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Hércules: cultura de club

Alicante y el alicantino, a poco que el Hércules les dé motivos, siempre responden

Los jugadores del Hércules posan con varios niños canteranos antes de un partido

Los jugadores del Hércules posan con varios niños canteranos antes de un partido / Jose Navarro

Enrique Moscat

Enrique Moscat

Acaba de despertar en una casa desconocida. No reconoce nada. Mira a su alrededor con extrañeza; ve un símbolo extraño en el televisor (una especie de "Y" invertida). No sabe qué día ni qué hora es. Ni siquiera recuerda quién es. El desconcierto de Victoria es total. Visiblemente asustada, sale a la calle. La gente la observa, la mira con recelo, la graba con sus móviles de última generación... pero nadie le ayuda. Y como siempre puede ir todo a peor: varios individuos armados empiezan a perseguirla como si de un juego macabro se tratara.

La chica huye, no tiene ni idea de qué, ni de por qué está sucediendo todo esto. En su camino hacia no se sabe dónde, se topa con Jem, otra mujer que está siendo perseguida por los hombres armados. Esta, aparentemente no tan desconcertada como Victoria, parece saber bastante de lo que pasa. Según le dice, el símbolo de la televisión -la "Y" invertida- es lo que controla a la gente, lo que la vuelve pasiva y la convierte únicamente en mera espectadora. Jem lo tiene muy claro: la única forma de acabar con esta pesadilla es llegar a lo que llaman "centro de transmisión" y, una vez allí, destruir el transmisor. No hay otra opción; no hay tiempo que perder.

Exhaustas, ojeras malvas, barro hasta en el corazón… Por fin han conseguido las dos llegar a su destino. Entran en el edificio y, cuando se disponen a buscar el transmisor, irrumpen los cazadores que les pisaban los talones. Victoria, aterrada, se queda paralizada; ya no corre, ya no puede más; solo grita, llora, suplica... Pero entonces, todo se para. Los cazadores bajan las armas, los focos se encienden, el público comienza a aplaudir. Victoria no entiende nada. De repente, un individuo que parece ser el presentador de un espectáculo se dirige a los espectadores diciéndoles que todo lo que han presenciado forma parte de una edición más de "White Bear Justice Park" (algo así como un parque temático de la justicia). ¿Pero por qué hacen esto?

El Hércules Infantil A celebra un ascenso en la Ciudad Deportiva

El Hércules Infantil A celebra un ascenso en la Ciudad Deportiva / Antonio Vigueras

Impactada, impotente y de nuevo sola (Jem no era más que una actriz del show), Victoria mastica y deglute cada palabra que va saliendo de la boca del presentador. Se siente usada, más víctima incluso de lo que lo era antes. Ella no ha hecho nada... o sí. En ese momento se muestran unas imágenes donde se ve cómo Victoria y su novio secuestran a una niña llamada Jemima (de ahí el nombre de Jem) y, posteriormente, mientras él la asesina, Victoria lo graba todo con su móvil. Una atrocidad de la que ella es tan culpable como él. Al menos eso piensa una sociedad que, indignada, había exigido un castigo ejemplar: cada día le borran la memoria; se despierta en la misma casa; la humillan, la persiguen y la aterrorizan; el público disfruta del espectáculo; y, al final, la esposan y se la llevan para "reiniciarla". Y así, una y otra vez. Todos los días son el mismo repetido, como si de un macabro "eterno retorno" se tratara.

Por si no lo han sabido, les acabo de relatar un episodio de la magnífica Black Mirror que, además de la evidente metáfora de la idea de Nietzsche, resiste un clarísimo paralelismo con El mito de Sísifo de Albert Camus. En la serie, Victoria no tiene que subir ninguna roca gigante por una ladera empinada para luego dejarla caer y volverla a subir, repitiendo el acto una y otra vez. No, su bucle eterno consiste en cargar cada día con el peso de lo que hizo. Sin posibilidad de redención, sin opción de cambiar un final que no solo ya está escrito, sino que se repetirá eternamente.

