Tribuna
Hércules 2010/2011 y Elche 2025/2026, ¿Finales repetidos?

Mikel Oyarzábal dispara a puerta vacía durante la pasada derrota del Elche en Anoeta / EFE
Sábado noche, rellano del sexto. El destino, la vida o lo que ustedes quieran, ha querido que, en un ecosistema de apenas 5 m2, confluyan durante unos instantes dos estéticas opuestas pero condenadas a idéntico naufragio. Se cruzan, se miran ligeramente, sin entusiamo; y lanzan, casi susurran, un sencillo pero educado “hola”. Es el momento de esperar el ascensor.
A la izquierda Joan, con aspecto de cuarentón desaliñado, barriga cervecera, barba muy descuidada y miembro del consejo de honor de la resistència contra el jabón. Su cabello, que no conoce el agua desde hace dos semanas, empieza a tener una textura sedimentaria que, si alguien se atreviera a tocar alguna vez, lo mismo le convalidaban alguna asignatura de Geología. Su aroma es un cóctel de los diez o doce días que lleva sin ducharse y el olor a rancio de la camiseta “blancoamarillenta” que lleva. Y ya que entramos en el terreno de la vestimenta, aquí Joan tampoco sale con cartas ganadoras: aparte de la camiseta, pantalones vaqueros sucios y desgastados (pero de verdad, por los once años que tienen) y unas zapatillas azules, casi rotas y con la suela medio despegada. Un cuadro, vamos.

Valdez y Aguilar celebran uno de los goles del Hércules en la victoria ante el Barcelona el 11 de septiembre de 2010 / EFE
Pues ya que hablamos de cuadros y de arte, a la derecha nos encontramos a Jordi, toda una apuesta por la perfección y el detalle. Su piel huele a recién duchado, a crema de karité y a esas gotitas de esa mezcla perfecta de bergamota, lavanda y especias cálidas que se enfrascan en una botella de más de cien euros. Todos los cuidados son pocos para él. Lleva el pelo tan impecablemente engominado que el huracán Mitch no le movería ni un centímetro el flequillo. ¿Y qué decir de la vestimenta? Jordi, más que vestirse, se esculpe. Camisa blanca impoluta, con el distintivo del cocodrilo verde y con puños al estilo francés; pantalones de los llamados “de vestir”, gris marengo, para que combinen bien con la camisa; y, para acabar, unos mocasines de color caqui que aportan el toque ligeramente informal a su aspecto.
Salen del ascensor y, por extensión, al mundo. Jordi pasea palmito por la discoteca como si fuese un modelo de pret-à-porter, exhibiendo todo su catálogo de feromonas premium y de sonrisas profident. Quiere ligar. Todo hace indicar que puede triunfar, incluso que lo hará, pero algo falla: la noche es de los triunfadores y él no es uno de ellos. Nunca lo ha sido. Apenas a unos quinientos metros, Joan se mueve, casi se arrastra, por los peores tugurios de la ciudad. Lo malo no es que la noche, como la vida, le sea hostil; el problemaes que le importa un bledo y no hace nada por evitarlo. Lleva demasiado tiempo que, por no buscar, ya ni busca algo de calor humano, haciéndose creer que no necesita una piel que acariciar.

Sendoa, cabizbajo, en primer plano, durante un partido del Hércules / INFORMACION
Y así, con sabor a fracaso y como todos los sábados, ambos se marchan a casa con empate técnico a nada, como si del eterno retorno de Nietzsche se tratara. Dos estilos antagónicos, dos actitudes, mismo resultado. Eso sí, siempre nos quedará la duda de que pasaría si algún día le da a Joan por claudicar al agua tibia y al jabón, cambiar el estilo de vida y cuidarse por dentro y por fuera. Lo mismo, hasta liga…
Alicante, 13 de febrero de 2011. El Hércules Club de Fútbol tomaba aire tres superar al Real Zaragoza por dos a uno en el estadio José Rico Pérez. La victoria ante los maños, con goles de Farinós y Trezeguet, situaba a los de Esteban Vigo en decimosegunda posición, a seis puntos de la zona UEFA y con tres de ventaja sobre la frontera del descenso, que marcaba Osasuna. Eran los tiempos de aquel Hércules hecho a base de retales detrás y a golpe de talonario delante. Son los años de las lagunas defensivas de Piet Velthuizen, Momo Sarr o Christian Pulhac; y de los destellos de Drenthe, Trezeguet y Nelson Valdez. Aquella campaña, aquel equipo que llegó a ganar al todopoderoso Barcelona en el Camp Nou en la jornada 2 y que empezó entrenando el Boquerón Esteban, acabó descendiendo contra todo pronostico en mayo, ya con Miroslav Djukic en el banquillo, tras una pésima racha de dos victorias en trece partidos.
