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Las dificultades de los huertos de Elche más allá del Palmeral Unesco

Pascual García Maciá, uno de los últimos palmereros de la ciudad, alerta de las contrariedades que sufren las fincas del campo ilicitano como su Hort d'Amor

Los últimos palmereros de Elche

Los últimos palmereros de Elche / Pilar Cortés

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V. L. Deltell

V. L. Deltell

El Palmeral de Elche no termina en los huertos históricos que rodean el centro urbano ni en el paisaje protegido hace más de 25 años por la Unesco como Patrimonio de la Humanidad. Más allá del perímetro más conocido, en el campo ilicitano sobreviven fincas con centenares de ejemplares que forman parte de una misma cultura agrícola, pero que afrontan mayores dificultades para conservarse. El Huerto de Amor, también denominado Hort d'Amor, y creado durante décadas por el palmerero Pascual García Maciá hasta alcanzar cerca de un millar de palmeras, resume buena parte de ese problema: mantener un palmeral rural exige tiempo, trabajo especializado y recursos económicos que muchas familias ya no pueden asumir. También sufren las restricciones de usos que marcan las normativas autonómicas y municipales.

Pascual García Maciá junto a algunas de las palmeras que plantó en el Huerto de Amor

Pascual García Maciá junto a algunas de las palmeras que plantó en el Huerto de Amor / Pilar Cortés

Pascual García Maciá, nacido en Elche en 1944, contempla ahora con preocupación la evolución de un huerto al que ha dedicado una parte esencial de su vida. Lo levantó prácticamente desde cero después de abandonar los huertos de Pontos y Sempere por las expropiaciones municipales. Compró una parcela con unas pocas decenas de palmeras y fue plantando nuevos ejemplares hasta configurar una finca singular en el extrarradio. Le dio el nombre de su mujer, Amor López Mora. Sin embargo, la edad, la falta de relevo generacional y el elevado coste de los cuidados han convertido su mantenimiento en una tarea imposible.

Un palmeral menos visible y más vulnerable

El colectivo ElcheXploreR, dedicado a la divulgación del patrimonio local, ha puesto el foco en este caso para llamar la atención sobre una realidad que va más allá de una finca concreta. El palmeral situado fuera del casco urbano conserva valor agrícola, ambiental, paisajístico y cultural, pero se encuentra en una posición especialmente delicada cuando los propietarios carecen de medios suficientes para podar, tratar las plagas, retirar restos, regar o sustituir ejemplares perdidos.

José Luis Lara, miembro de ElcheXploreR, advierte de que el principal riesgo se concentra precisamente en el campo. “En el palmeral rural no hay relevo generacional y cuesta mucho mantener las fincas. La gente las va dejando poco a poco y eso conlleva que las plagas les afecten, que se degraden y que vayan muriendo palmeras”, explica.

La comparación con los huertos urbanos resulta inevitable. Las fincas situadas dentro del ámbito más emblemático de la ciudad cuentan, con mayor o menor intensidad, con una atención institucional y social constante. Forman parte de las rutas turísticas, del paisaje cotidiano y del relato patrimonial de Elche. En el campo, en cambio, numerosos propietarios afrontan prácticamente en solitario la conservación de terrenos que requieren una dedicación permanente.

El mantenimiento no puede resolverse con actuaciones ocasionales. Subir a una palmera de quince metros para podarla, limpiar su copa o recoger el dátil exige experiencia, material adecuado y unas condiciones físicas que no están al alcance de cualquiera. “Puedes ver un vídeo en internet, pero no debes subir a una palmera”, resume Lara. La desaparición progresiva de los profesionales agrava la situación: cada vez quedan menos personas capaces de realizar estas tareas con el conocimiento transmitido durante generaciones.

El Huerto de Amor está incluido en el palmeral rural y dispone de protección, según explica el colectivo, pero esa protección no siempre viene acompañada de medios suficientes para garantizar su conservación. Los propietarios se encuentran ante una paradoja: no pueden intervenir libremente sobre los ejemplares ni transformar la finca, pero tampoco cuentan siempre con ayudas, cuadrillas o recursos regulares que les permitan mantenerla en condiciones adecuadas.

Desde ElcheXploreR reclaman fórmulas que eviten que estas fincas terminen deteriorándose lentamente. Entre las posibilidades plantean subvenciones, apoyo técnico o la intervención periódica de cuadrillas especializadas que puedan colaborar con las familias. “Algunos propietarios tienen recursos, pero muchos otros no. Necesitan ayudas o que cada cierto tiempo pueda acudir una brigada municipal para mantener esos huertos”, señala la también miembro de la entidad, Rosa Brotons.

