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Entrevista

Mariana Castells, Honoris Causa de la UMH de Elche: «El cambio climático, la dieta y los fármacos más complejos empeoran las alergias»

La catedrática de Alergología en Harvard expone cómo sus protocolos de desensibilización han cambiado el tratamiento de alergias a fármacos, especialmente en pacientes oncológicos

La catedrática de Alergología en la Universidad de Harvard, Mariana Castells, tras recibir el doctorado Honoris Causa en la UMH de Elche. | ÁXEL ÁLVAREZ

La catedrática de Alergología en la Universidad de Harvard, Mariana Castells, tras recibir el doctorado Honoris Causa en la UMH de Elche. | ÁXEL ÁLVAREZ

V. L. Deltell

V. L. Deltell

Desde la década de 1990, Mariana Castells Guitart es investigadora de la Escuela de Medicina de Harvard (EE UU), donde dirige el Centro de Desensibilización e Hipersensibilidad a Medicamentos y el Centro de Mastocitosis del Hospital Brigham and Women’s. Sus protocolos de desensibilización han cambiado el tratamiento de alergias a fármacos, especialmente en pacientes oncológicos, y su trabajo en mastocitosis ha impulsado nuevos diagnósticos y terapias para esta enfermedad rara.

Usted suele hablar de «doble X» en lugar de decir «mujeres». ¿Por qué?

Porque cuando hablamos de XX y XY se ve muy claro que la diferencia es mínima: una sola letra. Todos somos Homo sapiens: algunos llevan dos cromosomas X y otros una X y una Y, pero el 99,9% es igual. Me gusta recordarlo así porque las diferencias biológicas son reales, pero muy pequeñas, y no pueden justificar brechas tan grandes en oportunidades, salarios o liderazgo. Mi empeño de 35 años ha sido demostrar con datos que la «doble X» tiene el mismo talento, la misma capacidad y las mismas ganas de hacer ciencia al máximo nivel.

Usted nació en Barcelona, en una familia tradicional. ¿Cómo se construye desde ahí una catedrática de Harvard?

Yo crecí en un entorno donde el papel «natural» de las mujeres era tener muchos hijos, cuidar de la familia y ejercer de matriarcas. Salir de casa, estudiar Medicina y luego irme a Estados Unidos no entraba en el guion. Si uno mira las probabilidades de que una chica de esa familia acabara siendo catedrática en Harvard y doctora honoris causa por la Universidad Miguel Hernández, eran más bajas que subir al Everest sin oxígeno. Pero tuve curiosidad, insistí y encontré referentes, aunque no los tuviera físicamente cerca.

¿No tuvo mentoras mujeres durante su formación?

No, nunca tuve una mentora mujer «de carne y hueso» a mi lado en el hospital o la facultad. Tuve que buscarlas en los libros. Una de ellas fue Marie Curie, la única mujer con dos premios Nobel, que nos recuerda tres ideas que han guiado mi carrera: que ahora es el momento de entender y no de tener miedo; que debemos ser menos curiosos sobre la gente y más sobre las ideas; y que no hay que pensar tanto en lo que ya hemos hecho, sino en todo lo que queda por hacer. Otra figura clave fue Jane Goodall, con su manera de mirar a los animales como parte de una gran familia y su insistencia en seguir el propio juicio.

También reivindica el papel del deporte, y cita a Kathrine Switzer, la primera mujer que corrió el maratón de Boston...

Me gusta mucho el deporte, especialmente nadar, y el ejemplo de Switzer me parece precioso. En 1967 se infiltra en el maratón de Boston, donde solo podían competir hombres. Cuando la descubren, intentan sacarla a empujones. Ella cuenta que se sintió humillada y furiosa, pero precisamente esa rabia la hizo perseverar. Pensó: «Si salgo de este maratón, las mujeres no correrán otro en 100 o 150 años». Siguió corriendo y, 50 años después, volvió a completar el maratón con más de 70 años. Esa mezcla de tenacidad, dignidad y sentido histórico es un modelo fantástico para la ciencia.

Castells dijo que «mi probabilidad de ser catedrática en Harvard era más baja que subir el Everest sin oxígeno». | ÁXEL ÁLVAREZ

Castells dijo que «mi probabilidad de ser catedrática en Harvard era más baja que subir el Everest sin oxígeno». | ÁXEL ÁLVAREZ

En su discurso al ser investida con el Honoris Causa de la UMH recordaba a varios mentores y jefes que le dijeron literalmente: «Vete a América». ¿Qué le aportaron?

