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De Santa Pola a Aspe: el origen de "los kikos" en Alicante

Diecisiete parroquias de la provincia en lugares como Elche, Benidorm o Elda, cuentan hoy con la presencia del Camino Neocatecumenal, un itinerario de formación cristiana que llegó al municipio aspense en 1974 y cuya expansión ha ido acompañada de nuevas vocaciones, familias en misión y también de controversias

Comunidades neocatecumenales en el parque de La Coca de Aspe, el pasado Domingo de Ramos.

Comunidades neocatecumenales en el parque de La Coca de Aspe, el pasado Domingo de Ramos. / María González

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María González

María González

Elche

Mientras la "Borriquita" avanza por las calles del centro de Aspe, otra procesión recorre el parque de La Coca entre guitarras, palmas verdes y cantos. Apenas ochocientos metros separan ambas celebraciones, pero también dos maneras de entender la liturgia dentro de una misma Iglesia. Ese contraste comenzó a fraguarse hace más de medio siglo, cuando el sacerdote Ramón Pomares, natural de Santa Pola y procedente de la pedanía ilicitana de Matola, llegó a Aspe para hacerse cargo de la nueva parroquia del Buen Pastor. Allí implantó el Camino Neocatecumenal, popularmente conocido como "los kikos", y sentó las bases de un itinerario que acabaría extendiéndose a, al menos, diecisiete parroquias de la provincia de Alicante.

Un momento de la bendición de las palmas del Domingo de Ramos de la parroquia del Buen Pastor de Aspe en el parque de La Coca, 2026.

Un momento de la bendición de las palmas del Domingo de Ramos de la parroquia del Buen Pastor de Aspe en el parque de La Coca, 2026. / María González

Punto de partida

El punto de partida quedó fijado el 14 de agosto de 1974. Así lo recoge la revista XXV Aniversario de la Parroquia El Buen Pastor, publicada en 1999 con motivo de los primeros veinticinco años del templo. Apenas tres meses antes, Pablo VI había elogiado públicamente el Camino Neocatecumenal como uno de los frutos del Concilio Vaticano II y, aquel verano, Pomares reunió a maestros del colegio Perpetuo Socorro y a varios matrimonios vinculados a la parroquia para presentar un proyecto entonces desconocido en la provincia. En aquella reunión se eligió el nombre del Buen Pastor y se anunciaron las primeras catequesis. Poco después llegaron desde Madrid los primeros catequistas del Camino: el sacerdote Nicanor Martínez y José María Soler, quienes comenzaron a recorrer las primeras comunidades del municipio.

Un barrio nuevo

Pero el Camino tampoco llegó a un Aspe cualquiera. El municipio vivía una transformación impulsada por el auge de la uva de mesa embolsada, que había atraído a numerosas familias procedentes de distintos puntos de España. Muchas de ellas se instalaron en La Coca, un barrio de nueva creación que todavía buscaba construir su propia identidad. Como explica el historiador local Francisco Pedro Sala, aquella expansión urbanística convirtió el barrio en un lugar idóneo para levantar una nueva parroquia. Pomares entendió pronto que allí hacía falta algo más que un edificio: hacía falta crear comunidad.

Parroquia El Buen Pastor de Aspe, situada en la Avenida de Madrid del barrio de La Coca.

Parroquia El Buen Pastor de Aspe, situada en la Avenida de Madrid del barrio de La Coca. / María González

Mientras empresarios, albañiles y vecinos colaboraban en la construcción del templo, las primeras eucaristías se celebraban en almacenes cedidos por particulares y las catequesis empezaban a reunir a decenas de personas, según recuerda la propia revista parroquial. Aquella pequeña comunidad nacida en La Coca terminaría convirtiéndose en la puerta de entrada del Camino Neocatecumenal en la provincia.

Cinco etapas para un segundo bautizo

Entre aquellos primeros caminantes estaban los padres de Gloria Cerdán. Ella nació pocos años después y creció entre celebraciones, convivencias y encuentros parroquiales hasta que, con trece años, decidió comenzar el itinerario por iniciativa propia. Hoy, casada y madre de once hijos (ocho itinerantes y tres que no), continúa formando parte de la misma comunidad que conocieron sus padres hace medio siglo y recuerda con naturalidad el paso que dieron cuando Ramón Pomares llamó a las puertas del barrio. "Mi madre, como buena cristiana implicada en la Iglesia, obedeció al sacerdote", explica. Para ella, el Camino ha sido mucho más que un itinerario religioso: "Es una pedagogía que no puedes encontrar en ningún libro", expresa.

A diferencia de otras realidades eclesiales, el Camino Neocatecumenal no se define como un movimiento, sino como un itinerario de iniciación cristiana para redescubrir el bautismo, aprobado definitivamente por la Santa Sede en 2008. El recorrido se estructura en cinco grandes etapas —precatecumenado, catecumenado, elección, renovación de las promesas bautismales y una última fase de profundización en la vida cristiana—, que se desarrollan durante años en pequeñas comunidades acompañadas por equipos de catequistas.

Esquema con las fases del Camino Neocatecumenal.

