Gonzalo Moreno del Val, presidente del Colegio de Veterinarios de Alicante y vicepresidente de la Organización Colegial Veterinaria
Cambalaches universitarios con Veterinaria

España es hoy el país de la UE que más titulados en Veterinaria tiene por millón de habitantes. / Información
Cuando el dinero tenía poco lugar en la vida económica y el trueque resultaba más común, nació en Palencia, en 1212, la primera universidad de nuestro país. Ocho siglos después, las noticias vuelven a poner el foco en un nuevo intercambio no pecuniario de servicios, digamos que formativos, en la misma región castellana que promovió la referida pionera iniciativa. Concretamente, hasta cuatro universidades de esa comunidad han alcanzado un acuerdo para desbloquear una situación arrastrada desde hace años.
Fruto de un cambalache público orquestado por el propio presidente autonómico -Alfonso Fernández Mañueco- hemos conocido recientemente el nacimiento de una nueva facultad de Veterinaria, la decimosexta de nuestro país, que se impartirá en Salamanca, pero también el de otras dos de Medicina, en León y en Burgos (con lo que sumarán 52 en todo el país) y de una cuarta, esta vez de Farmacia, en Valladolid (que será la 23ª en España).
Inocentemente, uno podría presuponer que la política universitaria -la privada y más aún la que se financia con cargo al erario público- obedece a fríos análisis de las necesidades formativas y de nuestro mercado laboral. Nada más lejos de la realidad.
El cambalache que nos ocupa es si cabe más desvergonzado. Nadie se ha molestado en este caso de camuflar la verdad, de revestir el acuerdo de algún sentido de utilidad. Los titulares que recogían las noticias sobre este anuncio hablaban a las claras de que un simple trueque fue la clave para lograr este alumbramiento universitario múltiple: «León logra la Facultad de Medicina tras años de lucha a cambio de que Salamanca se haga con Veterinaria» informaba, por ejemplo, el digital Ileón. Juego de equilibrios pues entre intereses de universidades públicas, que no dialogan por mejorar su servicio o por satisfacer un bien común superior, sino que se entregan a «competir» por la captación de estudiantes, como cualquier otro negocio privado. Universidades públicas y autónomas, claro, que se enfrentan entre ellas primero pero que logran un civilizado pacto gracias a la mediación de la más alta instancia.
Oferta y la demanda
Analizando la oferta, descubriremos que España es hoy -con 15 facultades- el país de la UE que más titulados en Veterinaria tiene por millón de habitantes. Esas 10 facultades públicas -en breve 11- y 5 privadas disponen cada curso de unas 1.800 plazas y cada año se licencian alrededor de 1.500 alumnos. Formamos a más veterinarios que Francia y Alemania juntos, cuando estos dos países tienen el triple de población.
Del lado de la demanda, las encuestas sitúan sistemáticamente a Veterinaria en el top 3 de las carreras favoritas de los niños y jóvenes. La preferencia que, formalmente, expresan los candidatos cuando cumplen con sus pruebas de acceso y deben elegir estudios universitarios, la vuelve a situar con el segundo coeficiente más alto tras Medicina (existen 8,5 solicitantes de Veterinaria por cada plaza pública). Y ese déficit, que se materializa también en una de las notas de corte más altas, es el que alimenta el negocio de las privadas.
Pero ¿es esa la demanda a la que tenemos que atender? Parece claro que no, que satisfacer las afinidades intuitivas juveniles -basadas quizá en prejuicios y tópicos- no sea la mejor manera de encauzar su futuro laboral. Y para muestra un botón: ¿es sostenible en una carrera como ésta que tan alto y creciente porcentaje de alumnos rechace la ganadería?; o, dicho de otro modo, ¿es conveniente que la mayoría de ellos solo quieran ejercer en el sector clínico cuando hay tantas y tan buenas salidas laborales en materia de seguridad alimentaria?, ¿nadie se preocupa ni ocupa de atraer a los nuevos veterinarios allá donde más se les requiere o se les necesita, por ejemplo, en el ámbito rural o en los municipios? La inocencia juvenil no es la culpable, es la falta de información preuniversitaria y de planificación la responsable de tanto desatino.
La demanda que nos debiera interesar tendría más que ver con otros factores. De un lado, es evidente que cabría atender al objetivo aumento del número de animales de compañía, a la mayor sensibilidad social hacia su atención y cuidados y al crecimiento de la oferta veterinaria que todo ello efectivamente está provocando. Y claro, cabría pensar que, ante las mayores exigencias regulatorias en materia de sanidad o bienestar animal, de seguridad alimentaria, ante el desabastecimiento de todo tipo de servicios y el olvido de las zonas más despobladas y necesitadas de servicios veterinarios cabría plantear también algún incentivo para atraer a estos profesionales.
De otro lado, para atender a la mejora y modernización de los equipos y servicios, para satisfacer las necesidades de un mercado que reclama mayor cualificación y formación tendríamos -que eso también forma parte de la demanda- que disponer de una oferta adecuada, por ejemplo con especialidades de postgrado (que aún no tenemos). El análisis a este respecto -el de la demanda- se ciñe al dato de desempleo, que es bajo. Abramos otra facultad pues.
El círculo vicioso
No hace demasiado tiempo me refería con desazón, en otro artículo, al «círculo vicioso» que atenaza a la profesión Veterinaria, que afecta también -aunque yo no sea quién para hablar- a algunas otras de las profesiones sanitarias ya aludidas. Me explico.
Es obvio que padecemos una sobreoferta de plazas universitarias. Que el mercado no requiere tantos nuevos licenciados. Pero no es menos cierto que el sector clínico sufre grandes dificultades para contratar profesionales cualificados. Es la pescadilla que se muerde la cola. El desequilibrio en favor de la mayor oferta de veterinarios afecta a la demanda, que se precariza. Los peores salarios y condiciones laborales o los horarios poco conciliadores ayudan a entender el creciente problema del burn out (síndrome de estar «quemado») o de la «fatiga emocional», de la que tantos estudios están alertando. Cambalaches universitarios como el referido están en el origen de este grave problema.
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