Cultivar microalgas a los pies de la Sierra de Aitana
Inés Carballo es la impulsora de Aitana Espirulina, una firma ubicada en Castell de Guadalest por la que ha recibido el Premio Excelencia a la Innovación del Ministerio de Agricultura para Mujeres Rurales

Juani Ruz
¿Es posible cultivar microalgas de forma artesanal a los pies de la montaña más alta de la provincia de Alicante? ¿El resultado es un superalimento de moda por la fuerte concentración de nutrientes esenciales? ¿Y todo en un ambiente rural en el que el emprendimiento es muchas veces más complicado que en las grandes ciudades? La respuesta a todas estas preguntas es un sí rotundo, gracias al entusiasmo de una bióloga marina, Inés Carballo, quien acaba de recibir el Premio Excelencia a la Innovación del Ministerio de Agricultura para Mujeres Rurales. Y todo por la empresa con la que ha conseguido estos logros, Aitana Espirulina, situada en un bucólico rincón de Castell de Guadalest, en las faldas de la Sierra de Aitana.
Inés Carballo, madrileña de nacimiento, empezó su carrera de Biología en la Complutense de Madrid, antes de desplazarse a Alicante, donde completaría sus estudios en la UA, especializándose en el cultivo de microalgas. Eso fue lo que le llevó a trabajar unos años en una empresa vinculada a la propia universidad, que elaboraba biodiesel a partir precisamente de estos organismos.

Inés Carballo con un recipiente de espirulina a los pies de Aitana. / Juani Ruz
Eso fue antes de que en un viaje por Francia visitara una granja que se dedicaba al cultivo de espirulina de forma artesanal. «La verdad es que fue una experiencia que me cautivó, teniendo en cuenta mis estudios, hasta el punto que decidí emprender y montar un negocio parecido en la Vall de Guadalest, donde previamente me instalé para vivir», explica.
Aquello sucedió en 2020, justo cuando irrumpió la pandemia de coronavirus, lo que dificultó la puesta en marcha de un proyecto que finalmente vería la luz un año después, bajo el nombre de Aitana Espirulina. Una startup cuyas instalaciones son un invernadero y un laboratorio situados en mitad de un campo de olivos justo a los pies de la Sierra de Aitana, donde Inés Carballo se dedica a cultivar la espirulina en una serie de balsas.
«Los inicios -recuerda-, por la pandemia y las dificultades de financiación, fueron complicados, pero no cejé en el empeño. Me pedí un préstamo ICO y eché hacia adelante, convirtiendo en realidad un proyecto que poco a poco va prosperando gracias al interés creciente por parte de los clientes».

El invernadero donde se produce la espirulina. / Juani Ruz
Pero no solo por eso, sino por la forma de elaboración de la espirulina, totalmente artesanal. Según explica, «el 99 % de la espirulina que hay en el mercado procede de Asia y está ultraprocesada, por lo que pierde propiedades. Yo trabajo a baja temperatura para que conserve sus nutrientes».
Virtudes
Pero, ¿qué es lo que hace de la espirulina un superalimento de moda? Inés Carballo destaca que tiene dosis elevadas de proteína vegetal, todos los aminoácidos esenciales, antioxidantes, vitaminas, minerales, fibra y un índice glucémico bajo. Todas esas virtudes propician que proporcione a quienes la toman energía y vitalidad, que refuercen su sistema inmunológico, que tengan una gran fuente de hierro y un antiinflamatorio natural con potentes antioxidantes. También, añade, ayuda a controlar el peso y a reducir el colesterol, mejora la salud intestinal y apoya la desintoxicación del organismo.
En base a todo ello, ha desarrollado diversas presentaciones, una en formato crujiente para añadir a los platos, otra en comprimidos y mieles con espirulina añadida. También una mascarilla facial.
El negocio ha ido creciendo de forma paulatina, aunque la facturación todavía es reducida, de unos 35.000 euros anuales. En cualquier caso, destaca que también organiza cursos y visitas guiadas, y que tiene previsto una ampliación del negocio para aumentar producción e incorporar nuevos productos, como es el caso de los batidos, entre otros.
Dificultades en el camino
Inés Carballo destaca que el premio del ministerio, unido a otro que recibió con anterioridad de la Conselleria de Agricultura, han supuesto un empujón en una aventura que no le ha resultado fácil. Según sus palabras, «innovar en las zonas rurales es complicado, porque internet no funciona como debería y eso dificulta la venta online. También me las he tenido que apañar siendo madre y lactando, a lo que hay que añadir la parte burocrática».
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