Hoy en día, a veinte kilómetros de distancia y por las mismas fechas, pero quince años después, el Elche Club de Fútbol se encuentra en una situación similar a la que vivió aquel Hércules. Incluso con peores números, pues los de Eder Sarabia se encuentran en la decimoquinta posición de la tabla, a diez puntos de los puestos europeos y a solo dos del descenso. Hay comparaciones que, aparentemente, no resisten paralelismo alguno. Esta, aunque no lo acaben de ver, es una de ellas. Y posiblemente esta sea de las que duelen más que un tanto en el minuto noventa.
Caminos opuestos, mismo precipicio
La planificación del Hércules de la temporada 2010-2011 fue un autentico despropósito. La composición de la plantilla parecía más un puesto de un rastro, con mucha medianía y algunos -pocos- artículos de mucho valor y mucha, que un intento por hacer un plantel mínimamente compensado. A nadie escapa que Drenthe (por aquel entonces en el mejor momento de su carrera), Nelson Valdez y Trezeguet eran “figuras de escaparate”, de Champions; pero detrás de ellos encontrábamos una “clase media” escasa -personificada en viejos conocidos como Abel Aguilar, Farinós y Tote- y muchos jugadores que, sencillamente, no daban el nivel de exigencia que tenía la por aquel entonces mejor Liga del mundo. El ejemplo más claro lo encontrábamos en la zaga, con David Cortés, Abraham Paz, Pamarot y Paco Peña. No eran malos jugadores, no; pero no estaban para frenar a Messi, Agüero, Kanoute o Cristiano Ronaldo domingo sí y domingo también. Dicho de otro modo: formaban una buena línea defensiva para un equipo puntero... de Segunda. Un poco lo que le puede estar pasando al Elche Club de Fútbol.
Mitad por estilo y mitad por lesiones, pero lo cierto es que la zaga ilicitana no muestra la solvencia ni la contundencia necesarias en una competición tan exigente como la Primera División. Las bajas de Héctor Fort y Pedro Bigas y la ausencia de recambios cercanos a su nivel están sembrando de minas el camino de los de Sarabia en las últimas jornadas. Sin embargo y más allá de las lesiones y de que la plantilla del Elche 25/26 sea corta de efectivos, en el debe del técnico vasco está el empecinamiento en una forma de jugar. La inteligencia es capacidad de adaptación, es saber con quién, cuándo y cómo cambiar el estilo en beneficio del equipo. Está bien despertar admiración por sacar el balón jugado desde el portero tantas y tantas veces; pero estaría aún mejor saber cuándo toca dar un pelotazo para que los ‘errores no forzados’ no te acaben costando goles absolutamente evitables.
En el último Hércules de Primera, a las flaquezas defensivas se sumaron las lesiones de dos hombres clave en el centro del campo. Tanto el mediapunta Tote como el pivote de referencia Javier Farinós pasaron más tiempo en la enfermería que en el verde. Sin ellos, el conjunto blanquiazul perdió pausa, jerarquía y equilibrio. Pero ese no fue ni por asomo el principal problema de un conjunto blanquiazul que quedó sentenciado por algo que tenía poco que ver con el balón...
La deuda que arrastraba el Hércules Club de Fútbol con la Agencia Tributaria provocó que Hacienda embargara sus cuentas, dejando de percibir ingresos procedentes de taquilla y derechos televisivos. La casi immediata falta de liquidez que vino a continuación, sumado a los salarios mastodónticos de varios jugadores, hizo que la entidad de Foguerer Romeu Zarandieta fuese incapaz de asumir el pago de las nóminas. Asimismo, por si esto fuera poco, el colapso financiero, que salpicó todos los ámbitos del club, obviamente también afectó a los proveedores, convirtiendo el corte del agua caliente en las duchas del campo de entrenamiento de Fontcalent en todo un símbolo de precariedad. Obviamente, como no podia ser de otro modo, todos estos episodios generaron tensión y malestar en la plantilla, que derivó primero en protestas e indisciplinas y después, casi como consecuencia lógica, en una caída libre a Segunda División.

