En la vida, vamos a perder más veces que ganar, por tanto, parece lógico que enseñemos a nuestros hijos a hacerlo. De lo contrario, "van a sufrir mucho y no van a desarrollar una personalidad sana", nos dice la piscóloga Patricia Ramírez.

Beneficios de enseñar a nuestros hijos a perder

Saber perder es una actitud, y como tal, se puede aprender. Está en nuestra mano enseñar a nuestros hijos a hacerlo. ¿Los beneficios? Te los detallamos a continuación:

No hará trampas

Hay niños tan obsesionados con el fracaso que, para evitar perder, recurren a todo tipo de estrategias. Por ejemplo, copiar en los exámenes o hacer trampas cuando juega con otros niños. Estos patrones los reproducirá también en la vida adulto, haciendo todo lo posible por salirse con la suya en cualquier situación. En este sentido, un niño que sabe perder será un adulto que acepte las reglas del juego.

No evitará enfrentarse a retos

Está demostrado que aquellos niños a los que se les ha valorado siempre la nota en lugar del esfuerzo, tienden a no enfrentarse a restos difíciles por miedo a no superarlos. Es por ello que un niño que siempre quiere ganar, no se planteará enfrentarse a situaciones que le supongan un riesgo, por miedo a perder. Las consecuencias son niños incapaces de salir de su zona de confort, que no se esfuerzan y, por tanto, no mejoran.

Sabrán sobreponerse

Un niño que sabe perder es un niño que, tras una caída, se levanta y sigue andando. No significa que no sufra con la caída, por supuesto que sufre, pero sigue adelante. Ve el error como un aprendizaje, como una parte más del camino que tiene que recorrer para llegar a su meta.

Aprenderán el valor del esfuerzo, más allá del resultado

Saber perder es aceptar que no estamos lo suficientemente preparados para ganar, que necesitamos seguir esforzándonos. Si un niño está acostumbrado a que todo le sale bien a la primera, no entenderá el valor del sacrificio, del esfuerzo, de la perseverancia. Y, cuando pierda, se frustrará. Por tanto, cuanto antes se enfrente nuestro hijo a situaciones complicadas, en las que pierda, antes aprenderá que para llegar a la meta se requieren grandes dosis de esfuerzo.

Aceptarán un 'no'

Perder también es recibir 'noes'. Cuando son pequeños, nuestros hijos nos piden cosas. Si nosotros constamos a todo que sí, si siempre se salen con la suya, si nunca "pierden" en una negociación, cuando salgan fuera de casa y obtengan un 'no', no sabrán gestionarlo. Los niños con "buen perder" son niños que saben gestionar un 'no'.

Un niño que no sabe perder, evitará enfrentarse a retos por miedo a no ganar

Será más querido entre sus amigos

Si cada vez que tu hijo pierde jugando con sus amigos, se enfada o hace trampas para no hacerlo, el resto de niños no querrán jugar con él. Por tanto, un niño que sabe perder, es también un niño con mayores habilidades sociales. No solo aceptará que otros ganen y él pierda, sino que se alegrará de la victoria de su amigo y le felicitará por ello, mejorando sus relaciones interpersonales.

Un niño que sabe perder será un niño con mayores habilidades sociales Freepik

No hay que tolerar la frustración, hay que ponerse en marcha

La frustración es un emoción cotidiana y normal que surge cuando las cosas no salen como esperamos o queremos que salgan. Todos hemos sentido frustración en algún momento. Que nuestros hijos se pongan tristes cuando algo no les sale cómo desean es lógico, el problema es cuando esto les lleva a tener reacciones exageradas y les afecta en el desarrollo de ciertas actividades. En este sentido, un niño que sabe perder es un niño que también sabe control la frustración. Sin embargo, la experta en talento y liderazgo Noelia López-Cheda nos decía en un artículo que “más que tolerar la frustración”, en el sentido de aguantarla estoicamente “sería aceptar (que no resignarse) lo que ha pasado y ponerse en marcha para ver qué se puede hacer”.

Es lógico que nuestros hijos se pongan tristes cuando pierden, el problema es que respondan de forma exagerada

Para López-Cheda, ponerse en marcha tras experimentar frustración tiene dos fases:

  1.  Preguntar qué emoción tenemos y validarla
  2.  Posteriormente centrarse en la solución o en la reflexión.

Algunas de las claves para poder pasar de la frustración a la solución son estas:

  1.  Entender y legitimar su enfado, sin juzgarlo: “Comprendo que te frustre haber suspendido”. “Ya sé que te enfada que no te compre esto ahora”.
  2.  Dejarles un tiempo para calmarse y enfriarse, sin sermones, sin quitar importancia a lo que sienten y sin intentar pasar a la solución antes de dejarles experimentar la emoción intensa que sienten ahora. “Si necesitas hablar, aquí estoy”. “¿Quieres que te dé un abrazo?”...
  3.  Una vez que se han calmado, expresar empatía y fomentar que piensen por ellos mismos qué hacer ahora. “¿Qué crees que tienes que hacer para no suspender el próximo examen?”- “¿Pensamos juntos un plan para poder prepararlo mejor”.
  4.  Criticar el comportamiento, pero no la emoción ni a la persona. Es probable que, presa de la frustración, nuestro hijo o hija haya hablado mal, o haya sido un poco desagradable o impertinente. Desde luego, si nuestro hijo quiere que le compremos algo y no lo hacemos, no nos va a dar las gracias. Podemos entender y legitimar su enfado, mientras ponemos límites a su comportamiento. “Entiendo que te enfade, pero yo te hablo con respeto y tú también debes hacerlo”. “Comprendo que te moleste haber suspendido, pero no consiento que hables así de la profesora”...