Análisis

A su imagen y semejanza

Un año después de su llegada a la Alcaldía, Pablo Ruz parece en muchos aspectos más preocupado por la estética que por la gestión.

Pablo Ruz, en el salón de plenos de Elche

Pablo Ruz, en el salón de plenos de Elche / Áxel Álvarez

M. Alarcón

M. Alarcón

«Ruz se ha creído que el Ayuntamiento de Elche es su casa». La frase es de Héctor Díez, portavoz del PSOE, dicha hace escasos días para criticar que el desayuno de los lunes del equipo de gobierno de PP y Vox en el Ayuntamiento de Elche, tanto de concejales como de asesores, salga del erario público con la justificación perentoria de una reunión de trabajo. Y no le faltaba razón al socialista, otra cuestión es lo importante que nos parezca la cuantía (menos de 400 euros/mes en un presupuesto de 270 millones anuales), pero ha quedado claro que si lo que el regidor quería al dar nueve sueldos a la oposición era que trabajaran, lo ha logrado. Otra cuestión es que no haya pactado en qué debía consistir ese trabajo y si podían cuestionarle el siempre delicado asunto del gasto público. Gasto que sin duda va a ser, junto con las promesas incumplidas, dos de los grandes argumentos para intentar que no repita como regidor en 2027.  

Un año después de aquel 17 de junio en el que en el salón de plenos, con los votos propios y los de Vox, Ruz se alzó con la vara de mando, una de las cosas más evidentes es que el nuevo alcalde quiere que la ciudad y el propio consistorio se parezcan a su casa, aunque yo diría mejor, a su hogar. Quizá eso sea para muchos una de sus mayores virtudes, cambiar la estética urbana, aunque para otros puede ser el mayor error si creen que el alcalde pierde el tiempo en estas cosas. Considerar que el color de una habitación de su piso en Carrús pega para una renovación innecesaria pero que vislumbra para la sala del Consell, por poner un ejemplo; modificar la estética de casi todo lo que le rodea, llegando incluso al escudo de los membretes municipales; o cambiar las luminarias del centro de la ciudad porque no le gustaban, no son estas decisiones que deban marcar una gestión y mucho menos todas de golpe, lo que puede dar a entender que van a ser cuatro años frenéticos o que no sabe gestionar si todo no está tal y como a él le gusta, que es un exquisito, como un opositor que no coge el libro si los bolígrafos no están ordenados.

 ¿Votaron 42.068 ilicitanos al PP el 28 de mayo de 2023 para que en su primer año de mandato se gastara dinero de los impuestos en artificios estéticos que, en algunos casos, solo él y sus concejales reconocen como un valor añadido?, ¿le volverían a dar su respaldo los indecisos que querían más un cambio en la Alcaldía que a la persona para la que iban a depositar el sufragio si llegan a saber que esta iba a ser su tarjeta de presentación? Probablemente, muchos se lo pensarían porque lo votaron esperando un fondo, no una forma. Él, en muchos aspectos, está haciendo lo contrario o al menos es en lo que nos tiene entretenidos y, como sé que le gustan las expresiones campestres, lo resumiría en que Ruz coge el rábano por las hojas. Ahora bien, yo creo que repetiría casi todo tal cual lo ha hecho y a conciencia porque lo que busca es que Elche esté/sea a su imagen y semejanza

Ruz sigue siendo, por cómo se comporta muchas veces, el niño que de mayor quería ser alcalde y tanto tiempo ha tenido para pensar cómo quería que fuera su ciudad que quizá en algunas cosas se esté excediendo.

