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Segunda RFEF

Doce años de tristeza

►Desde el «controvertido» ascenso a Primera de 2010, el Hércules solo ha encadenado proyectos fallidos que han acabado triturando al 99% de sus responsables ►La suerte nunca acompaña y el Rico Pérez ha sido testigo de tres decepciones mayúsculas en la última década

A la izquierda, aspecto del Rico Pérez en el debut en Liga en Primera frente al Athletic en 2010; a la derecha, imagen de la tribuna en la visita de El Ejido en 2022. J. Navarro / H. Fuentes

Caminando con pena, cabizbajo. Dolido de más, en exceso, flotando en la indiferencia, en un lugar invisible para el resto. Roto por dentro, chapoteando en un magma de desastre perpetuo, asistiendo, una y otra vez, al mismo desenlace: el fracaso. El aficionado del Hércules apenas sonríe. Y las pocas veces que lo hace, procura que no se le note en exceso. Tiene la moral hecha añicos, pero se la cose cada verano para tejer lo único que siempre permanece: el sentimiento de orgullo y pertenencia a una historia, a un ideal, a un sueño de gloria efímera que se resiste, que se subleva, que si alguna vez viene es de visita, nunca hace noche en la ciudad. La desgracia ya es un bucle en el Rico Pérez.

Desde el controvertido ascenso a Primera División de 2010, puesto en tela de juicio en todo el país por una investigación policial que tenía el foco fuera del logro deportivo y, por ello, carecía de validez jurídica, el torrente de despropósitos se ha ido amontonando en forma de cursos fallidos más o menos estruendosos que se han llevado por delante al 99% de sus artífices, profesionales de perfiles muy diferentes, opuestos incluso, con un denominador común adherido a todos ellos: la impotencia en el momento de la verdad.

La inversión realizada no da rendimiento, pero la unidad productiva sigue siendo el principal valor de un club deprimido

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Lo que jamás ha variado desde diciembre de 1999 es la propiedad, encarnada en la figura del empresario Enrique Ortiz, motor inversor de una SAD que vive sus días más negros muy lejos de estar saneada económicamente. Al magnate inmobiliario, el Hércules es el único «negocio» que se le resiste, curiosamente la única «empresa» en la que el éxito depende de factores que van más allá del tanto vendes tanto vales. En el deporte hay botones que no responden siempre de igual manera. Más de 20 años después de su entrada en el consejo de administración blanquiazul, el dueño ya lo sabe y, a pesar de estar un peldaño más lejos de la élite que cuando asumió el control del equipo, nada le lleva a desistir, a ceder el testigo, a desligar su destino del de una entidad centenaria que es patrimonio de Alicante, pero que a él le cuesta bastante más que al resto.

5 PROMOCIONES

Desde 2012, cuatro de ellas en las últimas 8 temporadas

►Salvo la primera, en Segunda (2011-2012), todas se han desarrollado fuera del fútbol profesional: 2014-15, 2015-16, 2018-19 y 2021-22.

Doce años de tristeza si fin, de tropiezos, de caídas de bruces. Los últimos ocho, en el exilio, sin el abrigo de LaLiga, en categorías deficitarias, más todavía para clubes con pasado ilustre, siempre obligados a conformar proyectos ambiciosos sin retorno financiero, inyectando millones en un rédito exclusivamente emocional.

Imagen tomada el último sábado, con 9.000 personas en la grada pese a ser partido de pago. Alex Dominguez

El Hércules, desde su caída a Segunda División en 2011, ha disputado cinco promociones de ascenso y solo una ha sido en la categoría de plata. El resto, en Segunda B (3) y en Segunda RFEF, la última, la que culminó la madrugada del domingo con la enésima decepción sin paliativos, con el público entregado a su equipo a pesar de los pesares, empujando desde dos horas antes el arranque del encuentro, vaciándose el pecho de un aliento que siempre acaba igual, tornándose en lágrimas desconsoladas. Nadie se merece tal cúmulo de sinsabores. En el Hércules no van bien las cosas ni cuando las cosas van bien. El mantra está cincelado en el cemento del estadio, en las oficinas y en el subconsciente aplastado de la masa social

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