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Uno de cada tres sanitarios solicita la baja o un traslado tras un conflicto con un paciente

Una investigación de la UMH sobre consecuencias de los errores médicos evalúa su incidencia en las «segundas víctimas», los facultativos y enfermeros que participaron en los procedimientos en los que algo salió mal

Un profesional se dispone a poner una inyección a un paciente que recibe un tratamiento continuado para su patología, en una imagen de archivo.

Un profesional se dispone a poner una inyección a un paciente que recibe un tratamiento continuado para su patología, en una imagen de archivo. ANTONIO AMORÓS

Cuatro de cada diez pacientes atendidos en un hospital y un 30% de los que son atendidos en un centro de atención primaria presentan una demanda tras ser informados de un efecto o evento adverso (EA), esto es, un problema médico imprevisible que sucede durante el tratamiento con un fármaco u otra terapia o por otro motivo. La cuestión para el paciente por supuesto que no es baladí, pero tampoco para el profesional sanitario que lo ha atendido: se calcula que el 18,4% pide una baja laboral por lo ocurrido y que el 15% necesita cambiar de centro de trabajo por un EA. Incluso el 2,3% de los profesionales deja la profesión.

Asimismo, el 57% de los profesionales sanitarios afirma haberse visto involucrado en un evecto adverso con consecuencias graves para un paciente. Así al menos se constata en diversos estudios de ámbito nacional impulsados por la Universidad Miguel Hernández (UMH) y profesionales del Hospital de Sant Joan, interesados en aportar luz y avanzar desde distintos aspectos sobre calidad asistencial y seguridad del paciente.

Expertos como José Joaquín Mira o Jesús Aranaz llevan años trabajando en esta línea y también poniendo el foco en lo que se conoce como «segunda víctima»: cuando se produce un evento adverso con daño en la asistencia, los pacientes son las primeras víctimas por los errores, pero los profesionales pueden resultar dañados y muy afectados por esos mismos errores. De hecho, recientemente la UMH ha hecho públicas dos tesis sobre estas cuestiones, a cargo de Juan Francisco Herrero e Irene Carrillo.

En cualquier caso, el trabajo acumulado de años ha generado varios estudios y resultados tales como que de una muestra total de 511 profesionales (254 médicos, 243 enfermeros y 14 de otros colectivos, con un 25% de varones y un 63% de profesionales de la atención primaria de 8 de las 17 comunidades autónomas), el 60% había sido testigo de un efecto adverso con consecuencias graves para un paciente. Asimismo, casi el 70% había conocido a profesionales que lo habían pasado personalmente muy mal por un EA, mientras que un 27,8% sabían de profesionales que habían sufrido problemas laborales serios por esta cuestión. «Las consecuencias en los profesionales de los EA confirman que les incapacita temporalmente, ya que afectan a su juicio clínico, lo que incrementa el riesgo de un nuevo incidente para la seguridad de los pacientes», señalan los investigadores.

Los síntomas más frecuentes sufridos por médicos y enfermeros, las segundas víctimas, son sentimientos de culpa (61,8%), ansiedad generalizada (53,3%) y revivir el suceso una y otra vez (44,1%).

Ante ello, según los últimos datos publicados, solo el 10% de los hospitales y el 7% de las áreas primaria encuestadas cuentan con protocolo atención a segundas víctimas de eventos adversos.

¿Quién debe informar al enfermo de que ha sufrido una negligencia?

El profesional que se siente más directamente involucrado en el incidente suele ser el menos indicado para disculparse

Otra de las investigaciones en las que ha estado involucrada la UMH señala que solo el 28% de los directivos de hospitales y atención primaria y el 36% de los profesionales a nivel nacional consideran que en sus centros se informa correctamente a los pacientes que han sufrido un efecto adverso (EA).

Además, ambos colectivos reconocen que no saben quién debe informar al paciente y que no es habitual que el paciente que ha sufrido un EA tenga un canal abierto en las semanas siguientes para resolver sus dudas y poder advertir de cualquier complicación. En la reciente tesis de Irene Carrillo se expone que, sobre una muestra de 1.087 profesionales sanitarios, el 73% opinó que la mayoría de los eventos adversos graves se pueden evitar. Algo más de un tercio de los encuestados afirmó que la información sobre un error clínico podría afectar a la relación del paciente con los profesionales y que en caso de tratarse de un error sin repercusiones relevantes su comunicación al paciente ocasionaría alarmas innecesarias. Asimismo, el 23,6% de los profesionales consideró que la mayoría de los errores clínicos se debe a fallos de la organización y no a errores humanos.

En cualquier caso, según indica José Joaquín Mira en otro estudio el que han participado otros centros de España, el paciente, tras un EA, además de ser informado, debiera recibir una disculpa expresada en términos neutros (manifestación empática y de pesar por lo sucedido), sin que el informante se identifique a sí mismo como responsable del daño, culpabilice a terceros, ni ofrezca una compensación en nombre de la compañía aseguradora. Se añade a su vez que el profesional que se siente más directamente involucrado en el incidente es normalmente el menos indicado para informar y disculparse.

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