Hércules CF
Rafa de Palmas y un gol para toda la vida
El tanto del canterano del Hércules sirvió, además de para sumar tres puntos cruciales, para enmendar el fallo garrafal de uno de los héroes de la hinchada: Carlos Abad

Los fotógrafos retratan la celebración de Rafa de Palmas después de marcar el gol de la victoria del Hércules ante el Torremolinos. / Héctor Fuentes
Esperas tu momento. No te rindes. No dejas que te atrape el desánimo. Asumes tu edad. El club al que perteneces. Mientras los demás, los que se preocupan por ti, tratan de hacerte ver que lo mejor es irte a otro lugar, tú insistes, tú sigues yendo a entrenar con el mejor ánimo, feliz, aguardando tu oportunidad. Pasan los entrenadores, uno de ellos te envía a Alcoy en plena Navidad... dos veces... pero tú vuelves pese a tu buen papel en la montaña, jugando una categoría por encima de quien te «echa». Tu sitio es este. Lo sabes. Lo defiendes. Lo disfrutas. Hasta que una noche, en el ocaso del otoño, delante de ocho mil personas, cuarenta y dos partidos después, con solo 21 años y toda la carrera por delante, marcas un gol que vas a recordar toda la vida.
Rafaël de Palmas jamás olvidará el momento en que Beto Company le mandó llamar. Nunca antes había sido una rotación tan temprana. El suyo fue el primer cambio después del que hizo el técnico valenciano al descanso (Aranda por Nico Espinosa). Entró al partido con una hora ya jugada, justo después de que Usse Diao le sacara los colores a Carlos Abad, toda una institución en el Rico Pérez. El fallo garrafal del arquero tinerfeño ponía el partido muy cuesta arriba (0-1) frente a un rival duro, bien trabajado, muy joven, con energía de sobra, que había saltado al campo a defender el empate con el cuchillo entre los dientes.
Ver más allá de lo obvio
El sustituto de Rubén Torrecilla sabía algo que nadie más intuía. Le eligió precisamente a él para darle al Hércules la opción de remontar, para desbordar, para encarar, para atreverse y ser importante a la hora de atacar. El volante de Cannes, el hijo de Laurent de Palmas, aquel futbolista que jugó en el Elche y se quedó a vivir en la terreta, respondió a la confianza con un golazo formidable, el que culminó la remontada en el 94 y, de paso, alivió la carga de culpabilidad que pesaba sobre Carlos Abad.

Rafaël de Palmas festeja el gol del triunfo del Hércules frente al Juventud Torremolinos, en Alicante. / Álvaro Egea / HCF
En el tiempo añadido, con la grada resignada al mal menor, a un empate que valía de poco, el «23» del Hércules, con ficha del primer equipo ganada por derecho, acompañó en paralelo una ofensiva liderada por Unai Ropero. El futbolista del Alavés le vio llegar al balcón del área y le sirvió una bola rasa que llegó hasta él tensa. El canterano maniobró con rapidez, con fuerza, sin vacilar, sin dar tiempo a los defensores. Tres salieron a tapar su posible chut, pero él llegó antes y le pegó con la zurda, con el alma, con todas sus ganas de triunfar en el estadio que le está viendo crecer, dar pasos al frente. Disparo seco, ajustado al poste, perfectamente ejecutado...
Ejecución magistral
En cuanto salió de su bota sabía que había hecho algo grande. A Fran Martínez no le dio tiempo ni de reaccionar, la vio entrar besando la madera. El estallido de júbilo, los abrazos en la grada, los gritos, los aplausos, todo eso sucedió mientras él se quitaba la camiseta y la blandeaba orgulloso como una bandera, exultante, con rabia, consciente de que le estaba dando tres puntos trascendentales al sueño de Beto, uno en el que hay lugar para la creatividad, el talento, que siente apego por el balón, justo lo que le va bien a Rafa de Palmas.
Su festejo en la esquina del fondo sur, esa en la que se concentran los fotógrafos, no fue casual. Tiene imágenes de sobra del día que se estrenó como goleador blanquiazul con solo 350 minutos sobre el césped en partidos oficiales con el Hércules. Así se reivindica uno, así se aprovechan las oportunidades... Pero para que esto sea posible tiene que haber alguien más que crea, que te vea cuando mira al banquillo, que deposite en ti su confianza.
Al final, cuando todos celebraban un triunfo muy necesario, él se fue a abrazar a Carlos Abad junto a otros compañeros demostrando que el buen ambiente que reina en el vestuario sigue latente, que el cambio de líder en la banqueta no ha pasado factura, que hay una máxima en la vida que dice que a rey muerto, rey puesto. Que este sea el primero de muchos, Rafaël.
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