Del Hort de Pontos al Huerto de Amor

La historia de Pascual no comienza en el campo, sino dentro del conjunto histórico del Palmeral. Su familia estuvo vinculada durante generaciones al Hort de Pontos, cuya casa tradicional ha sido rehabilitada por el Ayuntamiento y funciona actualmente como espacio museístico gestionado por el Centro de Cultura Tradicional Museo Escolar de Pusol.

El padre de Pascual, Pascual García Javaloyes, conocido como El Coixo, compró hacia 1940 la casa y el huerto a la viuda de Tonico El Ponto. La denominación de la finca procede precisamente de aquella familia anterior, cuyo apodo terminó fijándose en la toponimia local. La madre, Isabel Maciá Agulló, era conocida familiarmente como La Monja.

Durante décadas, la vida de estas familias estuvo estrechamente ligada a los huertos próximos. Pontos, Sempere, Rogeta, Monjo, Bosquet, Malla y Almazaras no eran únicamente parcelas separadas por caminos y acequias. Configuraban una red humana de parentescos, colaboración y trabajo compartido. Los palmereros se ayudaban durante las campañas más exigentes, intercambiaban conocimientos y transmitían las técnicas de padres a hijos.

“Todos estaban emparentados, se conocían y se ayudaban”, explica Brotons. La organización recordaba a otras actividades agrícolas tradicionales en las que familiares y vecinos acudían juntos cuando llegaba el momento de afrontar una tarea especialmente intensa.

Museo personal del palmerero

Pascual creció en ese entorno. Conserva fotografías de la recolección del dátil, de la elaboración de palma blanca, de nevadas históricas y de distintos momentos familiares. En su casa mantiene una colección de recuerdos que funciona casi como un museo personal del palmerero: herramientas, imágenes antiguas, piezas elaboradas con palma y testimonios de una vida dedicada al oficio.

Su trayectoria no fue completamente voluntaria. De joven llegó a plantearse entrar en el seminario, pero la vida familiar terminó conduciéndolo hacia el trabajo que ya había desempeñado su padre. Aprendió a subir a las palmeras, recoger dátiles, preparar palma blanca y fabricar distintos objetos artesanales. También comercializó productos en otras localidades y llegó a recorrer diferentes puntos para vender el fruto de su trabajo.

Con el paso de los años, las expropiaciones municipales afectaron a los huertos en los que desarrollaba su actividad. Pascual abandonó Pontos y Sempere, y buscó una alternativa en el campo. Encontró una parcela deteriorada, con algunos ejemplares quemados y otras palmeras perdidas. El propietario conocía su experiencia y confió en que pudiera recuperar el terreno.

Pascual aceptó el reto. Donde apenas sobrevivían unas decenas de palmeras fue configurando un huerto hasta aproximarse al millar de ejemplares. No se limitó a plantar. Durante años cuidó las copas, trabajó la palma, recolectó dátiles y mantuvo una actividad agrícola vinculada a los conocimientos heredados de su familia.

El nombre elegido resume también el componente personal de esa finca. Huerto de Amor no es una etiqueta comercial ni una denominación histórica transmitida durante siglos: es un homenaje a su esposa. Allí encontraba, además, un lugar al que acudir cuando necesitaba respirar y alejarse de las preocupaciones cotidianas.

Los últimos palmereros

El caso conecta con una cuestión que Elche lleva años afrontando: la reducción progresiva del número de palmereros tradicionales. El oficio requiere esfuerzo físico, experiencia y una relación continuada con un cultivo que no ofrece siempre una rentabilidad suficiente para garantizar el relevo generacional.

ElcheXploreR solicita medidas para proteger los huertos históricos del extrarradio de Elche

ElcheXploreR solicita medidas para proteger los huertos históricos del extrarradio de Elche / Pilar Cortés

Pascual forma parte de una generación que aprendió desde la infancia y que conoció una economía del palmeral mucho más activa. La palma blanca se enviaba a distintos puntos de España antes de que el plástico sustituyera numerosos usos tradicionales. Los dátiles permitían completar los ingresos y los trabajos se repartían durante buena parte del año. La actividad era exigente, pero existía un circuito económico y social alrededor de los huertos.

Hoy la realidad es distinta. Pascual recuerda que durante meses podía permanecer subido a las palmeras para atender las diferentes fases del trabajo. Ahora la edad ya no le permite realizar las mismas tareas. Sus descendientes han desarrollado otras trayectorias laborales y el cuidado de una finca con centenares de ejemplares supera ampliamente lo que una familia puede asumir sin apoyo externo.

