Hace algunas semanas Cayetano Bartolomé Bonnín Vásquez, más conocido como Tano Bonnín, estampaba su firma en las oficinas de Romeu Zarandieta convirtiéndose de esta forma en el primer dominicano -en su caso, hispanodominicano- que fichaba por el Hércules. El exjugador de Osasuna, Almería y del histórico Rapid de Bucarest, es un central duro e intenso, que se incorpora al proyecto Del Pozo para apuntalar el centro de la zaga, uno de los muchos puntos negros de la nefasta temporada pasada, en la que el conjunto alicantino bordeó el descenso a Tercera. Paradójicamente, Bonnín sucede al hondureño Jona como el único internacional de la actual plantilla y, con ello, pasa a ser el número 63 del equipo alicantino en sus 98 años de historia, lo que le permite unirse a ese selecto club en el que figuran futbolistas como el húngaro Sandor Müller, el argentino Saccardi, campeones del mundo como Mario Kempes y Trezeguet o “el chorro” Pérez, que fue el primer -y, hasta ahora, único- herculano convocado por la selección nacional.

EL NÚMERO 1, EL PRIMERO

Madrid, enero de 1941. Con una Europa asolada por la II Guerra Mundial y apenas un año y medio después del fin de la Guerra Civil, la “nueva” selección española se mide en partido amistoso a Portugal. El seleccionador Eduardo Teus, que tenía la difícil misión de recomponer una selección rota en un país destrozado, hizo debutar nada menos que a nueve hombres. Entre ellos estaba José Pérez, portero del Hércules, que venía de hacer tres extraordinarias campañas en las que los alicantinos habían sumado un ascenso a Primera (1935) y sendos sextos puestos en la máxima categoría (1936 y 1940). El partido se disputó en el estadio Las Salesas de Lisboa y la Roja -que, por razones políticas, por aquel entonces y hasta 1947 vestía de azul- acabó empatando a dos. Según las crónicas de la época, Pérez, que no encajó ningún tanto, superó con nota el doble examen que suponía el debut y, sobre todo, ser el sucesor de todo un mito como Ricardo Zamora. Sin embargo, su gran partido se vio manchado por un incidente que acabó lastrando su vida deportiva: en el minuto 35, en una valiente salida a los pies de un delantero luso, “el Chorro” recibió un puntapié en el ojo, lo que le obligó a ser sustituido. Tras este suceso, el resto de su carrera se podría resumir en una concatenación de desgracias: operación y nueve meses de baja, pérdida de visión, goleadas, suplencia, vuelta a las islas Canarias y retirada. Lógicamente, jamás volvió a ser convocado por la selección española.

LOS CINCUENTA Y SESENTA

La decadencia de Pérez coincidió con la del Hércules y, tras el descenso a Segunda en 1942 (con la denominación de Alicante Club Deportivo), hubo que esperar una década para volver a ver a un jugador internacional con el escudo blanquiazul en el pecho. Fue el delantero húngaro Gyorgy Nemes, que llegó en el ocaso de su carrera y que pasó sin pena ni gloria por la Terreta (solo jugó doce partidos, en los que anotó dos goles). Ya en la década de los sesenta, el defensa Marquitos fue el siguiente futbolista internacional en vestir la camiseta del Hércules. Y lo hizo rodeado de una gran expectación. No en vano, en aquellos años tampoco era habitual que, vacaciones de verano aparte, todo un pentacampeón de Europa con el Real Madrid cambiase el cemento de la capital por las playas y las palmeras de Alicante. Y menos para jugar en Segunda y con fútbol aún por delante (solo tenía 29 años). Tras el exmadridista, las últimas “llegadas internacionales” al aeropuerto de El Altet en los sesenta fueron las de los paraguayos Cáceres y Humberto de la Cruz, en 1966 y 1969 respectivamente. Mientras Benjamín Cáceres pasó de puntillas, especialmente significativo fue el periplo de Humberto, que vivió el paso de La Viña al Rico Pérez, el mítico ascenso de Pamplona (donde escribió una de las páginas más emotivas de la historia del club al abandonar El Sadar de rodillas) y los años dorados en Primera.

