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El calor del dinero

EL CALOR DEL DINERO

A pesar de ser uno de los veranos más calurosos de los vividos, parece que el de 2022 lo recordaremos como uno de los más «fresquitos» de los próximos años. Y dicen los expertos que no es culpa de «ecologistas progres», como ha sugerido alguna autoridad política autonómica, sino de ese elefante en la habitación que se llama cambio climático y que vive entre nosotros desde hace años.

El rápido calentamiento del Ártico ha afectado a la circulación de la corriente en chorro de aire procedente de la región euroasiática y esa desaceleración permite acumular calor extremo que el resto del mundo estamos viviendo en forma de cinco olas de calor extremo de una duración superior a lo normal. Tal y como dijeron los científicos, el calentamiento del planeta –inevitable ya, solo discutimos cuántos grados aumentará, sobre todo porque no estamos cumpliendo el aplaudido Acuerdo de París- incrementa la frecuencia e intensidad de fenómenos como las sequías/precipitaciones extremas, deshielo de los casquetes polares, deforestación, etc.

Grandes incendios.

Señala la ONU que el número de grandes incendios (más de 500 hectáreas) viene creciendo en los últimos años y seguirá haciéndolo. Su previsión es que en 2050 sean un 30% más que ahora en todo el mundo.

En España, 2022 será el peor año del siglo, con 200.000 hectáreas quemadas. Y las causas son conocidas y están asociadas a la emergencia climática: la falta de agua en los suelos por la sequía, el aumento de la temperatura, pero también, que no nos estamos tomando en serio la prevención. Así, aumenta la matorralización por el abandono del bosque y de los terrenos cultivables, ausencia de planificación urbana teniendo en cuenta los riesgos de incendios y escasa atención presupuestaria a las labores de prevención y posterior recuperación de la superficie quemada.

Pocos países cumplen las recomendaciones de dedicar las dos terceras partes del presupuesto a prevención y recuperación, y solo un tercio a extinción. Eso implica hacer lo que ya sabemos: los incendios se apagan en invierno, sobre todo si, junto a personal especializado, utilizamos las nuevas tecnologías como la Inteligencia Artificial, satélites y drones, para prevenir.

Sequía.

Siempre ha habido sequías. Pero en lo que llevamos de siglo ha crecido un 30% su número y, sobre todo, su intensidad, extendiendo su influencia a zonas y países hasta hora exentos de este riesgo. Y no irá a menos: para 2050, la ONU calcula que las tres cuartas partes del planeta estarás afectadas por estrés hídrico lo que convertirá a 200 millones de personas en migrantes climáticos por falta de agua para beber y, sobre todo, para cultivar.

La confluencia de dos fenómenos ayuda a explicarlo: las lluvias están bastante por debajo de lo normal (en España, un 25%), a pesar de la apariencia ligada al aumento de lluvias torrenciales y desde la década de los 60 la cantidad de agua consumida en el mundo se ha duplicado. Aun así, 2.200 millones de personas no tienen hoy acceso al agua potable.

El nivel de los embalses españoles está al 40% de su capacidad y el agua se ha convertido, claramente, en un recurso básico escaso. A pesar de lo cual, los hogares españoles consumen, en promedio, más que la media europea, sigue creciendo el regadío, a veces, explotando de forma ilegal, aunque tolerada, los acuíferos subterráneos y nuestras tarifas por consumo de agua son de las más bajas del continente. De no hacer nada, más de la mitad de nuestro país tendrá estrés hídrico permanente y veremos problemas crecientes de abastecimiento de agua tanto para agricultura, como para consumo humano.

La ONU calcula que las tres cuartas partes del planeta estarán afectadas por estrés hídrico en 2050 

Contra la distopía.

Si ha llegado hasta aquí, lector, es el momento de recordarle que todo lo anterior no está escrito siguiendo la moda tremendista que invade las redes sociales, e incluso, los medios de comunicación. Es una explicación basada en datos y en el conocimiento de los expertos.

Dos preguntas debemos despejar: ¿cómo hemos llegado a esta situación? ¿Por qué no hacemos las cosas que sabemos que debemos hacer para contrarrestarla? Sin entrar en profundidades sobre la naturaleza humana y hasta qué punto le mueve, o no, el conocimiento y la razón (sobre esto me extiendo en mi último libro La España herida. Seis brechas sociales y como corregirlas. Deusto) es evidente que el sistema económico que hemos desarrollado en los últimos doscientos años, y que tanto progreso nos ha proporcionado, está basado en dos principios fundamentales: la consideración de la naturaleza como cualquier otro activo a explotar y la maximización del beneficio de los dueños del capital sobre cualquier otra consideración. Una combinación que ha tenido como efecto colateral provocar el cambio climático en la Tierra. Parafraseando el título de la película de Scorsese basada en una novela de Walter Tevis, estaríamos viviendo hoy los efectos negativos del calor del dinero, considerado como patrón exclusivo de todas las cosas.

Por eso, de cara al futuro, es imprescindible cambiar ese modelo económico para evolucionar hacia otro cuyos valores principales sean: economía circular y capitalismo de stakeholders, en ambos casos, con una presencia activa del Estado como defensor de lo común. Así lo están proponiendo –y haciendo- los sectores más civilizados del capitalismo mundial. Esperemos que esa transición necesaria no se vea obstaculizada por políticos mediocres y populistas, sin más visión que su propio ombligo. Porque, como dicen los miembros del grupo Rebelión Científica, hay que exigir tolerancia cero hacia los que frivolizan sobre el cambio climático y sus efectos ya tangibles. En palabras de ellos: «No cabe la visión política cortoplacista o ideológica que no tenga el aval científico, cuando lo que está en juego es la supervivencia de la especie humana».

Nuevas previsiones sobre lo imprevisible.

El Fondo Monetario se ha unido a la revisión de previsiones como consecuencia de la guerra de Ucrania. Y constata lo mismo que el resto: la guerra desacelera el crecimiento mundial, sobre todo en 2023 y aumenta este año la inflación, aunque bajará mucho el año próximo. En todos los casos, España crecerá por encima de la media de la eurozona y seguirá creando empleo, aunque se retrasa la fecha en la que recuperaremos el nivel de PIB previo a la pandemia.

En ese contexto, el techo de gasto presentado por el Gobierno para los presupuestos 2023 admite dos lecturas: en términos absolutos, es expansivo, el mayor gasto de la historia. Pero, si descontamos la inflación, decrece en términos reales, como porcentaje del PIB está por debajo del de 2021 y, dado que los ingresos suben más que el gasto, el déficit se reduce como ocurre con los presupuestos restrictivos. ¿A qué versión se apunta?

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