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El economista Niño Becerra alerta sobre el futuro de las pensiones: “El sistema no es sostenible”

El experto advierte de que la tecnología, los salarios bajos y la caída del empleo obligarán a replantear cómo se financia la Seguridad Social

Niño Becerra: "En unos años cobrarán las pensiones..."

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El debate sobre las pensionesvuelve una y otra vez al centro de la conversación pública porque afecta a millones de trabajadores, jubilados y jóvenes que se preguntan qué sistema encontrarán cuando llegue su retiro. En España, la Seguridad Social funciona sobre un principio de reparto: las cotizaciones de quienes trabajan hoy ayudan a pagar las prestaciones de quienes ya están jubilados. Por eso, cualquier cambio en el mercado laboral, en los salarios o en el número de cotizantes tiene un impacto directo en la sostenibilidad del modelo.

Durante años, la discusión se ha centrado casi siempre en la misma idea: hacen falta más nacimientos y más trabajadores para sostener el gasto futuro. El envejecimiento de la población, la llegada a la jubilación de generaciones numerosas y el aumento de la esperanza de vida han elevado la presión sobre las cuentas públicas. Sin embargo, el problema no se reduce solo a cuántas personas viven en España, sino también a qué tipo de empleos se crean, cuánto se cobra por ellos y qué capacidad real tiene el sistema para recaudar a través de las cotizaciones sociales.

Cambio tecnológico

En este contexto, el economista Santiago Niño Becerra ha planteado una lectura distinta sobre el futuro de las pensiones. A través de sus redes sociales, el catedrático ha defendido que el gran cambio no será únicamente demográfico, sino tecnológico. Según su análisis, el sistema actual de pensiones de la Seguridad Social “no es sostenible” a largo plazo porque la economía se dirige hacia un escenario en el que cada vez serán necesarios menos trabajadores humanos. Para Niño Becerra, insistir solo en que faltan nacimientos puede desviar la atención del verdadero giro que ya está en marcha: la sustitución progresiva de empleo por máquinas, algoritmos y procesos automatizados.

La tesis del economista es que la productividad está desplazando a la población como variable central. Si una empresa puede producir más con menos empleados gracias a la tecnología, el resultado puede ser una economía más eficiente, pero también con menos salarios sobre los que aplicar cotizaciones. Ese es el punto crítico para la Seguridad Social. Un robot, un sistema automático o un software no cobran nómina, no pagan cuotas como un trabajador y no contribuyen al sistema de la misma forma. Por tanto, si una parte creciente de la producción deja de depender del empleo humano, la financiación de las pensiones mediante cotizaciones laborales pierde fuerza.

Salarios

A esta transformación se suma otro factor: los salarios. Si se crean puestos con sueldos bajos, cercanos al salario mínimo o con alta temporalidad, la recaudación por cotizaciones crece menos. Mientras tanto, las nuevas pensiones de jubilación suelen ser más elevadas que muchas de las antiguas, porque proceden de carreras laborales largas y bases de cotización superiores. El resultado es una tensión cada vez mayor entre lo que entra y lo que sale.

Los datos de gasto refuerzan esa preocupación y ahí aparece una de las preguntas que Niño Becerra considera inevitable: si la tecnología sustituye empleo y genera valor económico, ¿debería contribuir también a financiar la protección social? La idea de que las máquinas, los robots o los algoritmos “coticen” no es nueva. El Parlamento Europeo ya debatió hace años propuestas vinculadas al trabajo robotizado, aunque la vía de un impuesto específico no salió adelante por el rechazo de sectores que advertían del riesgo de frenar la innovación.

Renta básica universal

La discusión conecta con otro concepto que gana espacio en el debate económico: la renta básica universal. Si en el futuro una parte de la población no puede acceder a empleos estables porque muchas tareas son realizadas por tecnología, el Estado tendría que encontrar nuevas fórmulas para garantizar ingresos mínimos y sostener el consumo. El problema, según esta visión, no sería solo pagar pensiones, sino evitar una economía en la que las máquinas produzcan bienes y servicios que una parte creciente de la población no pueda comprar. Niño Becerra dibuja así un horizonte de menor necesidad de mano de obra, salarios comunes bajos, menor peso del gasto público tradicional y un Estado obligado a rediseñar sus fuentes de financiación. Su advertencia no plantea una desaparición inmediata del sistema, pero sí un cambio de fondo: las pensiones del futuro no dependerán solo de cuánta gente nazca, sino de quién genera la riqueza y cómo contribuye al sistema.

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