COMIENZAN LOS SETENTA

La década de los setenta se inició con dos campañas más que discretas en Segunda División. Pese a contar con varios jugadores importantes -el argentino Sarrachini, el propio Humberto o el exinternacional brasileño Waldo, entre otros- el club creado por “El Chepa” acabó la temporada 70-71 en el decimoprimer puesto y el año siguiente, en el que aún le fue peor (14º), lo único positivo fueron los fichajes del cordobés Rivera y de un joven Juan Baena.

En cambio, ya con la presidencia de Rico Pérez más asentada, el curso futbolístico 72-73 fue mucho mejor para el club blanquiazul: Jeno Kálmár no solo lo dejó noveno sino que le dio empaque con los fichajes de los exinternacionales Fusté y Eladio. Además, el técnico magiar confirió a Baena el estatus de jugador clave e hizo debutar a jugadores como José Antonio, Albaladejo y Carcelén. La precuela del Hércules de Arsenio Iglesias estaba servida…

LOS AÑOS DE GLORIA (1973-1977)

A nivel mundial, el watergate, la música disco y los pantalones campana; José Rico Pérez, Arsenio y los argentinos, en su versión herculana. Los setenta trajeron a orillas del Mediterráneo a un joven entrenador -gallego de Arteixo para más señas- que en apenas cuatro temporadas consiguió que, casi 40 años después, volviera a tener sentido el célebre “le llamaremos Hércules para infundir respeto a los rivales”. Y es que aquel rocoso equipo de Arsenio Iglesias imponía. Imponía mucho. Y lo hacía con una receta tan sencilla como difícil de plasmar en el césped: solidez defensiva a prueba de bombas, orden en el centro del campo, determinación y viveza arriba. Para dar forma a su ideario, el “zorro de Arteixo” contó con varios jugadores internacionales como Manolete, Arieta, Deusto o Nagy y con una pléyade de sudamericanos -fundamentalmente argentinos- que imprimían toneladas de carácter en cada partido: el uruguayo Omar Rey, el propio Humberto, Giuliano, Commisso, Charles, Santoro y el legendario centrocampista total Cacho Saccardi (estos dos últimos tuvieron el honor de vestir la albiceleste). Con estos argumentos, el equipo diseñado por el técnico gallego enlazó el trienio más brillante en la historia del club (ascenso a la máxima categoría en 1974, quinta posición en Primera -temporada 74/75- y sexto puesto al año siguiente) superando todos los registros de la escuadra de 1935-40 y, con ello, ser considerado (casi) unánimemente como el mejor Hércules de todos los tiempos.

LOS POSOS DE ARSENIO (1977-1982)

Ya sin Arsenio Iglesias pero todavía con los posos de su libreto, el Hércules se mantuvo en Primera, no siempre sin dificultades, hasta 1982. Sintetizando muy mucho, además de por estar casi siempre en el filo de la navaja, este quinquenio estuvo marcado por el descenso progresivo -en cantidad y calidad- de los jugadores argentinos de la plantilla pero también por algunos pequeños grandes momentos que los aficionados archivaron para siempre en la retina. Como aquellos clínics sobre cómo dominar la medular que impartía Saccardi en cada partido o el hat trick de Miodrag Kustudic en la madre de todas las victorias (3-0 al Valencia en el derbi). En este periodo, además del killer yugoslavo y del mejor volante que jamás haya llevado al Negre Lloma en el pecho, formaron parte del plantel blanquiazul, con mayor o menor fortuna, otros internacionales como el asturiano Megido (uno de los futbolistas malditos del futbol español), el delantero vasco Churruca, el “mago magiar” Sandor Müller - uno de los jugadores más técnicos que han pasado nunca por Alicante- y el meta polaco Jan Tomaszewski.

GOLIAT, DANTE Y EL (PRIMER) DESCENSO A LOS INFIERNOS

Tras un descenso doloroso y un primer año de transición, el Hércules volvía a Primera en 1984, donde permaneció dos años, a cual más turbulento. En el primero, tras pasar toda la liga con un pie en la permanencia y otro en el descenso, se llegó a la última jornada con el “do or die” más exigente que puede haber en el fútbol: ganar o ganar en el Bernabéu al Real Madrid. Sí, bien es cierto que no era precisamente el mejor Madrid de la historia, pero aún así tenía a Butragueño, Míchel, Sanchís, Gallego o Valdano. Un auténtico equipazo. Todo hacía presagiar que el Hércules no saldría vivo del templo blanco pero, como pasa a veces en las más bellas historias, el equipo liderado por Kempes venció a Goliat. El gol de Dante Sanabria (0-1) daba la victoria a los alicantinos y una “prórroga” de un año más entre los grandes.

