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El problema valenciano es muy alicantino

El problema valenciano es muy alicantino JULIÁN LÓPEZ

El actual president de la Generalitat aludió hace unos años al «problema valenciano» para referirse a las dificultades a las que se enfrentaba la Comunitat en distintos órdenes: en lo social, en lo económico, en lo financiero, en lo cultural, … E incluso en términos de imagen, como consecuencia de los múltiples escándalos de corrupción y del despilfarro de recursos públicos. Y apelaba a la necesidad de poner el «problema valenciano» entre las tareas prioritarias de la agenda del Gobierno de España, como primer paso para la superación de esas dificultades.

Si hay un indicador que sintetiza mejor que ninguno el retroceso económico experimentado por la Comunitat durante las últimas décadas, en comparación con el resto de España, es la renta per cápita, es decir, el cociente entre la producción y el número de habitantes. Desde finales de los años cincuenta del siglo pasado, cuando se inició la apertura económica del franquismo con la aprobación del llamado Plan de Estabilización, la renta per cápita de las tres provincias que hoy constituyen la Comunitat Valenciana se situó en torno a la media del conjunto de España, e incluso ligeramente por encima. Nuestro tejido económico soportó bastante bien la crisis industrial y aprovechó con solvencia los primeros efectos de la integración de España en la Unión Europea: la renta per cápita media del período 1985-1991 de la Comunitat superó en casi un 5% a la registrada en España durante esos mismos años. Los problemas comenzaron con la crisis de la primera mitad de los noventa, cuando nuestra renta por habitante comenzó a comportarse peor que la del conjunto del Estado. A mediados de los noventa, tan sólo representaba un 95% de la media, y aunque esta ratio mostró algunos síntomas de recuperación en los primeros años de este siglo, volvió a descender en seguida, hasta tocar suelo en 2012: tan sólo un 86,3% de la media de España. Desde 2014, lleva estancada en valores situados en torno al 87,5%, décima arriba, décima abajo.

Sin embargo, las tres provincias valencianas no han seguido por igual esta tendencia. Aunque en la segunda mitad de los ochenta del siglo XX llegó a situarse por encima de la media de España, la renta per cápita de los alicantinos siempre ha sido algo inferior a la de las otras dos provincias. Fue a comienzos de los noventa cuando la renta per cápita de Alicante se «despeñó»: mientras las de Castellón y Valencia seguían por encima de la media de España, la de Alicante se contrajo hasta representar sólo un 92% de esa media. Y, aunque a finales de la última década del siglo pasado comenzó a recuperar algo de terreno, desde comienzos de la presente centuria ha sido nuestra provincia la protagonista del declive de la renta per cápita valenciana, como se puede comprobar en el gráfico adjunto. La ratio correspondiente a Castellón se ha recuperado notablemente desde 2012, hasta situarse claramente por encima de la media de España en los últimos años, mientras que la de Valencia ha venido experimentando sólo un suave descenso, algo más pronunciado entre 2014 y 2017. Sin embargo, la renta per cápita de Alicante se derrumbó respecto a la media de España entre 2001 y 2012, estabilizándose en torno al 77% de la misma en los últimos años. Puesto en euros: si en el año 2000 la renta per cápita de los alicantinos era 1.104 euros inferior a la media de la Comunitat, en 2019 esa diferencia se había ampliado hasta los 2.937 euros. Y sí, es cierto, deberíamos descontar de estas cifras el impacto de los precios («deflactarlas»), pero, aún así, la distancia se multiplica casi por dos, hasta el entorno de los 2.100 euros.

Podemos hacer un cálculo más que ilustra con claridad hasta qué punto el «problema valenciano» que refleja la renta per cápita es muy alicantino. Si a finales de 2019, la renta per cápita de la Comunitat era un 12,6% inferior a la media de España, Alicante (que acoge al 37,5% de la población autonómica) aportaba alrededor del 70% de esa diferencia.

En consecuencia, la «provincia del Sur» de la Comunitat parece necesitar una estrategia propia, diferente a la de las otras dos, que nos permita recuperar el terreno perdido a lo largo de las tres últimas décadas. No se trata sólo de «hacer mejor lo que ya hacemos bien», como afirman algunos, pues si lo hiciéramos bien nuestra posición relativa sería otra. El desafío es mayor. Necesitamos abordar una reconversión profunda de una buena parte de nuestra estructura productiva, que sigue anclada en los factores de competitividad que le proporcionaron un cierto éxito hace más de 30 años, pero que hoy ya no sirven para generar puestos de trabajo estables, generadores de valor añadido y bien retribuidos. Hace falta una apuesta generalizada por la innovación, en los sectores más tradicionales y en los que no lo son tanto, para producir complementariedades y aprovechar los «efectos derrame» (spillovers) que se generen entre ellos. Llevo más de 30 años en Alicante y nunca he entendido algunas rivalidades «localistas» que impiden buscar economías de localización. Por ejemplo: que el Centro de Envejecimiento se ubique un kilómetro más allá o más acá es completamente irrelevante. Si el proyecto resulta exitoso, sus beneficios desbordarán con creces los límites geográficos de su emplazamiento (e incluso los de la provincia). Habría que estar pensando en cómo aprovecharlo, y la colaboración entre administraciones debería ser prioritaria. Como también deberían implicarse todas ellas para buscar fórmulas que contribuyan a desactivar el miedo al cambio y a la transformación, facilitando la transición, pues es completamente lógico que haya quien tenga el temor de quedarse al margen. No debemos consentirlo, pero tampoco hemos de permitir que las resistencias nos conduzcan, una vez más, a quedarnos en el intento.

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