Muchísimo. El profesor Antonio Ojeda, en La Paz, fue decisivo al decirme: «Tú te tienes que ir a América». Y lo hice. En Estados Unidos trabajé con Daniel Schwartz y con Frank Austen, que fue mi gran maestro en Harvard. Austen era de esos jefes que te «fustigan» intelectualmente todos los días: te paraba en el pasillo y te preguntaba si habías pensado en tal mecanismo del mastocito o leído tal artículo; y, si la respuesta era no, te decía claramente «muy mal». Lo hacía cuando yo empezaba y seguía haciéndolo cuando ya era catedrática. Esa exigencia constante te obliga a no acomodarte.

Descubrimiento

¿Cómo se pasa de esa exigencia a firmar una portada de Nature?

Con muchos fracasos antes. Nosotros descubrimos el primer receptor inhibidor de los mastocitos: una especie de «interruptor de apagado» de la célula alérgica. Fueron tres años de trabajo, clonando 10.000 bases de ADN casi a mano, con mis hijos pequeños en el laboratorio los domingos. Enviamos el artículo a varias revistas y nos lo rechazaron una y otra vez porque «no había precedente». En un momento dado mi jefe empieza a dudar y me sugiere que quizá debamos reorientar el trabajo. Yo me fui a casa llorando, con mis hijos y mi marido preguntando por qué me metía en esos líos. Pero el lunes volví y dije: «Vamos a enviarlo a Nature». Mi jefe pensó que estaba estresada, pero lo mandamos. Quince días después, nos contestan que es un hallazgo fundamental, lo aceptan sin apenas correcciones y acaban poniéndolo en portada. Detrás de ese éxito hay muchos «no» previos.

De ahí nacen los protocolos de desensibilización que hoy se aplican en todo el mundo. ¿Cómo funciona ese cambio de paradigma?

Lo que hicimos fue preguntarnos si era posible «engañar» al mastocito. Si administras de golpe una dosis de cacahuete, penicilina o quimioterapia, la célula se activa, libera histamina y puede desencadenar una reacción grave. Pero si das cantidades pequeñísimas, de forma escalonada y siguiendo una secuencia matemática muy precisa, la célula no se activa: se desensibiliza. Con ese principio diseñamos protocolos que permiten que pacientes alérgicos a quimioterápicos esenciales, a antibióticos o a la insulina puedan volver a recibir esos tratamientos sin poner en riesgo su vida. Hoy son procedimientos estándares y muy seguros: en más del 90 % de los casos no se produce ninguna reacción significativa.

Anthony Fauci le pidió que escribiera el capítulo de desensibilización en el Harrison, la «biblia» de la medicina. ¿Qué significó ese reconocimiento?

Para mí fue muy simbólico. Yo de estudiante leía el Harrison con admiración y soñaba con trabajar con Frank Austen, que firmaba el capítulo de alergia. Años después, Fauci me llama y me dice: «Esto es tan importante que debe tener un capítulo propio». Incluir la desensibilización ahí significa que ese conocimiento deja de ser «nuestro» en Boston y pasa a ser de toda la humanidad. Cualquier médico del mundo puede aplicarlo en beneficio de sus pacientes. La ciencia no es propiedad de ningún laboratorio: es patrimonio del Homo sapiens.

Enfermedades raras

Otra de sus grandes líneas de trabajo es la mastocitosis y los síndromes de activación mastocitaria. ¿Qué son?

Sí, son enfermedades raras en las que los mastocitos están aumentados o hiperactivos, a menudo por mutaciones en el gen KIT. He trabajado muchos años en mejorar su diagnóstico y en impulsar terapias dirigidas, como los inhibidores de «tirosina kinasa», que se dirigen específicamente a esa mutación. En 2023 se aprobó en Estados Unidos un fármaco «target» para mastocitosis avanzada, y eso ha sido un avance enorme para estos pacientes. Además, hemos tratado de crear red: fundamos la American Initiative for Mast Cell Disorders y colaboramos con centros de América Latina para que no solo en Boston, sino también en Centroamérica y Sudamérica, se identifiquen y traten bien estas patologías.

Pese a esta trayectoria, usted ha contado que en Harvard le sugirieron varias veces que se fuera...

Es así. Cuando terminé como «fellow», me dijeron: «Muy bien, ahora que ya has estado en Harvard, vete a buscar trabajo a otro sitio». Yo respondía: «Pero si estoy aquí con premios Nobel, con gente brillantísima, me gusta esto… Dadme más deberes». Lo mismo cuando llegué a «assistant professor» y luego a «associate professor»: la idea era que quizá debía buscar otro lugar, incluso volver a España. Yo insistía en que quería más trabajo, más responsabilidad. Cuando finalmente me nombran catedrática, algunos colegas dijeron que no se habían dado cuenta de que yo era una «keeper», alguien a quien había que retener. No era exactamente el discurso que me habían hecho antes, pero yo soy muy agradecida y lo viví como un enorme honor.