Alicante, 26 de enero de 1986. Se disputa un Hércules-Sevilla correspondiente a la jornada 22 del Campeonato Nacional de Liga. Con 2 a 1 en el marcador para los blanquiazules, a falta de apenas tres minutos para que acabe el partido, el campeón mundial Mario Alberto Kempes se retira ovacionado del terreno de juego y se despide de la que había sido su afición para marcharse al fútbol austriaco. Los nueve goles anotados y la inmensa clase del diez dejaban a los alicantinos en mitad de la tabla, con el fantasma del descenso aparentemente muy alejado. Pero nada más lejos de la realidad. En los doce encuentros restantes, el Hércules pos-Kempes solo sumó una victoria. Y, con una derrota ante el Valencia, el 6 de abril de 1986, certificó su vuelta a la segunda categoría del fútbol español, donde permanecería dos temporadas llenas de sombras. En la primera de ellas, ya sin sus otros internacionales del bienio en Primera (el peruano Velásquez, Salva y el islandés Pétursson), hizo una discreta campaña donde las pocas luces vinieron de parte del Macho Figueroa. El delantero hondureño, que había llegado a España tras destacar en el Mundial 82, hizo un muy buen primer año en Alicante, congenió con la grada y anotó 11 goles. Sin embargo, su rendimiento decayó en la temporada siguiente, en la que únicamente hizo dos dianas y, en parte como consecuencia de esto, el Hércules de Alicante daba con sus huesos por primera vez en la entonces desconocida Segunda División B, de la que solo se podría salir con jugadores curtidos en el barro del fútbol amateur. Como es normal, durante este primer lustro fuera del fútbol profesional, el club no tuvo ningún internacional en su plantilla. Ya se sabe, en sendas tortuosas, con unos zapatos casi rotos se camina mejor...

EL CASI INTERNACIONAL

Tras un peregrinaje de cinco campañas en el subsuelo de nuestro fútbol, el cuadro alicantino dirigido desde el banquillo por Quique Hernández y desde el centro del campo por Parra consiguió, por fin, imponer su pedigrí. Las Hogueras de 1993 llegaron con un “doble” ascenso: el del Hércules en el Insular y el de Eduardo Rodríguez a la categoría de mito entre la hinchada. Y es que, aunque esto vaya sobre jugadores internacionales, mención aparte merece el delantero de Sanlúcar de Barrameda.

Burgos, 19 de septiembre de 1993. Julio Salinas era el nueve de una selección española que adolecía de gol. Mientras tanto, en Segunda División había un sanluqueño que los hacía como churros (llevaba cuatro dianas en cuatro partidos). Javier Clemente, que buscaba alternativas al delantero vasco, no se lo pensó dos veces y mandó a El Plantío a su segundo, Andoni Goikoetxea, para que viese a “este tal Rodríguez”, que venía de anotar 39 goles en la temporada pasada y que acababa de destrozar al Betis con un doblete. No pudo elegir peor momento para observar al crack blanquiazul: derrota ante el Burgos (2-0) y mal partido del “Romario del Hércules”. Obviamente no fue convocado por Clemente, pero siempre quedará la duda sobre qué habría pasado si aquel día a Rodríguez le hubiera dado por hacer un hat trick a los burgaleses…

VUELTA A PRIMERA Y “SUICIDIO COLECTIVO”

Durante el trienio en Segunda (93-96) llegaron a Alicante tres internacionales croatas: Zeljko Adzic, Dubravko Pavlicic y Janko Jankovic. Mientras que el primero de ellos pasó sin hacer ruido, tanto Dudo como Jankovic (diez goles) fueron decisivos en la temporada del ascenso a Primera (1995/1996). Especialmente Pavlicic, cuya cinta en el pelo, personalidad y entrega innegociable siempre tendrán un sitio preeminente en la historia del Hércules C.F.

