Pablo Llarena acerca la justicia penal al aula en un coloquio con alumnos del Plan de Excelencia del CEU en Elche
El magistrado de la Sala Segunda del Tribunal Supremo compartió en el Hotel Huerto del Cura una conversación con 20 estudiantes de Derecho y del doble grado sobre vocación jurídica, ejercicio profesional, ética y función jurisdiccional

El juez Llarena junto con alumnos y profesores de la Universidad CEU Cardenal Herrera de Elche. / INFORMACIÓN
A veces, la formación jurídica más valiosa no llega en forma de temario, sino de conversación. Eso fue lo que ocurrió en Elche durante el desayuno-coloquio que el magistrado del Tribunal Supremo Pablo Llarena Conde mantuvo con una veintena de estudiantes de los grados de Derecho y del doble grado integrados en el Plan de Excelencia de la Universidad CEU Cardenal Herrera. Lejos del formato solemne de una conferencia, el encuentro, celebrado en el Hotel Huerto del Cura, permitió a los alumnos plantear preguntas directas sobre la abogacía, la judicatura, la ética profesional o el peso de las decisiones judiciales en la vida personal de quienes las adoptan.
Junto al magistrado participaron en este encuentro Álvaro Antón Antón, vicerrector del CEU en Elche; Francisco Sánchez Martínez, gerente de la Universidad; Adela Aura Larios de Medrano, profesora de Derecho; María José Boix Fluxá, magistrada de la Sección 7ª de la Audiencia Provincial de Alicante; y Jesús Martínez Gandía, coordinador del Plan de Excelencia del campus ilicitano de la CEU UCH. La cita reunió así, en un formato reducido, a alumnado y profesionales del ámbito jurídico en torno a una conversación marcada por la cercanía y por el interés práctico de los temas abordados.
Para Álvaro Antón, el valor del encuentro estuvo precisamente en esa posibilidad de diálogo sin intermediarios. “Un encuentro cercano, directo y de enorme valor formativo, en el que nuestros estudiantes han podido dialogar con uno de los protagonistas de la jurisprudencia penal más relevante de nuestro país, abordando cuestiones clave desde la experiencia práctica de la función jurisdiccional”, señaló el vicerrector del campus ilicitano.
Un desayuno sin protocolo para hablar de Derecho
El coloquio arrancó con una mirada a los inicios profesionales de Pablo Llarena. El magistrado repasó ante los estudiantes su recorrido anterior a la carrera judicial y explicó que, antes de optar por esa vía, contempló otras salidas jurídicas, entre ellas la notaría. Esa reflexión inicial abrió una conversación que, desde el primer momento, se movió entre la experiencia personal y la orientación profesional, dos planos que interesaban especialmente a un grupo de alumnos que se encuentra precisamente en la etapa de decidir hacia dónde encaminar su futuro.
A partir de ahí, las preguntas fueron marcando el ritmo del desayuno. Buena parte de ellas giraron en torno a una cuestión muy concreta: qué camino conviene más tras estudiar Derecho y cómo afrontar la elección entre el ejercicio en la empresa privada, la abogacía o la función pública. El formato del encuentro permitió que esas dudas se abordaran sin rigidez, con intervenciones más próximas a una tutoría de alto nivel que a una charla académica convencional.

El coloquio arrancó con una mirada a los inicios profesionales de Pablo Llarena. / INFORMACIÓN
Ese tono hizo que la conversación se desplazara enseguida desde las salidas profesionales hacia los criterios que deben orientar una carrera jurídica. Más que ofrecer recetas cerradas, Llarena fue desgranando ante los alumnos las exigencias de oficio que, a su juicio, distinguen a los buenos juristas: estudio, precisión técnica, criterio y capacidad para sostener una posición con base sólida.
Qué hace bueno a un penalista
Uno de los momentos más seguidos del coloquio llegó con la pregunta de una alumna sobre qué debe tener un buen abogado penalista. La respuesta del magistrado adquirió, según los asistentes, el tono de una clase magistral concentrada en pocos minutos. Llarena se detuvo en la preparación de la defensa, en la necesidad de conocer a fondo el caso concreto y en la importancia de construir la estrategia jurídica a partir de un estudio exhaustivo de los hechos, su contraste con los códigos comentados de Derecho Penal y la revisión minuciosa de la doctrina y la jurisprudencia aplicables.
También incidió en un aspecto práctico que conectó de forma inmediata con el interés de los estudiantes: la manera en que un tribunal percibe el trabajo de un abogado durante la prueba. Explicó que los buenos penalistas suelen formular preguntas muy concretas en los interrogatorios y que esa precisión no nace de la improvisación, sino de una preparación previa intensa y muy bien orientada. En esa parte de la conversación, el magistrado trasladó a los alumnos una idea central del trabajo jurídico: que la calidad técnica se advierte, muchas veces, en los detalles.
El desayuno permitió, además, abrir una reflexión sobre la arquitectura institucional del sistema judicial. Ante una cuestión planteada por los estudiantes sobre la relación entre política, legislación y tribunales, Llarena abordó la función de órganos como el Tribunal Supremo y el Tribunal Constitucional y se detuvo en la importancia de comprender bien el papel que corresponde a cada uno de ellos dentro del Estado de Derecho. Lo hizo, según los presentes, desde un enfoqueexplicativo, subrayando la singularidad de ambos tribunales y la necesidad de un uso institucional ajustado a su función.
Ética, conciliación y el peso de las decisiones
La conversación no se quedó solo en el plano técnico. Otra de las preguntas formuladas por una alumna llevó el coloquio a un terreno especialmente delicado: la dimensión ética del trabajo jurídico y, en particular, cómo afecta en el plano personal a un juez enfrentarse a causas graves que no siempre concluyen en la dirección que, desde fuera, podría parecer esperable. La cuestión apuntaba a los casos en los que la falta de pruebas o la interpretación de las normas impide una condena, incluso cuando la dureza de los hechos resulta evidente para quienes participan en el proceso.
Llarena respondió desde la experiencia acumulada en la Sala Segunda del Tribunal Supremo. Explicó que convivir con esa tensión forma parte del oficio y que, con el tiempo, se aprende a manejar el peso emocional que conllevan determinadas resoluciones. También trasladó a los estudiantes la idea de que ese aprendizaje no elimina la dureza de las causas, pero sí obliga a construir una forma de equilibrio personal para poder seguir ejerciendo la función jurisdiccional con rigor.
En ese mismo plano más humano, el magistrado habló también de su trayectoria vital y profesional, de los distintos destinos judiciales por los que pasó antes de llegar al Tribunal Supremo y de cómo ese itinerario fue condicionando la vidafamiliar y la conciliación. En ese punto, aludió también a su entorno más próximo y a la convivencia con otra carrera judicial dentro de su propia familia, una referencia que permitió a los estudiantes asomarse a una faceta menos visible de quienes ocupan altas responsabilidades en la judicatura.
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