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Ocho razones para un optimismo inteligente

La pandemia es una de las peores catástrofes con las que hemos lidiado en décadas

OCHo RAZONES PARA UN OPTIMISMO INTELIGENTE

OCHo RAZONES PARA UN OPTIMISMO INTELIGENTE

El cantante y actor alcoyano Ovidi Montllor tituló una de sus canciones «Perquè vull» (Porque quiero), resaltando la libertad de nuestro deseo a la hora de construir una visión del mundo distinta de la oscuridad reinante en aquella época (1972), ya que, como dice, con cierto sabor estoico, «todo comienza en uno mismo». Siguiendo su ejemplo, apuntaré hoy, porque quiero, las razones que veo para ser optimistas respecto a nuestra evolución económica, incluso con la que está cayendo.

La pandemia es una de las peores catástrofes con las que hemos lidiado en décadas. Pero nos ha hecho descubrir la existencia de un todo superior a la suma de sus partes, la importancia de lo que uno hace, porque repercute sobre la salud del otro incluso sin quererlo. Hemos visto que la sociedad no son individuos aislados en permanente pelea unos contra otros sino un colectivo donde hay rivalidad, pero también cooperación, formando una comunidad de intereses que se fortalece gracias a unos servicios públicos fuertes y de calidad. La norma pública es imprescindible, pero solo es eficaz si le unimos nuestra obligación personal de cumplirla, como hemos hecho de forma mayoritaria. Existen las colas del hambre, pero, también, la solidaridad de instituciones y voluntarios, gracias a los cuales centenares de miles de personas tienen, al menos, una comida al día.

La rapidez con la que han surgido vacunas contra el virus es también un motivo de optimismo. Si se quiere, se puede, mucho más de lo que parece. Si somos capaces de enviar una nave a Marte y recibir imágenes del planeta rojo en nuestro móvil, es reconfortante que hayamos sido capaces, también, de disponer en poco tiempo, y gracias a la investigación básica previa, de las vacunas que pondrán fin a la pandemia. La ciencia, una vez más, es la que nos sacará de esta.

También hemos visto durante la pandemia que el Estado, lejos de ser el problema de donde vienen todos los males, como dijo Reagan y defienden algunos todavía hoy, forma parte de la solución de determinados problemas sociales imposibles de resolver sólo desde el mercado y el sector privado. Además de su actuación legislativa (decretos de alarma e imposición de restricciones a los movimientos por razones sanitarias), del Estado han venido las ayudas para empresas y familias, primero para sustituir rentas (ERTE, cese de actividad, créditos avalados) y luego para mantener tejido económico (ayudas directas, créditos participativos, recapitalizaciones). Nuestra economía, como la de todos los países del mundo, ha sufrido una caída histórica que hubiera sido mucho mayor y más dolorosa sin la red de seguridad proporcionada por el Estado. Muchas empresas privadas también han desplegado importantes acciones de apoyo social, pero bajo el paraguas más amplio de la acción pública.

La respuesta europea a la crisis económica derivada de la pandemia también es un claro motivo para el optimismo. Sin el respaldo proporcionado por la liquidez del BCE, hubiera sido imposible financiar las ayudas, aun aprovechando los bajos tipos de interés. Desde el lado presupuestario, también la UE ha tenido una respuesta muy positiva centrada en suspender temporalmente la aplicación de las reglas de equilibrio y, sobre todo, en aprobar los fondos Next Generation que dedicaran casi un billón de euros hasta 2027, para facilitar la reconversión verde y digital de la economía europea. Una cifra de dinero muy superior a lo que representó, para Europa, el Plan Marshall en la posguerra mundial.

Este será el año de la recuperación económica. Más tardía y menos intensa de lo previsto inicialmente, pero todos los analistas e instituciones anticipan un crecimiento del PIB para este año superior al 5%. Conforme avance la vacunación (todavía muy despacio), y si somos capaces de evitar una cuarta ola, la enfermedad irá remitiendo hasta acotarse a márgenes no pandémicos en el segundo semestre del año. Si funcionan los pasaportes sanitarios, que facilitarán un inicio de regreso del turismo en verano, y la supresión de las restricciones a la movilidad permiten movilizar el ahorro embalsado por las familias que no han perdido rentas, podemos asistir, en la última parte de este año, a una fuerte subida del PIB.

Encuentro razones para el optimismo en la rapidez con que empresas, organizaciones y gobiernos (central y autonómicos, con algunas clamorosas excepciones entre estos últimos) se han puesto manos a la obra con los proyectos susceptibles de recibir financiación comunitaria. En muy pocos meses, tenemos la legislación para asegurar una tramitación rápida de los mismos, sin perjuicio de mantener los principios de transparencia y de concurrencia. Además, cientos de empresas han puesto a sus equipos a trabajar en el diseño de proyectos para presentar, con la ayuda que han puesto a su disposición desde la CEOE, las Cámaras de Comercio, o todas las grandes consultoras. Cada propuesta adjudicada habrá pasado por tantas manos y tantos ojos que querer lanzar sombras de sospecha respecto al procedimiento representa un insulto a la inteligencia y al trabajo de los cientos de personas que, desde el sector público y privado, habrán contribuido a un proceso que ni está exento de control de legalidad, ni de control parlamentario, ni del posterior y definitivo visto bueno de Bruselas.

Acelerar las reformas largamente pendientes en nuestra economía como contrapartida, o no, a las ayudas europeas es también motivo de optimismo. Aunque deben presentarse antes de que finalice abril, sabemos que la vicepresidenta Calviño ya maneja un documento con 30 fichas donde constan 170 medidas de reforma, incluyendo pensiones y mercado laboral. Lo sabemos porque a mediados de enero se las explicó verbalmente a los interlocutores sociales en Moncloa y pocos días después, con algo más de detalle, a los miembros del Eurogrupo y de la Comisión que, por lo que filtró a la prensa el Ministerio, quedaron muy satisfechos. Espero que, antes de remitirlas oficialmente a Bruselas, tengamos los ciudadanos la oportunidad de conocerlas, a ser posible mediante un extenso debate parlamentario donde se puedan recoger, también, las aportaciones que sin duda harán el resto de grupos parlamentarios sobre un asunto de tanta importancia para España.

Para finalizar, contemplo con gran optimismo la primera oportunidad que como país tenemos para salir de una grave crisis económica mejorando nuestro valor añadido, gracias a la reconversión verde y digital, en lugar de hacerlo como hemos hecho históricamente, que es rebajando costes mediante la devaluación de la moneda, cuando teníamos, o recortando salarios y precarizando el mercado laboral, como en la crisis anterior.

Ocho razones para justificar una posición optimista pueden parecer pocas o muchas, según se quiera ver la botella medio llena o medio vacía. Podía incluir la victoria de Biden y algunas más. Hoy, he querido contárselas «perquè vull», porque tengo ganas de ser optimista, con el ánimo de que les sean de alguna utilidad en sus reflexiones personales. Ya hay demasiados que solo encuentran motivos para proclamar y repetir todo el rato desconfianza y un negro pesimismo. Recuerden, tan importante como lo que nos pasa es cómo nos lo tomamos y cómo reaccionamos.

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