soluciones propias, ya que cuando los mercados son libres y los incentivos son los adecuados, la gente encuentra la solución a sus problemas sin necesidad de «limosnas» del «lobby de las ONG», que tiende a intentar perpetuarse.

¿A quién debemos creer, se preguntan Duflo y Banerjee? ¿A quienes afirman que las ayudas externas resolverán el problema o a quienes aseguran que eso solamente empeorará la situación? La cuestión, señalan, es que el debate no puede resolverse de una forma abstracta, sino que necesitamos evidencias, y dado que no existen con carácter «genérico», no es posible universalizar medidas con resultados certeros.

Pero eso no significa que no se puedan hacer cosas para luchar contra la pobreza.

La solución, según estos Nobel, consiste en, como ya se ha señalado, imitar los ensayos aleatorios que se utilizan en medicina para comprobar la efectividad de los nuevos fármacos, pasando de formularnos grandes preguntas, como si el mercado o la ayuda externa pueden resolver el problema, a otras mucho más sencillas y concretas, como si el precio de las mosquiteras es un dato muy relevante para que los pobres dispongan o no de ellas, o si eliminar los parásitos intestinales a los niños es o no útil para luchar contra la pobreza. Preguntas que nos permitan comprender cómo toman sus decisiones las personas pobres.

Consideran que el fracaso de muchas políticas y el origen de que bastantes programas de ayuda no tengan los efectos que deberían, y se esperaba, radican en «las tres íes»: ideología, ignorancia e inercia, por parte de los supuestos expertos que trabajan en el ámbito de las ayudas al desarrollo, lo que hace que existan grandes derroches en torno a algunos programas.

Su empeño consiste en asegurarse de que la lucha contra la pobreza se hace basándose en la evidencia científica. Es precisamente ese criterio el que movió a la Fundación de Bill Gates a aportar grandes sumas a los programas que se desarrollan desde J-PAL, porque están ayudando decisivamente a que el esfuerzo en combatir la pobreza sea más eficaz.

Su enfoque «paciente y basado en avanzar paso a paso, es una vía útil para luchar contra la pobreza». En Repensar la pobreza podemos encontrar un gran número de ejemplos prácticos.

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