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Las últimas orfebres

Las últimas orfebres Francisco Calabuig

La vida da, en ocasiones, muchas vueltas. Vicente Santamaría, que era republicano y amigo del celebérrimo escritor Vicente Blasco Ibáñez, trabajaba sobre todo para la Iglesia; y su nieta Carmen, que se declara juancarlista, es orfebre de fiesteros, pero ya apenas recibe demandas relacionadas con la milenaria institución. Ella y su hermana Elena son la cuarta y última generación de Santamaría Orfebres, una firma valenciana fundada por su bisabuelo, también Vicente, en 1870, cuando nadie podía imaginar que 152 años después los borbones estarían reinando en España. Y es que, en aquel entonces, la Revolución Gloriosa acababa de expulsar del trono a Isabel II.

La empresa nació como un taller de orfebrería dedicado en un principio a suministrar productos a escultores que realizaban encargos para la Iglesia, como coronas, resplandores o faroles para las andas. También hacía encargos para aristócratas y alta burguesía. Con los años, esta parte del negocio ha quedado en algo residual. Primero ganaron peso los trajes regionales de la Comunidad Valenciana, como el de fallera, con peinetas, aderezos o collares. Luego se incorporaron tiaras y coronas para novias y ahora Carmen y Elena han incorporado una nueva marca -Colección Herencias- dedicada a la mujer, con pendientes o broches para calle en plata o latón, con gemas semipreciosas y cristal de Swarovski. «No es joyería», asegura la primera. 

Artesanía

El taller es plenamente artesano y en él solo trabajan las dos hermanas -de 60 años (Carmen) y de 56 (Elena)- junto a un empleado de toda la vida. La tienda está en el propio taller, pero, pese al siglo y medio de vida, la empresa participa plenamente de la modernidad: vende por internet -«nos buscan mucho por Instagram»- y tiene clientes en toda España, pero también en Europa.

Las dos hermanas Santamaría han mamado el oficio de orfebre desde la cuna. Carmen se recuerda ya con 15 años echando una mano a su padre en el taller. Luego, cada una a su tiempo, concluyeron los estudios de cinco años en la Escuela de Artes y Oficios de València. Y desde entonces no han parado, aunque rodeadas de cierta sospecha por el hecho de ser mujeres en una actividad dominada por los varones: «Hay gente que duda de que seamos las autoras de nuestros productos. No se creen que cojamos con fuerza el martillo, aunque el cincelado es una labor muy fina. Al principio, cuando un cliente entraba en la tienda o el taller, nos pedían que saliera el jefe».

La orfebrería que producen las hermanas Santamaría obliga a una gran dedicación: casi de sol a sol. De 8.30 a 20.30 horas con dos horas para comer. Carmen está casada con un funcionario del INE y Elena con un biólogo. Ambas tienen dos hijos ya mayores que no han seguido los pasos de sus progenitoras, con lo que la empresa centenaria tiene fecha de caducidad, al menos como entidad familiar. ¿Y cómo concilian? La mayor de las hermanas, ya abuela, admite que los maridos ayudan y «tenemos personal en casa». «El hombre tiene que ayudar», concluye antes de definirse como alguien que no es «una feminista loca».

Con la misma sinceridad, rechaza a los políticos, «porque no están por ideología, sino para mantener el poder y por el dinero. Deberían estar para defender unas ideas y respetar las contrarias». Como queda dicho, es defensora del rey Juan Carlos I «pese a sus meteduras de pata y a lo que ha hecho». Dice que su hermana Elena «es más callada, pero opina como yo». 

Deporte

Uña y carne. Las dos sitúan el deporte entre sus hobbies. Aunque con diferencias. Elena se decanta por el footing y la bicicleta. Carmen por el yoga y, cuando era más joven, por el baile -español, jazz, danza-. Fue a una academia y llegó a participar en un evento organizado por esta última en el Teatro Principal de València.

Las dos son buenas lectoras, aunque con dispar gusto. Si a la mayor le interesan los libros de historia, singularmente la de Egipto, la menor se decanta por los best sellers como Los pilares de la tierra, de Ken Follett. La primera es lectora a través de su ibook, la segunda prefiere el papel.

También son muy aficionadas a los viajes, aunque en pocas ocasiones han podido desplazarse a la vez porque «por el trabajo no podemos hacer cosas juntas. Una de las dos tiene que quedarse al frente del negocio». Y darle duro al martillo.

Los difíciles tiempos de la pandemia

La situación ahora se ha normalizado, pero en Santamaría Orfebres «lo hemos pasado mal» durante la pandemia del covid que paralizó la actividad económica y, de forma particular, puso el candado a todas las celebraciones públicas en este país tan dado a las fiestas. No hubo Fallas, ni Fogueres, ni Magdalena, por citar las más renombradas de la Comunidad Valenciana, pero tampoco otras del resto de España que dan trabajo a Santamaría Orfebres. Cuenta Carmen que «abríamos el taller por ilusión, pero sin trabajo». Ahora, todo ha cambiado.

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