¿Qué le emocionó más de su investidura como catedrática en Harvard?

El día de la ceremonia el campus estaba lleno de estudiantes. Los catedráticos teníamos que desfilar, como aquí. Al entrar, los estudiantes se levantaron, aplaudieron con entusiasmo y nos daban las gracias por enseñarles. Ese reconocimiento desde abajo, de la gente joven, fue lo más emocionante. Además, compartí el acto con otros Honoris Causa como Judi Dench, John Williams o Mark Zuckerberg. Fue un día muy especial.

El poeta oriolano en su discurso

Ha citado a Miguel Hernández y su poesía como una motivación íntima. ¿Qué le ha acompañado de él hasta Elche?

Cuando yo estudiaba Medicina en el Hospital de Sant Pau, llevaba en mi carpeta una poesía de Miguel Hernández: «Aunque bajo la tierra mi amante cuerpo esté, escríbeme, paloma, que yo te escribiré». Para mí simbolizaba la idea de vencer la muerte, de seguir respondiendo aunque físicamente ya no estés. Representaba aquello que yo quería hacer: que el conocimiento que generamos perdure y siga «contestando» a las preguntas de otros. Llevar ahora su nombre como doctora honoris causa es algo que nunca habría imaginado.

Plantó una palmera en el campus. ¿Qué le gustaría que pensaran de usted cuando la vean dentro de 30 años?

Elegí la palmera porque es un árbol fuerte, resistente, del que se puede aprovechar casi todo y que, además, da dátiles: alimenta. Me gustaría que, cuando alguien la vea dentro de 30 años, piense que la mejor manera de honrarla es seguir compartiendo conocimiento que nutra, que dé fuerza y que permita avanzar a otros. Que la medicina y la ciencia deben ser como esa palmera: sólidas, útiles y generosas.

¿Cómo está influyendo el cambio climático en las alergias que ustedes ven en consulta?

Muchísimo. Trabajamos, por ejemplo, con equipos en Alaska. Hasta hace pocos años allí no había alergias a las abejas porque simplemente no llegaban. Con el calentamiento global, ahora sí llegan y han aparecido pacientes sensibilizados. El asma se agrava por lo que respiramos, por los cambios en las estaciones, por la contaminación. Y, además, nuestra dieta y la forma de producir los alimentos -comidas muy procesadas, nuevos alérgenos alimentarios- están incrementando la alergia a alimentos. Hoy se estima que alrededor del 25% de la población en países como Estados Unidos, y también en Europa, tiene algún tipo de enfermedad alérgica.

¿En qué proyectos está centrada ahora que le entusiasmen especialmente?

Sigo trabajando en lo que empecé hace más de veinte años: la intolerancia alérgica a medicamentos esenciales. Un diabético que se hace alérgico a la insulina, una paciente con fibrosis quística alérgica a un antibiótico, una mujer con cáncer de ovario alérgica a su quimioterapia de primera línea… Antes había que renunciar al mejor tratamiento; ahora podemos desensibilizar y mantener la terapia óptima. Cada vez aparecen más fármacos «target», biológicos muy complejos, y muchos serán rechazados por el sistema inmunitario. Nuestro reto es desarrollar protocolos seguros para que esos tratamientos lleguen a quienes los necesitan.

Un mensaje

La Universidad Miguel Hernández es joven y muy tecnológica. ¿Qué mensaje quiere dejar a sus estudiantes?

Que son unos privilegiados. Estar en la Universidad significa entender cosas que gran parte de la sociedad no entiende y tener la responsabilidad de empujar para que el mundo mejore. Mi mensaje es que encuentren una pasión -en alergología, en robótica, en inteligencia artificial, en lo que sea- y la persigan con un nivel de excelencia, no «más o menos bien». Las cosas solo transforman de verdad cuando se hacen al máximo nivel. Yo he visto aquí proyectos como exoesqueletos controlados por el pensamiento para que personas que no caminan puedan caminar. Eso solo sale adelante cuando alguien está enamorado de lo que hace.

Usted insiste mucho en la importancia de salir de la zona de confort. ¿Cómo se traduce eso en la vida cotidiana?

Les digo a mis «fellows» que cada día deben hacer algo que les saque un poco de su zona de confort: plantear una pregunta difícil, asumir una responsabilidad nueva, ponerse en el lugar de un paciente, de un colega o de un familiar. No se trata de vivir en estrés permanente, sino de ejercitar la empatía y el pensamiento propio. Hoy estamos muy pendientes del teléfono, de lo que opinan los demás, y a veces se nos olvida preguntarnos qué pensamos nosotros de verdad. La diversidad del Homo sapiens es nuestra riqueza: debemos compartir esas diferencias, no usarlas como proyectiles.

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