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Llueve sobre mojado en el Hércules: marcar dos goles a domicilio y no ganar

Es la tercera vez esta temporada que los blanquiazules hacen dos tantos fuera de casa y no consiguen la victoria

Rentero, en cuclillas, y Carlos Mangada, muestran su frustración después del resultado en Torremolinos.

Rentero, en cuclillas, y Carlos Mangada, muestran su frustración después del resultado en Torremolinos. / LOF

Pedro Rojas

Pedro Rojas

Pelear hasta el final siempre. Eso no se negocia. Creer que sí es una obligación, pero la realidad dicta otra cosa, que la candidatura del Hércules como aspirante al ascenso es endeble, que no se sostiene por sí sola y va a requerir de una dosis alta de fe porque, de momento, ni los números del equipo ni la actitud de los futbolistas sobre la hierba, dan para creer que ese objetivo sea factible.

El conjunto alicantino regresó de madrugada de Torremolinos con un punto, el que salvó Sandro Blazic en el último segundo de un duelo (aparentemente desigual) que duró 101 minutos. La intervención portentosa del guardameta alemán retuvo un empate que quizá hace justicia a lo visto sobre el césped, pero también revela las carencias de un bloque que tiende a diluirse, a dispersarse, que le cuesta horrores cerrar los resultados, también cuando es capaz de marcar dos goles como visitante.

Bolo conversa con Alessandro Blazic en el tramo final del partido del Hércules en Torremolinos.

Bolo conversa con Alessandro Blazic en el tramo final del partido del Hércules en Torremolinos. / LOF

Es la tercera vez en el presente curso que los blanquiazules son incapaces de sellar un triunfo después de festejar dos tantos lejos de Alicante. Todas ellas con Beto Company en el banquillo. Ocurrió frente al Nàstic, en Tarragona; contra el Tarazona, en suelo zaragozano y este sábado en Málaga, donde el Juventud Torremolinos, inmerso en la pelea por eludir el descenso, sacó los colores a todo el sistema de contención herculano.

Y así es muy complicado enlazar buenos resultados, que es lo que precisa con urgencia este Hércules muy bien armado sobre el papel, que hace agua cuando tiene que testarse fuera del laboratorio, de la pantalla del PC en la que se muestra la pizarra virtual que luego hay que obligarse a plasmar en el campo tras el pitido inicial.

Las tres veces que los blanquiazules han hecho dos goles como visitantes han concluido de la misma forma: 2-2. En Tarragona, supo mejor porque, a los 25 minutos, ya estaba dos tantos abajo en el marcador. Las jugadas de Slavy, antes del descanso, y de Fran Sol, superada la hora de partido, nivelaron la contienda. De nuevo un solo tiempo jugado bien y el otro desperdiciado. Eso ha pasado multitud de veces. Demasiadas.

En Tarazona, el guion se escribió de manera diferente. El equipo de Beto fue igualando gradualmente. Un zapatazo de Mehdi Puch desde fuera del área valió para materializar el 1-1, de nuevo al filo del descanso; y luego Fran Sol, cuando todo parecía perdido después de que los aragoneses batieran a Carlos Abad en el 82, acertó desde el punto de penalti en el tiempo de prolongación.

Mehdi Puch maniobra con el balón en El Pozuelo de Torremolinos.

Mehdi Puch maniobra con el balón en El Pozuelo de Torremolinos. / LOF

En ese momento, se antojaban marcadores aceptables por la situación de la que venía el equipo, con muchos meses amontonados sin triunfos a domicilio, y porque se salvaba un punto cuando todo hacía presagiar derrotas. En Torremolinos no sucedió igual. Allí, en el césped perfectamente cuidado de El Pozuelo, el Hércules se dejó morder, se dejó robar el premio, se inmoló cuando la segunda victoria del curso como forastero estaba casi asegurada.

Y eso a pesar de las precauciones adoptadas por su entrenador, que trató de aumentar la contundencia de su defensa metiéndole músculo y centímetros dando entrada a Retu y Bolo y retirando a Javi Jiménez y Mehdi Puch. La maniobra salió mal. El plantel entendió que debía replegarse alrededor de su portero y ni así, acumulando hombres en un campo cerrado, de dimensiones al límite, acertó a defender bien, a no sufrir.

Primero un penalti de Nacho Monsalve por llegar tarde, luego un gol del delantero (Isaac González) que acaba de llegar al encuentro, fresco, porque nadie le sigue, y después de dos opciones de despeje que no se aprovechan. Los gestos de rabia y frustración que suceden a estos fallos garrafales que tienen muy afilados algunos futbolistas no suman ni tapan nada... más bien es al revés.

La estirada formidable de Blazic contrarrestó otro desastre competitivo flagrante, el enésimo fuera de casa desde agosto, el tercero tras celebrar un par de goles como visitante, el último de una serie de desdichas evidentes que hacen muy difícil confiar en que la implantación del modelo de juego que propugna el entrenador se completará a tiempo... esta temporada. Antonio Calderón, con mucho menos, obtiene el mismo rédito.

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