Elche corona a su Patrona en un Misteri sublime
El profundo respeto, los vítores y la emoción inundan la basílica en una conmovedora segunda parte que pone punto final al drama asuncionista
La Patrona de Elche fue coronada en los cielos este jueves, al filo de las 19.12 horas, en medio de un ambiente absolutamente desbordado de emociones. A muchos, creyentes o no, les brotaron las lágrimas mientras miraban a lo alto y, seguramente, se acordaban de seres queridos que ya no están con nosotros. Era el momento más esperado por aquellos ilicitanos que llevan en la sangre el Misteri. Pero también fue muy especial para aquellos visitantes que por primera vez lo contemplaban.
La devoción, el profundo respeto y el fervor de los ilicitanos volvían manifestarse una vez más en la basílica de Santa María durante esta segunda parte del drama sacro-lírico, La Festa.

Uno de los cantores en uno de los papeles principales del drama asuncionista / Áxel Álvarez
Con varias horas de antelación, jóvenes y mayores acudían al templo a «intentar» coger un buen sitio desde donde contemplar uno de los momentos más significativos y emocionantes de estas Fiestas de Elche: la representación del entierro y posterior ascenso de la Virgen al cielo, que dio comienzo a las 18 horas.
Las ventanas y puertas del templo permanecían abiertas de par en par, permitiendo que los murmullos de la multitud se entrelanzaran con el ambiente a priori religioso que imperaba en el interior.
La luz de la tarde y una ligera brisa que entraba por los accesos acompañaban la atmósfera especial que se generó, llena de respeto, admiración y sorpresa, todo ello aderezado con la solemne música del órgano que, más tarde, al cierre de la representación, tendría que competir con los vítores y gritos reiterados de «Viva la Mare de Deu», tanto en castellano como en valenciano.
Tras La Vespra del miércoles, este jueves la segunda parte comenzaba con los apóstoles preparando el entierro de la Virgen María. Tres de ellos mostraban su deseo de invitar al cortejo mariano a unirse al sepulcro.
Sepelio
En un acto que resalta la unión y la fe, cuatro apóstoles descendieron y extendieron la invitación a las Marías quienes, llenas de reverencia, aceptaban participar en el sepelio de la Virgen. Esta escena captura el espíritu de la festividad, en la que el pueblo, representado por las Marías, se une en un último homenaje a la Virgen.
Un momento particularmente simbólico ocurre cuando San Pedro entrega a San Juan la palma dorada, un símbolo de pureza y gloria, para que la porte ante María, siguiendo la instrucción del Ángel de la Magrana. Este gesto es un recordatorio de la conexión celestial y la bendición divina que rodean a María en su camino hacia la eternidad.

Otro instante, con la Patrona ya fallecida / Áxel Álvarez
Mientras tanto, los apóstoles entonan un cántico lleno de alabanzas a la Virgen, donde la aclaman como «flor de virginal belleza», subrayando su importancia como símbolo de pureza y perfección.
No obstante, la representación nunca está exenta de momentos de tensión y dramatismo. En medio del ritual, el entierro es interrumpido por un grupo de judíos, quienes, movidos por la curiosidad y el escepticismo, se acercan para investigar el origen de los cánticos que escuchan.
Tras informar al Gran Rabino, intentan impedir el sepelio de la Virgen, lo que da lugar a una llamativa lucha entre los apóstoles San Juan y San Pedro, primero, y el grupo de judíos.
Intervención
La escena alcanza su clímax cuando uno de los judíos, al intentar apoderarse del cuerpo de María, queda milagrosamente paralizado, con las manos engarfiadas. Este milagro provoca la conversión del resto de los judíos, quienes, arrepentidos, caen de rodillas implorando perdón.
Los apóstoles aprovechan este momento para invitar a los judíos a proclamar su fe en la virginidad de María. Tras esta demostración de fe, San Pedro bautiza a los judíos con la palma dorada, completando así un acto de redención y conversión, en el cual el poder divino de María es reconocido incluso por aquellos que antes dudaban de ella.

El alcalde, vitoreando a la Mare de Deu / Áxel Álvarez
En un entorno solemne y respetuoso, se entona el salmo «In exitu Israel de Aegypto», un himno de liberación y éxodo que encarna el ritual de las exequias.
Cántico
Con este último cántico, el entierro de la Virgen llega a su conclusión. Su cuerpo es depositado en la sepultura colocada en el centro del Cadafal. Sin embargo, la festividad no acaba aquí.
El cielo se abre y el Araceli desciende, ocupado por cinco ángeles que vienen a devolver el cuerpo terrenal de María y llevar su alma al cielo. Dentro de la sepultura, el ángel mayor del Araceli es reemplazado por la Imagen de la Virgen, que asciende al cielo en cuerpo y alma, completando así el ciclo de su Asunción.
La solemnidad de la escena es interrumpida brevemente por la llegada del apóstol Santo Tomás, quien pide perdón por su tardanza, ya que se encontraba predicando en la lejana India. El momento más esperado de todo el año, de todo el ciclo asuncionista, llega con la aparición de la Santísima Trinidad, que desciende desde el cielo para recibir a María y coronarla como Reina de la Creación. Fue en este momento cuando la representación alcanzó su punto más alto de emotividad y gloria, de agitación del corazón y alegría mientras los apóstoles y los judíos, ahora convertidos, entonan el querido y emocionante «Gloria Patri» de acción de gracias.
El Misteri d’Elx culmina con la subida del Araceli al cielo, llevando consigo a la Virgen coronada, en una imagen que simboliza la unión de lo terrenal y lo celestial, y en una basílica de la que brotaron las emociones.
Los asistentes, visiblemente emocionados, con lágrimas en los ojos, aplaudieron y vitorearon con ganas, retiradamente. Mientras los aplausos y la satisfacción se prolongaban, los escolanos y cantores salían por la puerta mayor del templo, repartiendo a los espectadores «oripell», como manda la tradición.
Celebración
El Misteri d’Elx, una vez más, lograba conmover y unir a los ilicitanos, y a los que no son de la tierra, en una celebración que trasciende lo religioso.
La representación, con su mezcla de dramatismo, espiritualidad y tradición, continúa sin perder enteros, atrayendo a fieles y curiosos de todas partes. Esta jornada del 15 de agosto ponía así el colofón a una serie de escenificaciones que han resultado muy satisfactorias para toda la familia del drama asuncionista, la cual ya se emplaza a las representaciones extraordinarias del próximo otoño.
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