El primer año de un gobierno siempre es el más fácil porque te dan, en teoría, cien días de margen, pero eso no te da una carta blanca para defenderte de las críticas de la oposición haciendo valer las herencias de su pasado. Recordarle al PSOE, volviendo al asunto de los cruasanes, que sí, que tú te gastas 382 euros mensuales en cafés con leche, pero ellos facturaron en cuatro años 50.000 euros en horchatas. Algo que ahora lo sabe porque toca un botón y, como tiene el poder, los funcionarios o asesores le facilitan los datos. Y ni hablar de las bombas de artillería que se guardará en el cajón por si hacen falta tarde o temprano porque la política está llena de rencores y venganzas. Un año después no ve la bondad de las críticas, sino que se revuelve contra ellas. No escucha. El mayor ejemplo fue el prometer junto a Vox en el Pacto de Valverde que iba a reducir los gastos y bajar impuestos, y que ahora se vanaglorie como mérito el reducir, como dijo la edil socialista Patricia Macià, 1,5 euros el IBI a los ilicitanos cuando tiene la mayor nómina de personal de confianza conocida en el Ayuntamiento a lo largo de su historia y de la que ya nos ha dejado claro, para rematar la guinda, que están porque son afiliados del PP porque, en caso contrario, no se les habría permitido acudir al acto de campaña para las europeas de Alberto Núñez Feijóo hace menos de un mes, un viernes a media mañana. ¿Qué los del PSOE también lo hacían? ¿Y qué?, ¿va a ser Ruz para algunas cosas como los socialistas cuando le interese? Por poco que pueda gustarse a un alcalde lo que le digan desde la bancada de la oposición, debe saber que es lo más sincero que va a escuchar por grueso y fuera de tono que lo encuentre porque a su lado solo va a encontrar amigos y aduladores. 

Ruz llega cansado, muy cansado, a un primer año de mandato, aunque diga que los que están agotados son sus concejales por la «marcha» que les ha impuesto, que los tiene al límite, aseguró el viernes en el Hort de Pontos, un lugar idílico que seguro eligió él para hacer balance del primer año. No estaría de más de que se parara y pensara si las cosas van como él esperaba que iban a ser a estas alturas del mandato. Al Ruz que aguardábamos ver en muchos aspectos como alcalde, aún lo estamos esperando. Muchas veces ha dicho que le gustaba cómo gobernaba Diego Macià, pero él no salía nunca del despacho; Ruz da la sensación de que solo entra a recibir visitas y a enseñar el cuadro de la Marededéu.

Aurora Rodil y Pablo Ruz, el pasado viernes haciendo balance de un año de gestión

Aurora Rodil y Pablo Ruz, el pasado viernes haciendo balance de un año de gestión / M. Alarcón

Reflexionando estos días sobre el excelente discurso que ofreció aquel 17 de junio, en el que marcó ideas que quería convertir en promesas, donde colocó a los ilicitanos en el centro de su proyecto, en el que dijo que sería ser un alcalde exigente y reivindicativo con el gobierno de la Generalitat, con el de la Diputación, ambos de su propio partido, y también con el Gobierno, la realidad que ahora nos ofrece es que es un buen soldado de Mazón. ¿Qué queda del Pablo Ruz crítico con Ximo Puig? ¿por qué siguen defendiendo que Elche tendrá un TRAM (que Mazón llegó a valorar como una inversión de 198 millones) cuando ni tendrá raíles (ahora dicen que tendrá solo uno, pásmense) y solo es el trampantojo de un bús de alta capacidad? Uno podría pensar que ha centrado sus esfuerzos en abrir un frente con Madrid, en ser un regidor que ha buscado un altavoz público frente a las altas instituciones, pero tampoco. No se ha vuelto a saber nada de la campaña para exigir el préstamo de la Dama a Elche. La pasada semana se ha sabido que en lo que piensa es en el 75 aniversario del Dogma de la Asunción, en los fastos de 2025, para los que ha pedido 30.000 euros al ministro Ernest Urtasun, a la sazón portavoz de Sumar.

A nadie le importa las convicciones religiosas de un político si no fuera porque, en su caso, hace gala de ellas a diario. Hay una parte de su electorado que se lo agradecerá, seguro, pero visto desde fuera puede parecer que tanto fervor se asemeje más a una impostura, que sé que no lo es pero que seguro que sí le resta votos. Quizá es otro de sus riesgos calculados y si no lo es, le da tanto igual. Ruz nunca le va a dar la espalda a su fe, más bien todo lo contrario, y menos en su hogar sin importarle que ahora mismo este sea el Ayuntamiento de Elche.