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Esperando a Godot

El amor en los tiempos del cólera

Gente paseando con mascarillas en Elche.

Gente paseando con mascarillas en Elche.

Estoy seguro de que no les descubriré nada nuevo si les comento que vivimos tiempos de incertidumbre, de inquietud, de aflicción, de congoja, de zozobra en definitiva. Aunque no es menos cierto que, si echamos un poco la vista atrás en nuestra historia, más o menos reciente, se agolpan acontecimientos no menos preocupantes, e incluso luctuosos, de los que nos está tocando padecer en la actualidad. La cuestión es que la memoria tiene unos extraños mecanismos, seguramente de mera supervivencia, que nos llevan a recordar de una forma más nítida las vivencias agradables que las negativas.

Sea como fuere, la situación es francamente preocupante, se mire como se mire. Pero aún lo es más si lo hacemos desde el punto de vista de los jóvenes. Mucho me temo que la falta de interacción social que están padeciendo les va a dejar una huella indeleble en su forma de ser y en su forma de comportarse y de afrontar las crisis en el futuro. Eso sin hablar de la dificultad de conseguir algo tan necesario para todos los adultos sanos como es el sexo. Es duro el amor en los tiempos del cólera, pero aún lo es más para ellos, a una edad en la que esos desahogos físicos y psicológicos cobran especial relevancia. No ahondaré más en el tema porque me temo que la próxima resolución de la Conselleria de Sanidad, ante la negativa del Gobierno de permitir adelantar el toque de queda (¡Viva la «cogobernanza»!), prohíba bares, restaurantes y la fornicación fuera de las unidades de convivencia.

Todo esto me trae a la mente la novela del inmortal Gabriel García Márquez, a cuyo título he hecho alusión: El amor en los tiempos del cólera. Para reforzar los contenidos que expusimos la semana pasada (perdonen la petulancia de la auto cita, es la vena docente) les puedo comentar que esta magnífica novela está contada por un narrador omnisciente, lo que le da un punto de vista objetivo y produce continuos cambios del presente al pasado y viceversa, con un tono narrativo muy poético, un lenguaje denso y formal, pero cuajado de lirismo, de bellísimas descripciones y, a menudo, con un pronunciado sentido del humor.

La línea argumental de la novela sugiere que el mal de amores es una enfermedad real, comparable al cólera. Tengan en cuenta que la trama se desarrolla entre las postrimerías del siglo XIX y los primeros años del XX, cuando las enfermedades infecciosas causaban verdaderos estragos, hasta que llegaron las vacunas para combatirlas. García Márquez nos cuenta una historia de amor entre los protagonistas, Florentino Ariza y Fermina Daza, que comienza cuando ambos son jóvenes y culmina cincuenta años después cuando, tras la muerte del marido de Fermina, Florentino la conquista definitivamente cuando ambos tienen más de setenta años. Es obvio que les he hecho un resumen muy somero, pero espero que a aquéllos de ustedes que no hayan leído El amor en los tiempos del cólera, esta pequeña introducción les mueva a hacerlo. Créanme, no se arrepentirán.

En nuestro particular tiempo de cólera, de COVID en este caso, también parece ser que la única solución viable es la vacuna que ya se ha empezado a administrar, porque el resto de las medidas empiezan a hastiarnos, máxime cuando las taifas autonómicas no son capaces de ponerse de acuerdo entre sí ni con el Gobierno, sobre cuáles son las más oportunas y, en ocasiones, además son contradictorias. Yo no entiendo, por qué es peor jugar un partido de tenis o tomar un café en una terraza que, por ejemplo, codearme con miles de personas en un centro comercial.

En cualquier caso, si convenimos, como decíamos, en que la vacuna es la solución, nadie puede comprender el motivo por el que su administración está resultando tan lenta. Si nos fijamos en la última estadística publicada al respecto, el pasado lunes, un país como Israel ya ha vacunado casi al 30% de su población, los Emiratos Árabes Unidos casi al 20%, el Reino Unido a más del 6% y Estados Unidos casi al 4%. Mientras, España está todavía en un raquítico 1’64% de población vacunada. Entiéndase, por supuesto, que estos porcentajes se refieren a la población en general. Si atendiéramos sólo al porcentaje de políticos inmunizados, posiblemente estaríamos a la cabeza del mundo.

El éxito de Israel no es ningún secreto. En primer lugar, el Gobierno negoció antes que nadie con las farmacéuticas para asegurarse el suministro adecuado de las dosis necesarias. Hay quien afirma que esto lo ha conseguido pagándolas más caras, pero resulta evidente que, sea cual sea el precio, será más barato que, como en nuestro caso, mantener la economía paralizada. En segundo término, es una autoridad única la que gestiona el sistema nacional de salud, no diecisiete como en España (algún día hablaremos del franco retroceso que, en dos cuestiones fundamentales, la salud y la educación, ha supuesto el sistema autonómico). Por último, pero no lo menos importante, todos los recursos, públicos y privados, se han puesto al servicio de esta empresa, mientras que aquí es un anatema para algunos que la sanidad privada pueda intervenir, cuando seguro sería de gran ayuda en el actual contexto.

Cuídense mucho y tomen todas las precauciones. Los políticos nos lo piden, y tienen razón. Pero desechen ese sentimiento de culpa que nos atenaza: ni ustedes ni yo podemos negociar con Pfizer o con Moderna el suministro de las vacunas. Ni ustedes ni yo podemos organizar la campaña de vacunación. Ni ustedes ni yo podemos movilizar la sanidad pública, la privada y el ejército para llevarla a término. Pero cuando vayan a votar en las próximas elecciones, recuerden quien podía hacer todo eso y más, y no lo ha hecho.

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