Esquema con las fases del Camino Neocatecumenal. / María González

Una gran expansión

Fundado pocos años antes por el pintor leonés Kiko Argüello y la química y teóloga Carmen Hernández en las chabolas de Palomeras Altas (Madrid), el Camino encontró en Aspe un terreno fértil desde el que extenderse. Según la web oficial del Camino Neocatecumenal, hoy está presente en 139 países, reúne más de 20.300 comunidades y cuenta con más de 122 seminarios diocesanos misioneros Redemptoris Mater, destinados a formar sacerdotes para la misión. En la provincia de Alicante, aquella experiencia iniciada en el Buen Pastor acabaría llegando a parroquias de Elche, Alicante, Orihuela, Albatera, Benidorm, Villena, Novelda y Elda. Su crecimiento dio lugar a nuevas vocaciones sacerdotales, familias en misión y catequistas itinerantes, pero también abrió un debate que, medio siglo después, sigue vivo tanto dentro como fuera de la Iglesia.

. Las críticas se repiten desde hace décadas y apuntan, principalmente, al carácter reservado de algunas catequesis y escrutinios —encuentros en los que los miembros comparten aspectos íntimos de su vida y de su proceso de fe—, al peso que adquieren los catequistas en determinadas decisiones personales y a la intensa dedicación que exige el itinerario. Aspectos que el itinerario defiende como parte de un proceso de conversión, pero que antiguos integrantes e investigadores sitúan en el origen de buena parte de las controversias.

Los cantos en el Camino Neocatecumenal están compuestos por Kiko Argüello y tienen un papel fundamental en todos sus actos.

Los cantos en el Camino Neocatecumenal están compuestos por Kiko Argüello y tienen un papel fundamental en todos sus actos. / María González

No exento de controversias

No todas las historias terminan como la de Gloria Cerdán. La de Pablo Herrera comenzó también siendo adolescente, aunque muy lejos de Aspe, en una comunidad de San Fernando (Cádiz). Su experiencia refleja algunas de las críticas que acompañan al Camino desde hace años. Tenía quince años cuando hizo pública su homosexualidad y sus padres le llevaron a hablar con el sacerdote de la parroquia. "Me dijo que la homosexualidad era como si me gustase una vaca, que él había estado de misionero en Argentina y que allí había muchos granjeros que se acostaban con las vacas y a mí me pasaba lo mismo", recuerda. Después llegaron las conversaciones con responsables del Camino y con un psicólogo vinculado al itinerario, "para que me curara", según explica. "Me castigaron y me dejaron sin salir. Fue la peor etapa de mi vida".

Con el tiempo decidió convertir aquella experiencia en una red de apoyo para otras personas. Hoy administra la página Víctimas del Camino Neocatecumenal, donde recibe mensajes de antiguos miembros y familiares de distintos puntos de España. "Me escribe gente que estaba pensando en salir y no se atrevía, personas que quieren dejar el Camino y tienen miedo, y también muchos familiares", explica.

Una identidad diferenciada

La antropóloga María Carmen Vázquez, que ha investigado durante años el Camino Neocatecumenal, considera que sus comunidades desarrollan una identidad muy diferenciada dentro de la propia Iglesia católica. A su juicio, esa singularidad se refleja en la forma de celebrar la eucaristía, en los procesos de preparación de sacramentos o en el propio itinerario de formación, aunque rechaza definir al itinerario como una secta. "Una secta se separa de algo. Ellos no se separan de nada; al contrario, refuerzan el catolicismo que consideran que se ha perdido y quieren recuperar", sostiene.

La investigadora considera que el elevado número de convivencias, celebraciones y encuentros acaba condicionando las relaciones personales, no tanto por una prohibición expresa de relacionarse con el exterior como por la falta de tiempo para hacerlo. "No te dicen que te separes de tu familia, pero entre los fines de semana de convivencia, las reuniones y las eucaristías de los sábados apenas queda espacio para mantener otros vínculos", resume.

Interior de la iglesia del Buen Pastor de Aspe con la disposición de los bancos propia del rito neocatecumenal.

Interior de la iglesia del Buen Pastor de Aspe con la disposición de los bancos propia del rito neocatecumenal. / María González

Desde dentro

Esa visión, sin embargo, no es compartida por quienes continúan recorriendo el itinerario. Alfredo Cerdán, miembro de una comunidad en Aspe y Granada, reconoce que la vida en el Camino exige un compromiso importante. "En cierta forma es bastante exigente", admite. Sin embargo, rechaza cualquier comparación con grupos religiosos cerrados. "Aquí no ocurre como en los Testigos de Jehová, donde te dicen que no te juntes con gente de fuera; en ningún momento existe una imposición de ese tipo", afirma.

Aun así, mirando atrás, reconoce que durante la adolescencia la mayor parte de sus amistades surgieron dentro de la comunidad y que, con el tiempo, le habría gustado ampliar ese círculo. Esa experiencia también condiciona la forma en la que imagina el futuro de su familia. "Quiero que mis hijos tengan libertad para elegir, pero conociendo nuestra experiencia y nuestra manera de vivir la fe", concluye.

Cada Domingo de Ramos, mientras la Borriquita recorre el centro de Aspe y las guitarras resuenan en La Coca, ambas formas de vivir la fe vuelven a encontrarse a menos de un kilómetro de distancia. Medio siglo después de la llegada de Ramón Pomares desde Santa Pola, el Camino Neocatecumenal sigue despertando la misma mezcla de adhesión y controversia que marcó sus primeros pasos en el municipio.

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