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Carlos David, rebelde con oficio

El central blanquiazul aceptó su condición de suplente sin dejar de competir en los entrenamientos, sin rendirse, a la espera de otra oportunidad - El emeritense aportó frente al Murcia la jerarquía y la intensidad que hace falta en las crisis

Carlos David trabaja en Fontcalent un lunes. Alex Domínguez

Solo te haces viejo si claudicas. Si te rindes, si abandonas la esperanza de renacer, de seguir siendo relevante, útil a una causa principal, la tuya propia. El fútbol está sembrado de veteranía impostada, de miradas por encima del hombro, de tú no sabes con quién hablas. Esos duran poco, nadie los guarda en la memoria, en la imperecedera, la emocional. Carlos David debutó con 22 años como profesional. Ahora tiene 35. Nunca ha jugado en Primera, nadie le ha regalado nada, y todo el respeto que ha conseguido lo ha logrado de la misma manera: sin agachar la cabeza.

Ejemplo de buenismo –eso tan necesario que ahora inexplicablemente se demoniza–, el central emeritense no ha dejado de creer en sí mismo nunca. Convencido de que todavía puede contribuir a reflotar una nave centenaria, llena de roces, de abolladuras, pero repleta de historia, el pacense le aportó al equipo el domingo, frente al Murcia, la energía, la intensidad y la jerarquía que le valen a los equipos que caminan dando tumbos para salir del laberinto.

En verano, se ganó iniciar el curso como titular. El suyo es un puesto de confianza máxima y de riesgo absoluto. Detrás de él, cuando falla, solo queda el anticipo del desastre. Por eso, cuando está bien, un central apenas rota.

No fue su caso. Expulsado en la primera jornada, cuando recuperó su lugar en el once en la tercera, vio una amarilla que le señaló como el primer cambio para evitar que se repitiera la historia inaugural. Desapareció del radar de Sergio Mora. Desde ese día, siete suplencias seguidas y una vez fuera de la convocatoria. Vio desde la grada el encuentro más importante de su equipo hasta entonces, el de la visita del líder aquella tarde, La Nucía.

Cualquiera en su lugar habría bajado los brazos. No lo hizo. Salió al campo en El Ejido solo para perder tiempo, cuando faltaba un minuto. Ni una mala cara, ningún mal gesto. Se empezó a acostumbrar a sufrir los entrenamientos de los lunes, los que se dedican a reactivar a los suplentes. Muchos paran, él sigue. Soporta los gritos con entereza, le motiva ser consciente de lo que aún le queda: la fortaleza, la mental y la otra, la que soportan las piernas.

La paradoja es que con él en el campo, el Hércules nunca ha perdido. Tres victorias (El Ejido, Mar Menor y Murcia) y tres empates (Granada B, Socuéllamos y Eldense). Carlos David Moreno jugó 37 minutos entre la cuarta y la undécima jornada de Liga. Cargó con el peso de la defensa en Zaragoza, en la Copa, rodeado de chiquillos. Un soldado leal al grupo, al servicio del colectivo.

No se tomó como algo personal que su entrenador prefiriera a un integrante del filial, Sergi Molina, para ocupar su posición. Aguantó, entrenó, contribuyó a elevar el nivel del equipo en las sesiones de trabajo y aguardó su oportunidad. Llegó en la visita del Murcia. Solo valía ganar. Todos arrancaron nerviosos. Él, no. Él lideró la defensa y, junto a Tano, recuperó el crédito que se había ganado cuando el Hércules le captó para su causa.

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