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La cuarta vía

Medio millón de holandeses pasan las vacaciones en la provincia. Será por algo, canciller Rutte

Hace treinta años, cuando el aeropuerto de Alicante-Elche era, básicamente, un aeródromo que vivía de los vuelos chárter que desde principios de los 70 traían a la Costa Blanca a miles de turistas extranjeros todos los años, la mayoría británicos, entre los escasos destinos regulares, aquellos cubiertos por las entones denominadas «compañías de bandera» -calificativo que siempre me pareció un tanto hortera-, destacaba el vuelo Alicante-Ámsterdam. Un destino selecto cubierto primero por KLM y después por Transavia, que recuerdo con cariño porque su delegado en Alicante fue una de mis primeras fuentes en la terminal. Contar con vuelos a Holanda imprimía un cierto valor añadido y caché a la oferta aeroportuaria provincial. Tras Ámsterdam se incorporó el enlace a Rotterdam, y ya en los últimos años con el «boom» de las compañías low cost llegarían Eindhoven y Maastricht. ¿Motivo? Las playas de la Costa Blanca atraen todos los años a 500.000 neerlandeses (Países Bajos), que representan el 6% de la tarta del turismo extranjero en la provincia. Muchos se alojan en hoteles, otros en cámpings, apartamentos, y un porcentaje no menos importante en viviendas de su propiedad, ese nicho del mercado reservado al el turismo residencial que mueve 11.000 millones de euros al año en la Costa Blanca.

Está claro que a los holandeses les encanta la provincia. Por eso todavía no se me ha pasado el cabreo después del vídeo emitido por un canal de noticias holandés, en el que el primer ministro Mark Rutte, asentía, dedo pulgar hacia arriba, y, por lo tanto, daba crédito a la estupidez lanzada por un empleado de la planta de basuras de La Haya, que hace unos días le imploraba que a España e Italia ni agua en la crisis del coronavirus. Lamentable la petición del trabajador, pero impresentable el gesto del primer ministro de uno de nuestros socios en la Unión Europea, que en la crisis del Covid-19 parece haberse puesto de parte del virus.

No quiero abrumarles con las cifras económicas -las oficiales, pues a saber cuáles serán las reales- sobre la ruina que parece que nos va a traer este coronavirus. El PIB por los suelos, porcentajes de paro de revuelta social y, al menos, parece que la salida del pozo pude ser rápida una vez que toquemos el fondo. Todo en una desescalada que sigue con muchas asignaturas pendientes, sobre todo para el sector turístico y de servicios, uno de los grandes pilares en los que se sustenta la economía de la provincia (24% del PIB nada menos). Poco a poco parece que vamos mejorando los números sanitarios, y a partir del próximo fin de semana podremos coincidir unos pocos más en los bares, en los que hayan abierto, por supuesto, pero la situación sigue siendo de alarma.

Por eso, lo menos necesario ahora son gestos como los del primero ministro holandés cayendo en la maldita demagogia que impera en el norte de Europa cuando acusan a sus socios del sur de querer sólo el dinero para sus fiestas. Nada más lejos de la realidad -que se lo digan a los afortunados y afortunadas a los que el teletrabajo le ha pegado al ordenador- por lo que, incluso, aunque así lo fuera, es ahora cuando más debe funcionar la Comisión Europea y su Parlamento, esa cámara en el que un elegido grupo de parlamentarios ingresan en mes y medio el sueldo que muchos alicantinos ganan durante todo un año.

La crisis económica en la que nos ha sumido el coronavirus se vence con ideas, con planes, con trabajo pero, ahora mismo, también con esos fondos económicos que deben llegar de Bruselas para socorrer a un Gobierno que necesita músculo financiero para poder, por ejemplo, prolongar los ERTE -no de por vida pero sí hasta que comercios, bares, restaurantes, hoteles?y resto de pymes puedan ir reincorporando a sus trabajadores-, fondos para las ayudas a la vivienda, a la protección de las familias, y, por qué no, a la promoción de las infraestructuras, que en la provincia tenemos una lista interminable, tanto viarias como ferroviarias, de asignaturas pendientes.

Se habla mucho de la obligación de socorrer a las personas, a las familias, pues miremos a Bruselas. Si no reacciona ahora, no habrá nada que siga justificando esa nación de naciones. Por eso, gestos como el de Rutte encienden, aunque tampoco comparta que el gobierno regional de Sicilia haya anunciado que va a pagar las estancias y los vuelos a los turistas extranjeros con los impuestos de sus ciudadanos.

Los fondos comunitarios son, por lo tanto, clave para salir del agujero en el que nos ha metido el coronavirus a España, y a una provincia en la que esta semana, primera del mes de mayo, se han visto caras más alegres desde que el Gobierno nos haya concedido esa especie de libertad condicional que nos permite, al menos, estirar las piernas más allá del pasillo o la terraza de casa. Pero por mucha voluntariedad que muestre el ejecutivo de Sánchez y el autonómico de Puig -al que poco se le puede reprochar en cuanto a horas de trabajo para tratar de tapar las heridas sanitarias, sociales y económicas del Covid-19-, el dinero no sale de debajo de los árboles, máxime en un territorio donde cada mañana desayunamos con un nuevo anuncio social para el que resulta complicado encontrar partida económica. Bruselas debe ser ahora más operativa que nunca. No vaya a ser que en el sur de Europa pueda alimentarse el «euroescepticismo» y a alguien se le ocurra plantear el «Brexit ibérico». Europa debe responder y decisiones como la tomada por el turoperador germano TUI, de no pagar sus deudas a los hoteleros hasta que no vuelve a traer turistas a la Costa Blanca, pese a haber recibido 1.800 millones de Merkel, tampoco ayudan a que nos creamos que todos somos Europa, también los del sur.

El viernes, Bruselas aprobó 240.000 millones para sufragar gastos sanitarios en lucha contra el Covid-19 en la UE. Por ahí se empieza.

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