ElcheXploreR conoció a Pascual en diciembre de 2023 durante una visita al Hort de Pontos, poco después de la rehabilitación integral de la casa tradicional. El palmerero les permitió recorrer la finca con la mirada de quien había vivido allí durante buena parte de su vida. Explicó el uso de las estancias, las herramientas, los productos elaborados y la relación con los huertos colindantes.

En aquellas conversaciones aparecía repetidamente el nombre de Amor. Pascual hablaba de un terreno al que se había trasladado tras dejar Pontos y Sempere. En noviembre de 2025, los integrantes del colectivo visitaron finalmente la finca y comprobaron el alcance del trabajo realizado durante décadas, una labor que INFORMACIÓN también ha comprobado in situ.

El contraste era evidente. Pontos representa el esfuerzo público por recuperar un espacio histórico amenazado por el vandalismo, los incendios y el deterioro. La antigua casa familiar ha podido rehabilitarse y abrirse a la ciudadanía como recurso cultural. El Huerto de Amor muestra la otra cara del Palmeral: una finca rural creada con esfuerzo privado que sobrevive con dificultades y cuyo futuro resulta incierto.

La dección de la Unesco reconoció el valor excepcional de un sistema agrícola histórico y de un paisaje construido durante siglos. Sin embargo, la conservación de ese legado no depende únicamente de proteger los espacios más visibles ni de mantener los huertos situados alrededor del centro urbano. El palmeral rural forma parte también de esa identidad y cumple funciones que trascienden lo ornamental.

Las palmeras contribuyen al paisaje del campo, conservan una memoria agrícola y mantienen conocimientos ligados al riego, la recolección y la artesanía. También actúan como refugio para determinadas especies y forman parte de un territorio sometido a transformaciones urbanísticas y económicas constantes.

Protección acompañada de recursos

La experiencia de Pascual plantea un debate complejo. La protección resulta indispensable para impedir la desaparición indiscriminada de ejemplares y evitar transformaciones incompatibles con el paisaje. Pero la normativa, por sí sola, no poda una palmera, no trata una plaga y no garantiza que una finca continúe cuidada cuando su propietario envejece o pierde capacidad económica.

ElcheXploreR insiste en que el abandono no responde necesariamente a falta de interés. Mantener un huerto puede resultar inasumible para una familia cuando desaparece la rentabilidad agrícola y cada actuación especializada implica un coste elevado. La progresiva degradación se produce entonces casi en silencio: una copa que deja de atenderse, un ejemplar afectado por una plaga, restos que se acumulan y palmeras que terminan muriendo.

El picudo rojo añade una dificultad adicional. La plaga ha castigado durante años a numerosos ejemplares y obliga a extremar los controles. Pascual calcula que su huerto llegó a aproximarse a las mil palmeras, aunque parte de ellas se han perdido. Cada baja representa algo más que un número: detrás existe una plantación, años de crecimiento y un trabajo continuado.

Intervención pública

El colectivo considera necesario ampliar la mirada institucional. El aniversario de la declaración del Palmeral como Patrimonio de la Humanidad permitió recordar en 2025 el valor universal del paisaje ilicitano, pero también debería servir para analizar las necesidades de los huertos situados fuera del perímetro más reconocido.

La historia del Huerto de Amor no es una denuncia contra la protección, sino una llamada a acompañarla con medidas capaces de hacerla viable. La intervención pública puede adoptar distintas formas: asesoramiento, ayudas económicas, convenios, cuadrillas especializadas o programas que permitan actuar antes de que el deterioro sea irreversible.

Pascual conserva todavía la esperanza de que su huerto pueda mantenerse. Ha recibido visitas de representantes públicos y ha trasladado su preocupación en distintas ocasiones. La finca continúa siendo para él un espacio profundamente personal, pero también una parte del paisaje de Elche que considera necesario preservar.

El debate sobre el futuro del Palmeral no puede limitarse a las postales del centro urbano. Fuera de los recorridos turísticos quedan huertos sostenidos durante décadas por familias que hicieron de la palmera su modo de vida. Algunas ya no pueden seguir cargando solas con esa responsabilidad.

En el Huerto de Amor, cada ejemplar remite al esfuerzo de uno de los últimos palmereros tradicionales de Elche. Pascual García Maciá plantó, cuidó y vio crecer una finca donde antes apenas había unas decenas de palmeras. Su historia permite entender una advertencia más amplia: cuando desaparece un palmerero, no se pierde únicamente un oficio. También se debilita una forma de cuidar el territorio y una parte de la memoria viva de la ciudad.

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