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Rubén Torrecilla, el héroe de una sola cara

La templanza del entrenador del Hércules en los días más bajos y la fe todo el club en su trabajo y sus decisiones, las grandes claves del ascenso

Rubén Torrecilla, en el banquillo, antes del Hércules-Terrassa que lo cambió todo.

Rubén Torrecilla, en el banquillo, antes del Hércules-Terrassa que lo cambió todo. / Jose Navarro

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Pedro Rojas

Pedro Rojas

La grandeza, más allá del Hércules, se mide con valores discretos, en unidades básicas. No tiene que ver con lo que atesoras sino con quien eres, con cómo te comportas cuando la gente te mira y también después, cuando vuelves a casa. Con cómo te definen quienes mejoran o empeoran sus vidas caminando contigo, los que lo hacen obligados y los que te buscan. Rubén Torrecilla es un hombre creyente. Uno convencido. De misa. Que rinde cuentas. Alguien que se niega a pensar que no existe un dios que se responsabilice del libre albedrío, los excesos y los desastres de la humanidad.

Conversa con el capellán del club, discute con él de bastantes asuntos, no solo de fe. Encuentra en su verbo la paz que necesita para conjugar un oficio como el suyo, de inmisericorde fiscalización pública y máxima exigencia laboral. Muy poca gente vale para ganarse el pan así, siempre expuesto a la crítica, al sesgo de conformidad, a la ira y al halago sin solución de continuidad.

Se requiere un aplomo y una personalidad que, a pesar de ser terriblemente escaso en la sociedad, tampoco le garantiza el éxito. Muchos tipos odiosos, caprichosos, de discurso inconsistente y trato mezquino han llegado a la cima. No es su caso. Torrecilla ha devuelto la alegría a la hinchada del Hércules sin dejarse llevar por el rencor ni por la arrogancia de saberse más preparado que ninguno de los que le cuestionaba para salir airoso de una situación que adquirió tintes utópicos hasta para él.

Pero no porque dejara de creer en las posibilidades de su trabajo y su grupo, sino porque la realidad era tozuda: había que remontarle 9 puntos en 6 semanas (la mitad de los que había en juego) a un rival que hasta la jornada 28 solo sumaba dos derrotas.

Rubén Torrecilla, en el banquillo del Rico Pérez, el pasado 24 de marzo, dia clave en Alicante para el ascenso.

Rubén Torrecilla, en el banquillo del Rico Pérez, el pasado 24 de marzo, dia clave en Alicante para el ascenso. / Jose Navarro

Fe... y algo más

Para que algo así ocurra no basta con la fe, se precisa suerte, y no poca. Pero el azar que explica el universo se alinea con quien más cualidades reúne para que la vida florezca. Después de 11 semanas terribles con solo dos triunfos, 22 puntos tirados a la basura y seis jornadas seguidas sin ganar, Torrecilla y su equipo se asomaron al acantilado, miraron a los ojos a ese abismo que es la masa airada, harta de fracasos, y lo que vieron fue devastador, muy desagradable.

Lo que leyeron tampoco les valió para fortalecer el ánimo. Y aun así se mantuvieron firmes, tensos, sin bajar la guardia. Es la primera vez que sucede en el Hércules desde tiempos inmemoriales. Ya no les cuento desde la última caída del fútbol profesional.

Nunca antes un grupo tan vapuleado, con un futuro tan nublado había logrado revertir su inercia destructiva. El de Torrecilla lo consiguió en la peor coyuntura. Cayendo en casa en el minuto 85, con la grada exigiendo que rodaran cabezas, señalando a los culpables sin escatimar gritos, sentenciando al entrenador.

En esa tormenta de fuego que ha calcinado otros proyectos semejantes en los últimos 14 años, emergió la valía del grupo, de lo aprendido, de lo trabajado. Carlos de la Nava, con un cabezazo en la frontera del pitido final, sofocó el incendio y la dinámica mutó.

Uno para todos y...

El 24 de marzo fue casi tan importante como el 5 de mayo. Esa noche viró el destino del vestuario, de su líder. Fue así porque nadie con voz de mando en el club dudó. Todos asumieron el enorme riesgo institucional que suponía la continuidad del técnico.

No hay fórmulas mágicas, en el fútbol existen ejemplos para apoyar cualquier teoría. Pero esta fue decisiva porque el equipo nunca dio signo alguno de no creer en su guía, uno que, visto con perspectiva, adquirió tintes mesiánicos.

Cada arenga suya, dicha con todo el convencimiento, se cumplía: vamos a ganar en Lleida, al Badalona en Vic, también la «final»; estamos para encadenar seis triunfos; y la mejor de todas, «le dije a Enrique (Ortiz) que no hacía falta una fusión para subir a Primera RFEF». Incomoda leerlo todo junto, pero fue así.

Hasta su decisión más controvertida, la de relegar a su pichichi, a Marcos Mendes, su máximo goleador, a la suplencia en favor de Agustín Coscia le salió redonda. Un tipo de bien, un trabajador honesto, un héroe con una sola cara. El entrenador 106 del Hércules ya es historia blanquiazul. Poca broma.

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