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De la jubilación en Elche a primera línea de batalla contra el covid

Dos enfermeros y un médico, ya jubilados, cuentan su experiencia tras reincorporarse a sus puestos como refuerzo durante la pandemia

Los tres sanitarios, con sus jefes de servicio.

Los tres sanitarios, con sus jefes de servicio. información

Eduardo Ramírez (Enfermero): «Controlamos los brotes en residencias sin fallecidos»

Enfermero): «Controlamos los brotes en residencias sin fallecidos»Eduardo Ramírez aparcó su jubilación, que disfrutaba desde hacía dos años, para encargarse de la difícil labor de gestionar las residencias de mayores, cuyo mando asumió el departamento de salud al que perteneciera cada centro durante el estado de alarma. Su experiencia en la supervisión de Enfermería, labor que realizó durante su última etapa laboral, fue clave para controlar la situación en un momento en el que «parecía que se iba a ir de madre». La llamada desde la gerencia del Hospital General de Elche para que volviera al trabajo se produjo inmediatamente después del brote de coronavirus que afectó a una veintena de personas en la dirección de Enfermería, que fue, de hecho, la primera explosión de casos en la ciudad y dejó este área hospitalaria muy mermada en lo que a recursos se refiere. Después, cuando esa situación estuvo bajo control, pasó e encargarse de la gestión de la residencia de Altabix y la de Jubalcoy. La primera desató todas las alarmas cuando un enfermo que ingresó en el hospital por una caída, dio positivo en coronavirus. Rápidamente se aisló a sus compañeros más cercanos y a los trabajadores, y se realizaron pruebas PCR. En total, hubo 11 residentes contagiados y nueve trabajadores. En Jubalcoy, el brote fue algo menor, y afectó a tres residentes y cinco empleados.

«Implantamos inmediatamente un sistema de control y conseguimos controlar los brotes en las residencias y erradicarlos sin que hubiera fallecidos», relata con orgullo. «Es cierto que ha habido mucha incertidumbre y ha sido muy complicado, con muchos trabajadores afectados, ya no solo en las residencias sino entre mi propio equipo, pero creo que las cosas se hicieron bien y ha habido gente muy preparada y con muchas ganas de trabajar y sacar esto adelante». Los peores momentos, añade, fueron cuando «desde algunas asociaciones de pacientes y la gente decía que estábamos abandonando a las residencias y que no se hacían pruebas a los usuarios. Quiero dejarlo claro, entre las dos residencias se han realizado cientos de pruebas PCR y serologías». Es más, añade que «se han hecho todas las que ha hecho falta o en las personas en las que se tenía sospecha, y en algunos pacientes la hemos repetido hasta en cinco ocasiones hasta que no ha habido rastro del virus».

Pese a estar en una de las líneas de batalla más importantes en esta lucha contra el covid, afirma que «nunca sentí miedo. A lo largo de mi vida profesional he estado expuesto a muchos riesgos. Mi familia sí me censuraba, me decían que me podía contagiar y que a mi edad, que se arrastran ya una serie de cosas que pueden complicarlo todo, no me convenía. Pero tenía que estar, no me iba a ver en otra ocasión como esta, habría sido incapaz de quedarme en casa. Como decía un amigo mío, es preferible morir que perder la vida. ¿Qué mejor manera de morir, si hay que hacerlo, que haciendo esto? Es una profesión que me apasiona, me ha permitido vivir, sostener a mi familia y tener una vida cómoda, comparado con otra gente que ha tenido menos suerte». Y pese a todas las complicaciones no lo duda, volvería. El por qué es muy sencillo. Mientras que la pandemia se ha llevado miles de vidas, a él le ha «reactivado, revitalizado, me ha aportado mucho volver a ver a pacientes y participar en algo tan trascendente. No me siento un héroe».

María Pastor (Enfermera): «Mis hijos no me iban a perdonar si me contagiaba»

Enfermera): «Mis hijos no me iban a perdonar si me contagiaba»María Pastor es otra de las enfermeras que no se pensó dos veces volver a la Unidad de Cuidados Intensivos, tras jubilarse a finales del año pasado, para prestar sus servicios en el área en la que estuvo trabajando los últimos 25 años de su carrera profesional. «Cuando empecé a oir en las noticias cómo estaba la situación no pude estarme quieta. Arreglé los papeles para poder incorporarme pese a estar jubilada, y lo hice».Todo y pese a que era consciente de que eso suponía enfrentarse al contacto directo con pacientes con coronavirus y, a nivel laboral, gestionar uno de los mayores puntos calientes a nivel sanitario. No tuvo miedo, aunque tenía muy presente la advertencia que le hicieron sus hijos. «Me dijeron que si papá -mi pareja- enfermaba por mi culpa, no me lo iban a perdonar jamás». No obstante, reconoce que «tampoco lo piensas mucho, Se trata de tomar todas las medidas de protección e higiene. Al final, lo mejor de conocer los riesgos, como se conocen en la UCI, es que sabes cómo tienes que enfrentarse a ellos». Lo peor para María fue «ver cómo me contaban las compañeras lo duro que era a la hora de llamar por teléfono a los familiares, la angustia por no poder verse. La gente lo ha pasado muy mal, y a algunos les quedarán secuelas y les costará olvidarse de esto. De lo que más me acuerdo es de las familias agradecidas por el trabajo que estábamos realizando. Entendían que no podían pasar a ver sus familiares, debido a la situación, y cada palabra que les decías, aunque fuera lo mínimo, informando sobre el estado de sus seres queridos, lo agradecían mucho».

