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Uso de móviles en las aulas: cuándo ayuda a aprender y cuándo distrae

Una investigación de la CEU UCH muestra que el profesorado de Secundaria acepta estos dispositivos para actividades concretas, pero rechaza que estén presentes durante toda la jornada escolar

El 53,3 % del profesorado considera que los dispositivos móviles aumentan la motivación, aunque el mismo porcentaje los ve como una fuente de distracción.

El 53,3 % del profesorado considera que los dispositivos móviles aumentan la motivación, aunque el mismo porcentaje los ve como una fuente de distracción. / INFORMACIÓN

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Los teléfonos móviles pueden despertar el interés del alumnado, facilitar una búsqueda de información o convertir una actividad convencional en una experiencia más participativa. Sin embargo, el mismo dispositivo permite acceder en segundos a mensajes, redes sociales y contenidos ajenos a la clase. Esa doble capacidad explica una de las principales conclusiones de una investigación de la Universidad CEU Cardenal Herrera: el valor educativo del móvil no depende tanto de que entre o no en el aula como del momento, el objetivo y las condiciones en las que se utiliza.

El estudio, realizado por Ana Isabel Sánchez Pérez, Mónica Belda Torrijos y Marta Ruiz Revert, recoge las respuestas de 45 profesores de Educación Secundaria de centros públicos, concertados y privados de la provincia de Alicante. Los participantes imparten asignaturas de Ciencias, Lenguas, Tecnología, Educación Física y Humanidades, lo que ha permitido analizar diferentes percepciones y formas de incorporar los dispositivos móviles a la enseñanza. La investigación ha sido publicada en la revista científica Praxis Educativa.

El mismo porcentaje que ve motivación detecta distracciones

Los resultados reflejan una posición que puede parecer contradictoria: el 53,3 % de los docentes considera que los móviles y las tabletas aumentan la motivación del alumnado, pero exactamente el mismo porcentaje los identifica como una fuente de distracción. Las investigadoras explican que esta coincidencia muestra que la tecnología no produce por sí sola un efecto positivo o negativo, sino que su aportación está condicionada por el uso pedagógico que se haga de ella.

«Su valor educativo no depende únicamente de introducir tecnología en el aula, sino de cómo, cuándo y para qué se utiliza», señalan las autoras. De este modo, una actividad concreta y supervisada puede favorecer la participación, mientras que la disponibilidad permanente del teléfono incrementa las dificultades de control y el riesgo de que el estudiante abandone la tarea propuesta.

De hecho, la mayoría del profesorado que respondió a las preguntas abiertas rechaza que el móvil se integre de manera continua en la jornada escolar. Según explican Sánchez, Belda y Ruiz, los docentes temen que su uso ininterrumpido favorezca la evasión, la pérdida de atención y la dependencia tecnológica. Una parte minoritaria sí contempla una utilización más frecuente, pero siempre con normas claras, restricciones de acceso o aplicaciones configuradas para fines educativos.

Utilizar aplicaciones no equivale a ser competente digital

El trabajo cuestiona también la idea de que los adolescentes dominan la tecnología por utilizarla diariamente. El 62,2 % del profesorado considera que sus estudiantes no poseen las habilidades necesarias para emplear los dispositivos responsablemente dentro del aula. Además, el 35,6 % califica como bajo su nivel de formación digital y el 53,3 % lo sitúa en un nivel medio.

Las investigadoras advierten de que desenvolverse con soltura en una aplicación o manejar un teléfono no garantiza la capacidad para trabajar académicamente con la información. «Saber manejar aplicaciones o utilizar un teléfono no implica necesariamente disponer de capacidad para buscar y evaluar información, proteger la privacidad, crear contenidos académicos o emplear las herramientas digitales de manera crítica y responsable», destacan.

El estudio concluye que el valor educativo del móvil depende del momento, el objetivo y las condiciones en las que se utiliza.

El estudio concluye que el valor educativo del móvil depende del momento, el objetivo y las condiciones en las que se utiliza. / INFORMACIÓN

Por el contrario, el profesorado participante muestra una predisposición elevada hacia el uso de la tecnología. El 55,6 % había realizado cursos sobre Tecnologías de la Información y la Comunicación, mientras que otro 31,1 % afirmaba continuar formándose. Asimismo, el 77,8 % aseguraba sentirse cómodo y seguro al utilizar herramientas digitales ante sus alumnos. Para las autoras, estos datos sitúan uno de los principales desafíos en la formación del alumnado y no únicamente en la preparación tecnológica de los docentes.

La desigualdad también condiciona la digitalización

Además de las competencias, el estudio identifica una dificultad material. El 53,3 % de los profesores considera que no todo el alumnado dispone de las herramientas necesarias para trabajar con tecnología en clase, mientras que el 37,8 % señala que su centro carece de recursos suficientes. El problema aparece cuando la planificación parte de la premisa de que todos los estudiantes tienen un teléfono adecuado, conexión a internet y condiciones tecnológicas equivalentes en sus hogares.

En este sentido, las autoras sostienen que la incorporación de dispositivos personales puede reproducir o ampliar la brecha digital. «No basta con autorizar el uso de dispositivos personales, ya que su incorporación sin garantías de acceso puede generar diferencias entre estudiantes y dificultar la participación en igualdad de condiciones», advierten. Por ello, consideran que la digitalización debe acompañarse de planificación, medios y medidas que garanticen un acceso equitativo.

Mucha tecnología, pero pocos cambios metodológicos

Las herramientas digitales están presentes en las aulas, aunque su uso continúa siendo principalmente complementario. El 77,8 % del profesorado las emplea para apoyar sus explicaciones mediante vídeos o presentaciones y el 73,3 % crea con ellas materiales didácticos. Además, el 80 % permite buscar información en internet y el 68,9 % utiliza programas educativos como Kahoot.

La investigación advierte de que manejar aplicaciones con soltura no equivale a disponer de una competencia digital crítica y responsable.

La investigación advierte de que manejar aplicaciones con soltura no equivale a disponer de una competencia digital crítica y responsable. / INFORMACIÓN

Sin embargo, las investigadoras señalan que siguen siendo poco frecuentes los proyectos colaborativos con otros centros, los talleres en línea y otras actividades de mayor complejidad. En sus palabras, «la tecnología se utiliza principalmente para reforzar métodos ya existentes», como explicar contenidos, proyectar materiales o localizar información, pero todavía no ha provocado una transformación generalizada de las metodologías educativas.

Una herramienta que debe justificar su presencia

A partir de estos resultados, las autoras no proponen elegir entre la prohibición completa y la incorporación permanente de los móviles. Defienden un uso ocasional, supervisado y vinculado a objetivos pedagógicos concretos. También explican que el profesorado acepta mejor las tabletas y los ordenadores porque los considera más fáciles de controlar y más claramente asociados al trabajo académico.

«El dispositivo no debe sustituir automáticamente al libro, la pizarra o la explicación del docente, sino incorporarse cuando aporte una ventaja real al proceso de aprendizaje», argumentan.

Para lograrlo, la investigación señala cuatro condiciones: mejorar la competencia digital del alumnado, asegurar el acceso a las herramientas, mantener la formación del profesorado y establecer estrategias de centro que definan cuándo y cómo utilizar la tecnología.

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