Ser cura joven en Alicante: la vocación que llega antes de los 30
El villenero Carlos Gandía es sacerdote, formador en el seminario de Orihuela y responsable de pastoral vocacional en la Diócesis. Su historia, marcada por dudas, renuncias y una decisión temprana, refleja la realidad de aquellos jóvenes que optan hoy por el sacerdocio en un contexto de transformación social

Formador de futuros sacerdotes y padre espiritual: Así vive la fe el joven cura Carlos Gandia / Pilar Cortés
A los nueve años, Carlos Gandíaconvertía la iglesia en una ciudad imaginaria donde su pequeño muñeco de Spider-Man recorría bancos y pasillos. No pensaba entonces en vocaciones ni en compromisos de por vida. Solo jugaba. Pero fue precisamente allí, entre juegos y misas acompañando a su madre, donde comenzó una historia que hoy, con 29 años, le sitúa como sacerdote, formador en el seminario de Orihuela y director de la pastoral vocacional de la Diócesis.
Natural de Villena, Gandía recuerda su infancia ligada a la parroquia casi por casualidad. «El cura me propuso ser monaguillo, yo creo que para que me estuviera quieto», cuenta con una sonrisa. Aquella propuesta marcó un inicio discreto pero decisivo. A partir de ahí, comenzó a mirar de cerca la vida de los sacerdotes y a hacerse preguntas.
Preguntas
Una de ellas, lanzada casi al azar por otro sacerdote, quedó grabada: «¿Te has planteado alguna vez ser cura?». La respuesta entonces fue esquiva: «Lo que Dios quiera». Pero la inquietud ya estaba sembrada. Ingresó en el seminario siendo adolescente.
No fue un camino sencillo ni idealizado. Hubo dudas, etapas de crecimiento y también momentos difíciles, como una enfermedad en la sangre que le obligó a dejar temporalmente el seminario. Aquella experiencia, lejos de apartarle, reforzó su vocación. «Me di cuenta de que la vida de un sacerdote es para estar al lado de quien sufre», explica.
Cambios en la adolescencia
En ese proceso también hubo renuncias. Amigos que tomaron caminos distintos, un entorno que ya no encajaba con su nueva vida y la necesidad de reconstruir su círculo. «Pensé que se me caían mis amistades, pero me dijeron que si esto era del Señor, me regalaría otras. Y así fue», recuerda. Hoy, Gandía acompaña a jóvenes que, como él en su día, buscan respuestas.
Desde su responsabilidad como formador, observa en ellos una inquietud común: «Una sed de autenticidad». Más allá de cifras o tendencias, cree que esa búsqueda es la clave para entender por qué alguien joven decide hoy ser sacerdote. «Si le preguntas a alguien si quiere ser feliz, te dirá que sí. Pero no solo por un tiempo, sino para siempre. Esa es la pregunta que todos llevamos dentro», señala. Para él, la vocación no es una excepción, sino una forma concreta de responder a esa búsqueda.

Carlos Gandía en uno de los pasillos del seminario. / PILAR CORTES
Esa autenticidad también explica, en su opinión, que cada vez más jóvenes vivan su fe sin complejos, incluso en redes sociales. «Cuando uno es feliz, no se lo guarda. Quiere compartirlo», afirma. En su caso, utiliza estos espacios con naturalidad, mostrando su día a día sin artificios: clases, estudio o actividades con alumnos. Como sacerdote joven, su rutina combina múltiples facetas: profesor de distintas materias, acompañante espiritual y referente para los seminaristas. «El cura no se guarda la vida para sí mismo, la comparte», resume. Y eso, dice, es lo más gratificante: «Acompañar a la gente y compartir el camino».
Estamos en un cambio de época. La Iglesia tiene que repensar muchas cosas, pero sin perder la esencia
El contexto en el que desarrolla su labor refleja también la realidad actual de la Iglesia en la provincia. El Seminario de Orihuela-Alicante cuenta en el curso académico 2025-2026 con un total de 45 seminaristas. De ellos, 36 son internos -15 en el Seminario Menor y 21 en el Seminario Mayor- y 9 externos: 6 en el Seminario en Familia, 2 diáconos y 1 en año pastoral.
Unos datos que, según el propio Gandía, se enmarcan en un «cambio de época» que obliga a repensar estructuras sin perder la esencia. Sobre las dificultades, evita dramatizar. «Son las de cualquier persona: el cansancio, los momentos de agobio». La soledad, asegura, no es el mayor reto. «Quizá lo más duro es el tiempo en el coche entre Orihuela y Villena», bromea.
Ser padre de otra forma
En su relato aparece también una transformación personal importante: la idea de la paternidad. «Yo quería ser padre», reconoce. Con el tiempo entendió que esa vocación se viviría de otra manera: «Es cuidar, estar pendiente de los demás. La vocación no frustra los sueños, los transforma».

El sacerdote a las puertas del seminario de Orihuela. / PILAR CORTES
En cuanto al futuro de la Iglesia y el relevo generacional, Gandía habla de cambio más que de crisis. «Estamos en un cambio de época. Hay que repensar muchas cosas, pero sin perder la esencia». Y esa esencia, insiste, pasa por volver a lo fundamental: acompañar, escuchar y estar presente. A quienes miran a la Iglesia con recelo por episodios del pasado, les responde desde la conciencia de sus heridas: «La Iglesia es divina y humana, y le duelen sus heridas. Pero su misión es la misma: acompañar y curar».
Carlos Gandía no esconde que su vida no es la más habitual entre los jóvenes de su edad. Pero tampoco la presenta como algo extraordinario. Para él, todo empezó con una pregunta sencilla que aún hoy sigue intentando responder: dónde ser uno mismo de verdad. Y en esa búsqueda, asegura, encontró su camino.
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