Ángela Banzas en Elche: «Cuando tienes una sociedad que siente miedo, es manipulable y hay muchos intereses detrás»
La finalista del Premio Planeta por "Cuando el viento hable" acudirá este viernes a las tertulias gastroliterarias de Ali i Truc en el Hotel Port Jardín Milenio a las 20.45 horas para repasar la importancia de escuchar a los mayores, como defiende su última novela

Juan del Val gana el Premio Planeta 2025 con 'Vera, una historia de amor' / Europa Press
Han pasado unos meses desde la entrega de los premios Planeta. ¿Sintió envidia, de la buena, por el ganador, Juan del Val?
No, para nada, no soy así (risas). No me quedo con lo que no he alcanzado, me quedo con lo que he conseguido. Echo la vista atrás y pienso: hace cinco años, ¿quién me lo iba a decir a mí? Incluso hace menos. Estoy muy contenta y muy contenta por él también, por supuesto.
¿Considera que Cuando el viento hable es su mejor novela hasta ahora?
Yo no pondría por delante ninguna novela. Esta es la primera que he presentado al premio y tiene ese reconocimiento, pero para llegar a ella he tenido que pasar por las anteriores. Siempre digo que cada una de las novelas se sostiene sobre los cimientos de las anteriores. Depende mucho del lector. Yo he disfrutado del proceso de construir cada una de las cinco historias que tengo y de todos los personajes. Es verdad que esta tiene un puntito más íntimo. La primera también tenía un punto íntimo al recordar una anécdota de mi pasado familiar y la verdad es que depende mucho del lector, hay quienes conectan más con una historia por lo que sea, por un personaje o por una época, y otros con otra. No me atrevo a decir cuál es la mejor. Ahora mismo es mi última creación, pero ya estoy trabajando en la siguiente. Todas tienen algo especial que aportar.
En alguna ocasión ha comentado que cuando se quedó embarazada surgió el impulso de escribir. ¿Por qué ocurrió en ese momento?
No fue el instinto por escribir realmente, porque escribo desde siempre, ya que me relaciono con el mundo a través de las palabras. Sí que antes hacía más poesía. Escribo desde niña. Me recuerdo con siete u ocho años ya escribiendo, era una niña pegada a un cuaderno con un lápiz, tomando notas de todo, de mis pequeñas reflexiones. Era mi forma de moldear un mundo que, como cualquier niño, te cuesta entender. Yo lo siento todo a través de las palabras, es como me conecto. Lo que pasa es que estudié Ciencias Políticas y me dediqué al mundo de la empresa. Lo hacía con el pragmatismo que me habían enseñado en casa y nunca albergué siquiera la posibilidad de dedicarme profesionalmente a las letras.
«Estudié Ciencias Políticas y me dediqué al mundo de la empresa y nunca albergué siquiera la posibilidad de dedicarme a las letras»
Pero lo que es abordar la novela no fue hasta la maternidad...
Sí, ese punto de inflexión vino porque, en ese momento de especial vulnerabilidad de tener niños pequeños, me acordé de todas las historias que me habían contado los mayores, porque siempre me ha gustado mucho escucharles, y de cómo era la maternidad en el siglo pasado, en la preguerra, la guerra y la posguerra. Esa dureza, esas mujeres tan fuertes tanto en mi tierra, en Galicia, como en toda España, que era muy similar. Esas historias me removían y alcanzaron una profundidad emocional mucho mayor porque acababa de ser madre y dije: "Todo esto lo quiero recoger". Me planteé abordar un proyecto que fuera una novela y que, pasara lo que pasara, se publicara o no, iba a quedar para mis hijos. Tenía muy presente una frase de Goethe que dice que los dos grandes legados que puedes dejar a tus hijos son las raíces y las alas. Me parecía muy evocador para una novela que recogía mis raíces y enseñaba a mis hijos la importancia de desplegar sus alas.

La escritora Ángela Banzas en una imagen reciente / INFORMACIÓN
¿Hasta qué punto cree que las familias españolas se han convertido en pequeñas cápsulas de memoria histórica, incluso más reveladoras que los archivos oficiales?
Eso es derivado de esos tiempos de silencio que tenemos en la memoria, aunque es verdad que vivimos unos tiempos con una especie de cambio de paradigma más hacia el individuo en detrimento de lo que es la familia, pero las familias se convirtieron en pequeñas cápsulas de memoria de ese tiempo. Es curioso porque la memoria necesita olvido, necesitamos desprendernos de lo accesorio para quedarnos con la esencia que nos invita a seguir proyectando un futuro esperanzador, y hay aprendizaje en esa memoria concentrada. La familia es fundamental. Cuando me documento para una novela utilizo historiadores, archivos y documentación para dotarla de rigor histórico, pero la parte más emocional, la memoria viva que está en nuestros mayores, es donde he encontrado silencios. Esos silencios no están en los libros. Los he encontrado hablando directamente con ellos.
