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Hércules CF: Mansedumbre y miedo...

El vestuario, atenazado por la presión propia de su oficio, es víctima del bajo nivel de exigencia que reina desde octubre, comete errores pueriles y no encuentra alivio en su técnico

mansedumbre y miedo...

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A veces no basta con decirlo, a veces tienes que querer, porque si no quieres, se te ve en los ojos. Da igual lo hábil que te creas ocultando emociones, de nada sirve la voz que pongas cuando te pregunten. Si llegado el momento te tiemblan las piernas, lo notará todo el mundo. A veces, cuando por fin entiendes que la vida va en serio, ya es demasiado tarde para ti y para eso tan abyecto que son los sueños cuando te convences de que se cumplen soplando velas o viendo estrellas fugaces acuchillar el cielo.

El Hércules languidece. Lo hace como un remedo, siendo una caricatura, ofreciendo una pobre imagen, la misma que se ha repetido en tantas otras ocasiones a lo largo de las últimas dos décadas. Da igual quien esté al frente por debajo de los jefes, cuando llega el momento de pintarse la cara y colocarse el cuchillo entre los dientes, la mayoría se raja. Demasiada atención mediática para un club con mucho más pasado que futuro, con su presente siempre en entredicho, gobernado a regañadientes, malgastando dinero desde la penumbra, eludiendo la responsabilidad de generar algo más que ilusiones efímeras que explotan como pompas de jabón al primer soplido.

Pitido final. Sobre el césped, los dos equipos han logrado lo mismo, uno lo festeja como un título continental y el otro abandona el campo cabizbajo, a toda prisa, avergonzado por el poco memorable espectáculo dado sobre una alfombra de hierba natural. Visto lo visto, era más difícil no asegurarse una plaza en la pelea por el ascenso que alcanzar ahora, por el camino largo, la competición ideada por Luis Rubiales en medio de una crisis mundial sin precedentes, una entelequia que, al margen de un desconcierto general, provoca que los jugadores de La Nucía creyeran ayer que habían logrado la permanencia cuando, en realidad, si no llegan a la Liga Pro, habrán perdido una categoría.

Sin líderes, sin plan de ataque y con fallos garrafales. Así es imposible convencer a nadie de que el objetivo sigue en pie, que no se ha ido todo al garete otra vez, y ya van muchas. Señalar culpables es inherente a la condición ibérica, es más sencillo apuntar con el dedo que buscar soluciones eficaces. Sostiene Manolo Díaz que una parte de la responsabilidad la tienen los mensajes negativos que llegan desde fuera porque acaban afectando a un vestuario permeable en el que –añado yo– el pesimismo se instala más rápido que los planes de ataque. Seguro que tiene razón, hay quien se rebela ante la crítica y hay quien se deja sepultar por ella. En el proyecto blanquiazul se ve que hay poco de lo primero y sobredosis de lo segundo.

Tal vez, en un mundo de impostura y realidades disfrazadas con filtros, la verdad sea tan cruda que cueste digerirla, que la gente crea más en los lemas de las tazas de desayuno que en las evidencias. Y así nos va. El problema siempre lo tienen los otros, nosotros somos seres de luz... pero no es verdad, a pelear solo se aprende peleando, y si te asustan los golpes, lo tienes mal, te has equivocado de trabajo. Puede que, a partir de ahora, los directores deportivos, más que vídeos de jugadas, tengan que elaborar test de personalidad, puede que así sea más sencillo reunir a un grupo de deportistas profesionales capaces de soportar las circunstancias propias de su oficio. El umbral de exigencia que fijó David Cubillo fue tan pobre que, en cuanto ha tocado subirlo, el castillo de naipes se ha venido abajo.

Equipo en coma sin argumentos ni antídoto. Observas el juego colectivo y no sientes su pulso. Nadie se ayuda, nadie se ofrece, todos caminan y la responsabilidad recae sobre los más jóvenes. ¿Por qué un equipo que fue capaz de doblegar al Ibiza firmando un gran partido se cae de una forma tan estrepitosa? Seguramente, porque nadie entendió entonces que eso debía de ser lo habitual y no algo extraordinario, que esa es la única actitud válida y que recibes una nómina para hacer eso mismo cada domingo y no una vez en la vida.

La onda expansiva de algunas palabras supera con mucho la sonoridad de sus fonemas, va más allá, son una bomba que reverbera en el oído y se amplifica en la conciencia. El verbo fracasar es una de esos vocablos que no tienen una forma paliativa. Cuando lo escuchas, sabes que algo va mal, que no hay manera de disimular el desastre que anuncia. El Hércules vuelve a verse asomado al abismo, pero esta vez sin el comodín de la pandemia... Mansedumbre y miedo, la sinergia más nociva de los deportistas profesionales obligados a ganar... por contrato.

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