El año en la máxima categoría se caracterizó por el extraño cese de Manolo Jiménez, el técnico que había conseguido el ascenso y por la masiva llegada de extranjeros de medio pelo -entre ellos, Moj (que vistió las camisetas de la URSS y Rusia), Maestri (que jugó más partidos con Perú que con el Hércules en el tiempo que estuvo en Alicante) y los mundialistas Artner (Austria) y el príncipe nigeriano Peter Rufai- que no solo no aportaron nada a la plantilla sino que la desestabilizaron y rompieron el bloque que se había fraguado con el extremeño en el banquillo. Ni siquiera la histórica victoria en el Camp Nou (2-3) palió el desastre.

LA DÉCADA OMINOSA Y EL ASTERISCO DE MANDIÁ (1997-2007)

Tras la pérdida de la categoría, el Hércules de Quique Hernández hizo una limpieza profunda en su plantilla pero conservó casi todo lo (poco) bueno que tenía en nómina (Sandro, Palomino, Alfaro…) e hizo lo que, sobre el papel, podían considerarse muy buenos fichajes. De la mano del técnico de Anna regresó Falagán y llegaron cuatro internacionales: Giner, Álvaro Cervera (este vino siendo prácticamente un exfutbolista) y los cedidos Yaw (ghanés) y Ronald Gómez (costarricense). Todos, casi sin excepción, mostraron un rendimiento muy gris. Como el equipo en sí, que acabó en mitad de la tabla cuando era uno de los favoritos.

Pero con el Hércules siempre se puede ir a peor. Como dice la ley de Murphy, “si algo puede salir mal, saldrá mal”. Y vaya si salió: al año siguiente, sin muchos de los anteriormente citados -pero sí con el “técnico milagro” Manolo Jiménez y con los internacionales Nacho Conte y Milan Osterc- el equipo alicantino se daba de bruces (otra vez) con el pozo de la Segunda B. Este nuevo descenso trajo consigo cinco intentos de abandonar el purgatorio. Dos de ellos bastante buenos -se jugó el playoff en la 99/00 y en 2002- y tres que acabaron en fracaso rotundo (en uno de ellos, en 2001, participó el mundialista uruguayo Gabi Correa). Pero, en esta ocasión, no hubo sexto malo: en 2005, de la mano de Juan Carlos Mandiá, los blanquiazules tomaron Alcalá de Henares (1-3) y remataron la faena en un repleto Rico Pérez para conseguir el merecido ascenso. El Hércules volvía al lugar que nunca debió perder.

De nuevo en la categoría de plata, el club enlazó dos malas temporadas viviendo muy cerca del precipicio. En la 05/06 terminó en el puesto 17 y en la siguiente, en la que fue decimosexto, lo más destacado fueron las llegada de los mundialistas Gonzalo de los Santos (Uruguay) y Kossi Agassa (Togo) junto a otros internacionales como el mexicano Aarón Galindo, Farinós o el que resultó ser un fiasco absoluto, el paraguayo Irrazábal. De todos ellos, el único que sí dio la talla fue el valenciano, que acabó por convertirse en un referente y en uno de los mejores jugadores de todos los tiempos del club.

LA ERA TOTE-FARINÓS

La campaña 0 7/08 significó la primera piedra del (hasta hoy, último) gran Hércules que estaba por construir. Con una plantilla llena de currantes y dos líderes que ponían la clarividencia de medio campo hacia arriba (Tote y Farinós), los alicantinos, que no contaban en los pronósticos para acabar arriba, hicieron un buen año y finalizaron sextos. En aquella nómina de jugadores figuraban dos internacionales, Mariño (Perú) y Blas Pérez (Panamá), ambos con calidad pero sin la determinación que se necesita en la exigente Segunda División.

Al año siguiente, la escuadra alicantina consolidó la sólida base que había creado y, pese a algunos fichajes que no dieron el fruto esperado (especialmente en el caso de exinternacionales como César Martín o el uruguayo Taborda), dio las pinceladas que le iban a acabar por convertir en un equipo hipercompetitivo. La vuelta al banquillo de Juan Carlos Mandiá y las llegadas del cafetero Abel Aguilar y del montenegrino Delibasic -que se ganó su primera cap vestido de blanquiazul- supusieron un récord de 78 puntos, 82 goles y un torrente de buen fútbol. El equipo de Mandiá había montado la revolución pero, por muy poco, no ganó la guerra (quedó cuarto a una sola victoria del ascenso a Primera División).

