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ANÁLISIS

Hércules CF: Las mejores jaulas a domicilio

El control posicional que ejerce el Hércules sobre sus rivales muestra mayor eficacia fuera del Rico Pérez, donde los espacios se reducen, las superficies son más lentas y la responsabilidad de dominar la pelota no es obligatoria

Celebración de un gol de Carlos David fuera de Alicante.

La pastosa teoría de la manta aburre. Cansa. Asquea. Nos toman por estúpidos, nos tratan como a votantes en cualquier país del mundo. Puedes repetir eso tan necio de que si estiras para cubrirte la cabeza se te enfrían lo pies, puedes desgañitarte haciéndolo, da igual, la sandez, por muy ocurrente y visual que creas que resulta, no es aplicable al fútbol, un juego en el que, como en la propia vida, lo más importante es el equilibrio. Alcanzarlo es garantía de éxito siempre. Si quieres cubrirte entero, usa un tapiz de tu talla. Tan sencillo como eso. Y si no lo haces, el problema es tuyo, nunca del trapo.

No pongo límite a las veces que sea necesario escribirlo. Atacar y defender son conceptos indisolubles, inherentes, no son posibles el uno sin el otro, al menos si a lo que aspiras es a ganar. A este deporte se puede jugar de muchas formas, unas entran mejor por el ojo y otras aburren a las ballenas. En lo que coinciden todas es en la necesidad de ser fuerte en las dos áreas. Sergio Mora propone un modelo para conseguirlo que convierte el espacio en una «jaula» en la que caen los adversarios y requiere de mucho sacrificio individual puesto al servicio del equipo.

EQUIPO «MANDÓN»

Tener más la pelota no es garantía de un mayor dominio

Los detractores del fútbol que ha ideado Guardiola a menudo le castigan por lo que consideran un vicio: sublimar la posesión. El reduccionismo siempre aviva las conciencias más vagas. Los equipos del catalán son puro equilibrio porque para tener tantísimo la pelota no basta con dar la orden o con infestar el vestuario de peloteros, también hay que encimar al rival, presionarlo, no dejarlo respirar, no permitirle pensar para que te busque la espalda con un simple pase largo.

Hay que robar. Y cuanto más arriba, mejor. Si no eres un portento físico, adiós. Basta ver el declive gradual del Barça para entender la grandeza y la exigencia de la propuesta del señor Pep.

Se juzga a Bordalás como su antagonista. Se equivocan. El alicantino, igual que el técnico del City, también quiere asfixiar a su adversario, someterlo, pero no dispone de los recursos, no puede pagar lo que vale un «bestia» que, además, sea un virtuoso con el balón en el pie. Por eso lo fía todo al control zonal, al esfuerzo sincronizado, al poder de contención con dos líneas de presión, en la medida de lo posible, en campo contrario.

EL MITO DE LA MADURACIÓN

Nunca es lícito especular, que es sinónimo de no querer empujar

Con o sin balón, el fin siempre debe ser hacer gol. Echar el equipo atrás es una solución puntual, nunca un estilo, al menos no uno útil para un club aspiracional. Mora, que fue un excelente mediocentro, que comprende el valor empírico del equilibrio, que lo ha hecho posible como jugador toda la vida, antepone la superioridad en el espacio por el que transita el balón a la creación de pasillos interiores. El inconveniente principal: es más sencillo proponerlo a domicilio que en tu propia casa.

GANAR

El Hércules está obligado a la victoria en cualquier escenario

La jaula exige una implicación mental y física enorme. Apostar por ella es muy lícito, pero si un día las fuerzas no acompañan, el equipo se queda tan expuesto como en la segunda parte de Alzira y lo acaba pagando. En campos más dóciles, incluso de caucho, menos extremos que el Rico Pérez, es más «sencillo» ponerlo en práctica. Lejos de casa, al Hércules nadie le va a pedir que lleve la iniciativa, puede calcular mejor sus tiempos, dosificar sus fuerzas.

En casa, no. En Alicante, si no visitas el área, siempre habrá quién te lo eche en cara, y lo hará cargado de razón. En Pulpí se demostró que si la jaula de Mora sale bien, el mediocentro organizador es irrelevante. Nadie echó de menos a Toscano. Ni Mario Ortiz ni César Moreno mimaron el balón. Lo que sí hicieron fue dar una lección magistral de fútbol sin pelota, de equilibrio, de llevar la intensidad a otro nivel.

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