Eder Sarabia, durante una rueda de prensa del Elche / Matías Segarra
En el Elche actual no hay duchas frías, ni impagos, ni “motines”. El vestuario está unido y el club funciona mejor que nunca. Tiene proyectada su Ciudad deportiva y goza de inmejorable salud a nivel económico. Para muestra, este botón: desde el pasado verano el cuadro franjiverde ha gastado en fichajes apenas 8 millones de euros y, por contra, ha ingresado la friolera de 32. Sí, es de sobra conocido que este Elche no buscaba fichajes de portada. Nada de “imitar” a aquel Hércules de estrellas fugaces. Nada de pujar por losTrezeguets o Drenthes de hoy en día, nada de fuegos artificiales… Bragarnik y Sarabia apostaron por hacer todo lo contrario y apuntalar sin estridencias el bloque que había subido el año pasado de Segunda. La idea era hacer los retoques precisos, línea por línea, con los que elevar el nivel de competitividad de la plantilla. Sin duda, una planificación mucho más sensata que la que hicieron sus vecinos de la capital hace quince años. Pero, sin embargo, en la ciudad de las palmeras están en idéntico punto: mirando al mismo abismo.
Soñaron con Europa.. y despertaron en un incendio
Lo curioso es que ambos equipos arrancaron muy bien, sin complejos y dejando muy atrás la condición de “recién ascendidos”. Como hemos indicado más arriba y todo el mundo sabe, el Hércules de la campaña 2010-2011 sorprendió al planeta fútbol con aquella victoria histórica ante el Barcelona de Guardiola, Xavi, Iniesta y Messi. El doblete de Haedo Valdez abrió telediarios y fue portada de todos los medios (deportivos o no). Ese triunfo y otros posteriores, como los logrados ante el Sevilla (2-0), la Real Sociedad (2-1) o el Atlético de Madrid (4-1), hicieron que la afición blanquiazul no solo volviera a sentirse orgullosa de su equipo sino que llegara a pensar en un imposible: que los tiempos de Arsenio Iglesias, Saccardi, Baena y Giuliano, los de aquel Hércules que finalizaba quinto o sexto en Primera, podían reeditarse en Alicante.
El Elche de la campaña actual también se permitió el lujo de soñar. No era para menos. Su arranque fue espectacular, manteniéndose invicto durante siete partidos y llegando a acabar alguna jornada en puestos europeos. Todo ello aderezado de un fútbol combinativo, preciosista… y hasta efectivo (en esos momentos). No obstante, la primavera dura poco y no haberse preparado para el invierno no suele ser una buena decisión. Y en febrero de 2026, el invierno se traduce en seis jornadas sin ganar y únicamente dos triunfos en los últimos dieciséis encuentros. Con el sueño europeo habiendo sido precisamente eso, un sueño, ahora los ilicitanos deben centrarse en sofocar un incendio con el que no contaban. El descenso a Segunda ya es una amenaza real.
¿Todos los finales son el mismo?
Las redes sociales, ese termómetro que aunque mienta nunca podemos dejar de mirar, nos están mostrando cómo crece la inquietud entre la afición franjiverde de forma proporcional a los malos resultados del equipo. Hasta el punto de que el aficionado medio ilicitano bien puede plantearse una duda más que razonable: incluso con el club habiendo hecho bien las cosas (o, al menos, creyendo haberlas hecho bien) el destino puede acabar siendo igual de cruel. Que puede que quizás no baste con planificar y trabajar de la mejormanera posible para lograr los objetivos. Como si el fútbol se pareciese más de lo que creemos a ese espejo roto en el que, por mucho o poco que uno se mire, siempre acaba apareciendo la misma imagen. El vértigo está ahí y el camino del Elche, pese a partir desde perspectivas completamente distintas, empieza a ser primo hermano del que sostuvo el último Hércules de Primera.
El fútbol, ya se sabe, tiene estas paradojas. En Alicante llevamos muchos años, incluso décadas, colgando el interrogante de “¿qué pasaría si algún día al Hércules le diera por hacer las cosas bien?”. Llegado el caso, en Elche la incertidumbre podría tener una respuesta mucho más amarga: ¿y si hacerlas lo mejor posible tampoco sirve para consolidarse en Primera? Dos clubs que flirtearon con el cielo europeo y que acabaron peleando por esquivar el infierno, dos ciudades vecinas, dos enemigos íntimos y una última duda: ¿y si Nietzsche tenía razón con su “eterno retorno” y con aquello de que todos los finales son el mismo repetido?
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