Hubo que esperar a la temporada 09/10 para ver como el Hércules de Esteban Vigo -Mandiá había dado la espantá al término de la campaña anterior- sí lograba el ansiado ascenso. Los hombres del Boquerón, cuyas principales novedades eran Tiago Gomes y los internacionales Rufete (3 caps con Camacho) y Danciulescu, hicieron historia tras ganar en Irún y acabar subcampeones de Segunda División. Pero lo que vino después es de sobra conocido: baño en Luceros, un par de victorias de prestigio (0-2 al Barça de Guardiola y 4-1 al Atlético) en el ecuador del campeonato (en enero el Hércules estaba a solo cinco puntos de la zona UEFA), pésima segunda vuelta -motivada en buena parte por el “Drenthegate” y por las lesiones de larga duración de Tote y Farinós- y, al final, baño de realidad con el retorno a la división de plata. En este último año de Primera, se hicieron diez fichajes, de los que la mitad eran o habían sido miembros de sus respectivas selecciones: Cristian Pulhac (Rumanía), Momo Sarr (Senegal), Nelson Valdez (Paraguay), Monsieur Gol Trezeguet (Francia) y los holandeses Piet Velthuizen y Drenthe (este último tuvo el honor de debutar con la Naranja Mecánica mientras defendía el blanco, azul y negro del Hércules).

EL FIN DEL PRINCIPIO

De nuevo en Segunda y otra vez con Mandiá bajo el mando, el equipo alicantino finalizaba quinto, tras desfondarse en el último tercio de la temporada y acabar cayendo en el playoff de ascenso ante el Alcorcón. Al año siguiente, sin el retirado Tote pero con el mundialista uruguayo Nacho González en sus filas, se bordeó el descenso. Ya en el curso 2013-2014, en el que se enrolaron -con cero éxito- los internacionales Darwin Machís (Venezuela), Campos Toro (Chile) y “el Messi judío” Gai Assulin (Israel), el club vivió una de las campañas más aciagas de su historia, acabó colista y desde entonces languidece en Segunda División B.

Seis largos años ya en los que la pérdida de prestigio es más que evidente. Hoy en día, un chiquillo de diez o doce años andaluz o asturiano se sabe de carrerilla el once del Getafe o del Eibar mientras que el Hércules le suena a chino. Y es que, si tomamos como referencia la clasificación histórica del fútbol español, el Hércules ha pasado de ser el vigésimo primero en los años noventa a estar en la actualidad en el puesto 29. En los últimos treinta años, el club ha militado en Segunda División B nada menos que en dieciséis temporadas y solo dos en Primera (y en ambas ocasiones fue visto y no visto). Paralelamente al problema deportivo, el económico se agudiza cada vez más. La deuda que arrastra la entidad alicantina (que anda ya por los 15 millones de euros) y, por ende, la posibilidad de desaparición de la misma, crece proporcionalmente a los años en los que el equipo está alejado del fútbol profesional.

Pocos clubes pueden presumir de la historia que tiene el Hércules y pueden decir que han tenido en sus filas a jugadores como Waldo, Deusto, Saccardi, Santoro, Müller, Kustudic, Kempes, Velásquez, Farinós, Valdez o Trezeguet. Pero ese no es el mejor legado del club. Ni el vetusto pero imponente estadio José Rico Pérez o el equipo maravilla de la década de los treinta. Ni siquiera “la madriguera de acero” que construyó Arsenio en los setenta. El mayor patrimonio del Hércules de Alicante es su castigada afición, una flor de loto que ha sobrevivido muchos inviernos y a la que, en estos tiempos difíciles, solo le queda resistir, empujar y soñar con el agua de Luceros, con que los que mandan en el club recuerden lo que nunca han aprendido, con que todo cambie para que vuelva a ser como antes. Con que emerja otro cinco argentino que, cacho a cacho, se coma a sus rivales en el centro del campo; con que haya otro alicantino nacido en Paraguay que se deje el alma (y las rodillas) por el escudo; con que en el “córner de Kempes” se sigan marcando goles olímpicos; con que Tano Bonnín no sea el último internacional blanquiazul sino el primero de los siguientes 63 que vendrán en los próximos 98 años y, en definitiva, con que toda la historia que se narra en este artículo, como dijo Churchill, no sea el final del Hércules, “ni siquiera el comienzo del final, que solo sea el fin del principio”...