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Contracrónica

Aire nuevo en el vestuario

Francisco parece haber caído de pie en una plantilla que había perdido la conexión con su anterior entrenador y que la ha recuperado con nueva mentalidad y las primeras victorias

Aire nuevo en el vestuario

En ocasiones es necesario abrir una puerta, aunque sea a patadas, para ventilar una habitación en la que el aire se empieza a enrarecer. Esa es la sensación que transmite el Elche de estos últimos tiempos. Con Fran Escribá, un Dios para el aficionado franjiverde por la hoja de servicios al club en sus dos etapas, el equipo se había enquistado. Algo fallaba en la conexión entrenador-plantilla. Y a las primeras de cambio, la sensación de que el aire es más limpio es notoria.

AIRE NUEVO EN EL VESTUARIO

Ese aire nuevo lo trae la figura de un nuevo entrenador y, como siempre ocurre en el fútbol, los resultados. Tras tantas semanas de refunfuñar, empate en Pamplona con un cuerpo técnico interino y dos victorias contra Leioa y Cádiz para Francisco, el nuevo entrenador. El técnico apunta diversos aspectos como objetos de cambio con respecto al anterior. Pero es evidente que el primero que había que variar, de puertas hacia fuera, era el resultado. Y, de puertas hacia dentro, esa mencionada conexión entre entrenador y plantilla. Alguna tecla ha tocado Francisco para que sus futbolistas se vean capaces de comprar su mensaje, el de la intensidad y la presión. Christian Bragarnik abrió la puerta del vestuario con una patada que posiblemente no sentó bien en ciertos sectores del entorno ilicitano, pero el vestuario se ha aireado y los jugadores parecen haber comprendido que, sin el anterior entrenador, ahora es más cuestión suya que incluso del nuevo técnico que la situación se enderece y el Elche regrese al buen rumbo, el que le lleve al deseado objetivo: una permanencia lo más tranquila posible.

Rivales idóneos

Hay veces que el calendario es caprichoso y te pone delante los rivales ideales para solventar una situación como la que tenía el Elche. Porque destituir a un símbolo como Escribá no era labor sencilla, ni siquiera para un máximo mandatario del perfil de Bragarnik.

El destino puso al Betis en el camino del Elche. Un equipo que arrasó en el Martínez Valero, con media hora de buen fútbol y acierto en el que desnudó las carencias de ese Elche que quería Escribá y que no convencía al argentino. Con otro oponente quizás la imagen hubiera sido otra, menos propensa a la decisión de la destitución. Dos semanas después, el Cádiz. Rival idóneo para hacer buena la cábala de «entrenador nuevo, victoria segura». La decisión de Álvaro Cervera de poner un doble lateral para tapar la banda de Mojica y Fidel ya era una declaración de intenciones. El Elche iba a tener la iniciativa. Los franjiverdes no se arrugaron. Aceptaron el mando y llevaron el dominio. El karma quiso que después del primer gol de estrategia llegara el primer penalti a favor del conjunto ilicitano. Tiene guasa la cosa, pensará Escribá en su casa.

El caso es que Fidel no se puso nervioso, pero el equipo sí. Síntomas de llevar siete partidos en Liga sin ganar. Por momentos se vislumbraba una posible goleada hasta que un remate de Iza Carcelén que aparentemente Edgar Badia podía controlar sin excesivos apuros se le complicó. La acción derivó en penalti y, pese al subidón del fallo, al Elche le empezaron a temblar las piernas. El Cádiz se metió en el partido hasta que llegó el 2-0.

Tete desencadenado

No está barato el MVP del partido esta temporada en clave franjiverde, con un Lucas Boyé que cada semana ofrece un recital. Gane, pierda o empate su equipo. Sin embargo, ante el Cádiz emergió un Tete Morente en modo superestrella. Lo hizo desde el primer minuto. Superó a Espino en las tres primeras acciones de uno contra uno y solo cierto grado de cansancio le hizo bajar el nivel en el tramo final del primer tiempo.

Con el oxígeno recargado, el andaluz definió de manera magistral un auténtico golazo. Gumbau, con el traje de Beckenbauer, le mandó un caramelo a larga distancia. El «11» franjiverde lo acunó con la suavidad con la que un padre recoge por primera vez en brazos a su hijo neonato, acarició el esférico con suavidad para driblar al meta rival y sentenció, aparentemente, el choque. Una vez ejecutado el tanto con tacto llegó el momento de la rabia. Ahí demostró este Elche que está vivo. Las celebraciones del 2-0 y del 3-1 dejan claro que la plantilla necesitaba un cambio de aires. Rabia, gritos y conexión con el Martínez Valero. El primer paso se ha dado, pero quedan muchos más. Al menos parece haberse recuperado la unión entrenador-plantilla, algo fundamental. El vestuario del Elche se ha aireado. Francisco ya puede volver a cerrar la puerta cuando lo crea oportuno.

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