¿Ese silencio es una herencia directa del franquismo o forma parte de la cultura española?
En este caso concreto está directamente relacionado con el franquismo porque está relacionado con el miedo. Un miedo instalado en las instituciones de poder. Ese control no estaba solo en las instituciones, se iba inoculando a toda la sociedad y el control no solamente estaba en esos agentes sino en el propio pueblo, en el vecino, en el hermano. Y muchas veces ni siquiera era por una motivación ideológica, sino por supervivencia.
¿Cree que el miedo sigue siendo hoy una herramienta de control político?
Por supuesto. Eso se sigue utilizando no solo en nuestro país, sino en todas partes. Por todos es bien sabido que, cuando tienes una sociedad que siente miedo, tienes una sociedad manipulable y hay muchos intereses detrás. Es más fácil recortar derechos y hacer movimientos estratégicos que se escapan del control de nuestra democracia.
Además de la genética, ¿cree que el miedo también se hereda?
Por supuesto. Se hereda el miedo y se hereda el odio. Es algo que trabajo también en la novela porque se va inoculando. Se puede vivir en un estado de alerta heredado y también en una dirección hacia el odio, rencillas que se van heredando en las familias.
¿Puede la literatura convertirse en una forma de reparación simbólica de ese daño?
Sí. Yo quería un mensaje de esperanza. Quería un tránsito desde la oscuridad hacia la luz, desde el miedo hacia una liberación o promesa de cambio. Encontré ese mensaje al trabajar en la novela. Cuando llegué al final sentí que lo había alcanzado. El epílogo se titula Mañana volverá a llover. Es decir, que la lluvia limpia las piedras, limpia el barro, limpia la sangre del camino y nos invita a avanzar. Las heridas hay que tenerlas controladas, hay que saber dónde están nuestras cicatrices, pensando en las generaciones que vienen detrás. Tenemos una responsabilidad colectiva con nuestra memoria, pero también tenemos que avanzar todos juntos.
En su novela las mujeres tienen un papel central. ¿Cree que la historia de la posguerra se ha contado principalmente desde un prisma masculino?
Sí. La historia en general siempre ha estado contada más desde la perspectiva masculina. A mí me interesa mucho la mirada femenina porque es la mirada de la resistencia. En la novela recojo muchos perfiles de mujeres. Me interesan más ellas porque me interesa mucho la maternidad, el cómo sostienen las familias, que eran el pilar fundamental de la sociedad en esa época. Quiero resaltar su capacidad para resistir y para velar por el legado hacia las generaciones siguientes.
¿Cree que el auge de novelas sobre memoria histórica responde a una necesidad social de comprender el pasado?
Estamos en un punto en el que todos necesitamos esperanza. Esa esperanza viene de mirar hacia el futuro, pero para iluminar ese futuro necesitamos tener muy en cuenta el pasado porque al final la historia oscila como un péndulo entre la oscuridad y la luz. El conocer bien nuestra memoria nos puede salvar para conducirnos hacia un mañana más esperanzador y, aunque no hayamos vivido esa época, tenemos que responsabilizarnos de esa memoria. Yo tengo esperanza de que avancemos por otro camino, aunque hoy en día, con todo lo que estamos viendo, cuesta un poco más.
Inmersos en un momento de continuo conflicto tanto armado como político, ¿es difícil que las nuevas generaciones sepan gestionarlo?
Sí, efectivamente, por eso precisamente es importante iluminar lo que tenemos detrás para saber hacia donde caminar.
¿Qué tipo de lectores suelen acercarse a sus novelas?
Tengo lectores jóvenes, pero mayoritariamente son lectores de más edad, a partir de los 30 o 40 años, al menos es lo que encuentro en clubes de lectura y presentaciones. Gracias a ser finalista del Premio Planeta, estoy alcanzando otras edades y también más público masculino, y eso me encanta.
¿Qué le parece el formato de las tertulias gastroliterarias, como la que se realizará en el Hotel Port Jardín Milenio, para conectar con los lectores?
La verdad es que las estoy descubriendo este año. Estoy asistiendo a formatos diferentes en los que tengo este tipo de encuentros con lectores y me parecen todo un acierto, porque nos conectan de otra forma y creo que están muy bien pensados. Además, por lo que me han trasladado tanto desde la editorial como otros autores que han pasado por ahí, es una experiencia muy enriquecedora y gratificante para ambas partes.
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