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CONTRACRÓNICA

El peso del miedo

Firmar los peores minutos de juego justo después de marcar un gol es la evidencia que revela la parálisis de los equipos que sienten que caminan sobre arenas movedizas

El pesodel miedo

El pesodel miedo

El miedo es el más atávico de los mecanismos de defensa. Es instintivo, irracional. Sin él, nos habríamos extinguido, jamás habríamos evolucionado. La parálisis es una de sus respuestas. Te quedas quieto para pasar inadvertido, para que no te coman las fieras. El miedo es una proyección del pasado en el futuro. El temor a revivir una mala experiencia hace que extremes las precauciones. Te salva la vida, pero también menoscaba tu confianza, la hace añicos. Dominado por el miedo no vas a ningún sitio memorable, no te pones a prueba, no descubres si dentro de ti hay un héroe al que no conocías. El deporte profesional es uno de los escenarios vitales en los que más se nota. Juega un papel determinante porque está siempre presente. Pero si has decidido que tu oficio es competir, debes aprender a metabolizarlo, a darle el protagonismo justo, a convivir con él. Si no lo haces, nadie se acordará de ti cuando te hayas ido... al menos para bien.

Con soluciones prácticas, pero sin un plan de asistencia a Benja

El grave error de marca de Appin en el tanto de Lolo Pavón confirma la teoría. El pánico a perder encoge a los futbolistas, incluso a los que parecían mayúsculos cuando no vislumbraban el abismo del fracaso, cuando los empates se festejaban como triunfos y exponer era un verbo sin desprecintar. Se convirtió en norma el umbral de exigencia bajo y ahora que se está obligado a no fallar, a ir más allá, a jugar en campo contrario, tiemblan las piernas. Puedes tratar de engañarte con manuales de autoayuda, con nombres de teorías escritas en inglés, pero la homeopatía, oral o escrita, escuchada o leída, no hará por ti nada que no tengas que hacer tú mismo.

Saber adaptarse a las circunstancias es fundamental. Algo que no enseñan los vendedores de humo es que no siempre se puede liberar de peso la mochila, que la mayoría de veces hay que llegar a la cima cargando con ella. Puedes empeñarte en mirar para otro lado; decirte, no, todavía tengo margen, aún es pronto... pero antes o después toca enfrentarse a la realidad, y la del Hércules ahora es la de no calcinar en marzo otro proyecto, el noveno desde el último ascenso a Primera. Manolo Díaz, en su estreno, se ha limitado a recomponer el puzzle recuperando las piezas que faltaban y dejando dos que encajan, pero desentonan: Jon Erice y Álex Martínez.

Ninguno justifica su continuidad en el once. El primero responde al perfil de señor vehemente que identifica los errores ajenos y rara vez los propios; y el segundo no ha mejorado en nada a su predecesor... en nada notable. Focalizar en ellos la descomposición colectiva no se sostiene, solo son responsables directos de lo suyo, dan lo que pueden. Pero con eso no basta. Si el Hércules quiere salir adelante, superar esta crisis, lo primero que tiene que hacer es no firmar sus peores minutos de juego después de marcar. El gol tiene que incentivar, no justificar el repliegue, y menos frente a un adversario que, como el Orihuela, es incapaz de atacar con ritmo, con continuidad, con peligro real hasta estando en superioridad después de la pueril expulsión del mediocentro navarro.

Sin Moyita, solo Pedro Sánchez fue capaz de producir. Retirarle del terreno de juego después de dar una asistencia, servir un gol en bandeja a Buenacasa (que malogró el delantero), firmar el único disparo a puerta con peligro del partido y estar presente en cada una de las acciones ofensivas de su equipo es una mala carta de presentación, había que ganar sí o sí y al partido solo le quedaban 13 minutos.

En manos del vestuario, no quedan más alternativas

Tres entrenadores son suficientes, si llega un cuarto, será porque todo ha saltado por los aires. La última vez que el Hércules ganó un partido que no podía perder bajo ningún concepto fue en Irún, y no hace falta recordar las circunstancias que rodearon a aquel sórdido triunfo. Después de aquello, nadie ha escrito su nombre en la historia de la entidad... y ya toca. No se discute el talento de la plantilla, al menos el de su núcleo duro, pero a estas alturas ya nadie va a descubrir a nadie, lo que hay es lo que se ve. Podemos discutir si es funcional insistir en un doble pivote de perfil netamente defensivo, si Abde o Borja, si uno o dos delanteros en punta... pero nada de eso servirá si el vestuario no se sacude de encima la angustia y empieza a demostrar que el privilegio de ser deportista profesional no te lo envían a casa desde Amazon. Viene el Ibiza...

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