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Esperando a Godot

¿En qué momento se jodió la educación?

¿En qué momento se jodió la educación?

Aquellos de ustedes que sigan esta serie de artículos desde sus inicios, en marzo de 2017, habrán reparado en que Mario Vargas Llosa es uno de los autores que he citado de forma más recurrente. No en vano es uno de mis escritores favoritos. La primera ocasión en que lo hice fue el 26 de mayo de 2017, en un artículo que titulé con la primera frase de la novela del Premio Nobel de Literatura 2010, Conversación en la catedral, que decía ¿En qué momento se jodió el Perú?

Parafraseando al insigne prosista, he querido llamar su atención sobre un tema del que se ha hablado mucho a lo largo de esta semana, y que ha sido objeto de buenas noticias, a nivel local, y de pésimas, a nivel nacional: la educación. La parte positiva ha sido la finalización de las obras de un nuevo centro de enseñanza secundaria en Elche. La negativa, aunque esperada, pues es parte del desarrollo reglamentario de la LOMLOE (la enésima ley educativa de nuestro país), la publicación del Real Decreto 984/2021, que regula la promoción en primaria, secundaria, bachillerato y formación profesional, así como la titulación en estas tres últimas enseñanzas.

Efectivamente, que Elche cuente con un nuevo instituto es una magnífica noticia sin paliativos, a la que sólo se puede objetar que hayan tenido que transcurrir seis años desde que los mismos partidos gobiernan la Generalitat y el Ayuntamiento para que hayamos visto un nuevo centro educativo en Elche. Centro que, como se ha dicho, tendrá una repercusión positiva, fundamentalmente en dos vertientes: una nueva redistribución en la adscripción de colegios a institutos, para que los alumnos del barrio de El Plá no tengan que desplazarse hasta los centros ubicados junto al barrio de Los Palmerales, y poder dejar libre el edificio del actual IES La Torreta para convertirlo en un centro integrado de formación profesional.

Ahora cabe actuar con inteligencia para que ese nuevo centro integrado aumente su oferta, realizando un estudio en profundidad para, por una parte, redistribuir la oferta de formación profesional en la localidad y, por otra, aumentar el número de familias profesionales y ciclos formativos que se imparten en La Torreta, haciendo especial hincapié en la formación profesional básica, que constituye una magnífica forma de que muchos jóvenes permanezcan en el sistema educativo, y cuyo número de plazas es absolutamente deficitario.

En cualquier caso, los profesionales de la educación, y la sociedad en general, a tenor de la polémica suscitada por la publicación del Real Decreto que les refería anteriormente, se muestran seriamente preocupados por la deriva que está tomando la educación en nuestro país. Es evidente que, salvo los que nos dedicamos a este proceloso mundo, casi nadie lee la legislación en materia educativa, por lo que normalmente los ciudadanos se nutren de las noticias publicadas por los medios de comunicación y las declaraciones que hacen los políticos.

No les descubro nada nuevo si les digo que lo que publican los medios hay que tomarlo cum grano salis, aunque en esta ocasión muchos han reflejado la esencia de lo que la LOMLOE pretende con cierta precisión; por lo que a los políticos se refiere, también es harto evidente que cada cual aplica una visión sesgada y una interpretación acrítica de las medidas que aprueba el contrario. Sucedió con la LOMCE, que ni siquiera llegó a aplicarse en su totalidad, y sucede ahora con la LOMLOE.

Pero, lo que sí resulta absolutamente paradójico es que las declaraciones de la persona que más y mejor debería defender la norma que su predecesora sacó adelante, la ministra de Educación, intente defender la LOMLOE con expresiones que para mí resultan desconcertantes. Sin ir más lejos, esta misma semana, al albur de las críticas recibidas desde numerosos sectores políticos y algunos grupos de docentes, la Sra. Alegría afirmaba que la principal diferencia entre la LOMCE y la LOMLOE radica en que «… (nosotros, es decir el gobierno) trabajamos en promover un esfuerzo basado en la motivación, no en el castigo».

Estoy convencido de que ningún profesor, antes de la aprobación de la LOMLOE, promovía entre sus alumnos la cultura del esfuerzo a base de castigos. Lo que sí es obvio es que, a partir de ahora, como la responsabilidad de la promoción y titulación va a recaer sobre los hombros de los equipos docentes, los pedagogos de salón aducirán que aquellos alumnos que no aprueben no habrán fracasado por su demérito, sino por la escasa capacidad de sus profesores para «motivarlos». Argumento que planteado al revés resulta muy peligroso: si nadie suspende por demérito propio, nadie considerará tampoco necesario hacer méritos para aprobar.

Por cierto, que esos pedagogos de salón que no han pisado un aula en su vida, pero nos pretenden convencer de las bondades de sus propuestas, son los mismos que ya pululaban por aquí en el momento en que se jodió la educación: el 4 de octubre de 1990, día en que se publicó la LOGSE en el Boletín Oficial del Estado.

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