A nivel de trabajo y esfuerzo del personal «también ha sido muy duro. Tuvimos que ampliar camas, hasta 22, y tiramos de todo el material que disponíamos para tener más capacidad si fuera necesario, en zonas de reanimación, quirófanos y otras áreas. Por suerte, en ningún momento llegaron a completarse las 22 camas que tuvimos en UCI, pero fue un gran esfuerzo prepararlo todo y tratar de ir por delante para estar preparado si había saturación».

Su labor fue importante no solo por el refuerzo de personal, sino porque su dilatada experiencia en la UCI permitió que pudiera «formar a todos el nuevo personal que se contrató, ya que algunos no tenían experiencia en UCI y es un servicio con unas necesidades muy específicas que requiere unos conocimientos muy concretos que no se dan en otras especialidades».

Su labor concluyó cuando la UCI del Hospital General comenzó a descongestionarse, pero no se pensaría ni un solo segundo volver en una segunda oleada si fuera necesario. «Sin pensarlo, siempre que sea necesario, sin miedo -recalca-. Ahora además está todo más preparado, hay más material y muchos más recursos disponibles, hemos aprendido cómo funciona todo». A pesar de sus palabras, quiere dejar claro que «no nos ha faltado de nada desde el principio».

Pese a su larga trayectoria, pues ha pasado por la supervisión de Enfermería o por la unidad de coordinación de transplantes, «donde aprenden mucho a tratar con tacto a familiares y pacientes», reconoce que nunca había vivido una experiencia parecida, otro de los motivos por los que no dudaría en volver a su hospital, si fuera necesario, en los próximos meses o «cuando sea necesario.

Francisco Pomares (Médico): «Pedí hacer visitas en casas, hay que morir con las botas puestas»

Médico): «Pedí hacer visitas en casas, hay que morir con las botas puestas»Francisco Pomares, Paco, como todo el mundo le conoce, es uno de los médicos de Atención Primaria recordados con más cariño tanto en el centro de salud de San Fermín, donde desempeñó su labor durante años, como en Altabix, donde estuvo al final de su etapa profesional y al que volvió durante la pandemia . «Como sabéis, yo gozo de una jubilación en activo, pasando mi consulta privada. La Medicina es mi vocación, me viene de Familia, así que cuando me llamaron porque hacía falta gente, no lo dudé ni un momento. Es más, pedí visitar a pacientes en sus casas y hacer asistencias a domicilios porque es lo que siempre me ha gustado, el contacto directo con las personas. Ha habido muchas bajas entre el personal sanitario, porque en el momento en el que daba positivo o estaba en contacto con uno, tenía que guardar cuarente. Ni miedo ni nada, no dudé en volver, hay que morir con las botas puestas», cuenta el doctor Pomares.

«Confío mucho en el sistema inmunitario de cada persona y en las medidas de protección sanitaria», continúa. «Al principio es verdad que había menos medios, se racionalizaban, pero ahora no hay ningún problema». Entre los avisos urgentes que ha tenido que cubrir están también defunciones en domicilios o residencias, y «ahí ha estado lo complicado, porque muchas veces había que certificar la muerte de una persona y no estaba claro el por qué de la muerte, si era covid u otra cosa, de ahí que seguramente haya más fallecidos que los contabilizados oficialmente, pues a esos no se les hacía test».

Confiesa que ha disfrutado en esta nueva etapa en el sistema público de salud. «Ves a un tipo de paciente muy diferente, más humilde, con otras necesidades. A la consulta privada, que es a lo que me dedico ahora, viene gente pudiente, en la sanidad pública ves a gente de barrio, gente de Los Palmerales, de Carrús, con otras necesidades».

Por eso, «volvería sin duda, al final hacer tres, cuatro o cinco guardias al mes no supone un gran esfuerzo y además de lo económico compensa desde un punto de vista personal, ves urgencias, detenidos, que yo me he dedicado mucho a los juzgados como perito, y casos diferentes». Lo que más le preocupa ahora, concluye, es que tras la crisis sanitaria «llega la crisis socieconómica, que será de las peores de los últimos años, y para la que también hay que estar preparados porque hay gente que lo está pasando muy mal, y hay que darles respuesta».

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