Nueva (vieja) cultura de club

Alicante, mediados de junio de 2020. Con el Hércules Club de Fútbol en la extinta Segunda B y tras una pésima campaña 2019-2020, en la que solo el COVID-19 pudo “salvar” al conjunto blanquiazul de un más que posible descenso a Tercera, la directiva y especialmente Enrique Ortiz impulsaron lo que el máximo accionista denominaría “una nueva cultura de club”. Este plan estratégico, surgido a menos de dos años del Centenario y en medio del enésimo terremoto institucional, buscaba, teóricamente, profesionalizar el club y modernizar y mejorar todas sus estructuras (fundamentalmente las relacionadas con las áreas de comunicación y de fútbol base). Pero repito: teóricamente. Porque en la práctica, desde entonces -y con el asterisco de 2024 como excepción- el club no ha hecho más que acumular decepciones y temporadas para el olvido. Seis años después, poco o nada ha cambiado, el Hércules sigue en la tercera categoría y tampoco se ven, precisamente, brotes verdes en el fútbol formativo. Para muestra, un botón. O mejor dicho, dos: el Hércules juvenil, tras caer hace una semana ante su homónimo del Villarreal, se colocó antepenúltimo de la clasificación, a siete puntos del Elche y del Castellón, y a una distancia sideral de los tres primeros: Valencia, Levante y el propio Villarreal, que sacaban 36, 32 y 30 puntos respectivamente a los juveniles herculanos. Significativo. Pero si nos ceñimos al equipo B, la situación del conjunto blanquiazul tampoco es que mejore en la comparativa con los clubes de su entorno: mientras el Hércules B se encuentra en la mitad de la tabla de su grupo de Tercera RFEF (donde el Atlético Levante marcha segundo), el Villarreal B milita en Primera RFEF y tanto el Valencia Mestalla como el Elche Ilicitano y el Castellón B lo hacen en Segunda RFEF. Como ven, todos por delante. Como desde hace quince años: el eterno retorno, el bucle del que no sale el Hércules.

La (verdadera) cultura de club

La (verdadera) cultura de club no es un barniz publicitario; es la sinergia que hace que todo funcione, el esqueleto que sostiene un sentimiento. Y obviamente no consiste solo en tener un buen primer equipo. De hecho, la primera plantilla no es más que el escaparate, lo que va a hacer que pueda ser más o menos atractivo el “producto” que vendes. Pero detrás debe haber unas estructuras que pongan en práctica un sistema óptimo de cantera, una red eficaz de ojeadores, unos preparadores lo suficientemente preparados (nunca mejor dicho) y unas instalaciones modernas y adecuadas para sacar el mejor rendimiento posible a los chicos (mejor ni hablar del tratamiento que da el Hércules al fútbol femenino…). El desarrollo de las categorías inferiores es, sin duda, uno de los pilares que definen la cultura de club. Pero aquí no acaba la cosa. Además de tener una “fábrica” que capte el talento y produzca a los futuros cracks del mañana, cualquier club serio -y con ambición- que se precie debe tener un plan estratégico a corto, medio y largo plazo. El éxito también se programa. Otra cosa es que llegue, pues ya sabemos que en esto lo que acaba decidiendo es que entre o no una pelotita entre tres palos. Sin embargo, si se planifica y se hacen las cosas bien, es indudablemente más probable “tener suerte” (no todos los años puede haber ascensos milagrosos como el de la 23-24). Precisamente y, especialmente, de forma complementaria a los planes a corto y a medio plazo, subyace otro punto clave: tener un cuerpo técnico lo suficientemente solvente a fin de desarrollar una política de fichajes inteligente y eficaz, que permita construir plantillas compensadas y competitivas con las que alcanzar los objetivos. ¿Se imaginan una temporada en la que no andásemos “cojos” en algún puesto o que irrupciones como las de Blazic y Mehdi Puch, las dos mejores incorporaciones en años, no fuesen fruto de la casualidad y se pudieran dar todas las campañas?

Fran Sol pugna por un balón con dos jugadores del Betis B durante la dolorosa derrota del Hércules el pasado viernes en Sevilla

Fran Sol pugna por un balón con dos jugadores del Betis B durante la dolorosa derrota del Hércules el pasado viernes en Sevilla / LOF

Otra parte fundamental de la cultura de un club, ya que hablamos de jugadores, es cómo se juega. Un equipo que propugna un estilo de juego propio y reconocible le hace ser diferente, especial. No se trata solo de ganar, sino de cómo se gana. En este aspecto destacan clubes como el Barcelona o el Ajax de Ámsterdam. El cuadro blaugrana y el ajacied comparten, además de la preferencia por el fútbol ofensivo y el juego combinativo, que todos sus equipos -desde los juveniles hasta la primera plantilla- emplean los mismos sistemas. En esto, el Hércules patina completamente. Y lo lleva haciendo desde tiempos inmemoriales.

Como también lo hace en otros aspectos, como en el de mostrar cercanía con el aficionado. Sería irreal pretender volver a los tiempos de la Inglaterra de principios de siglo XX, donde los socios podían usar las duchas o tomar copas en el bar situado en la sala contigua a los vestuarios del club. No se trata de pedir imposibles, pues aquel fútbol primitivo dista mucho del actual, pero sí de demandar un acercamiento real del club al alicantino y al herculano. La entidad debería respirar el mismo aire que la ciudad. Tener, por ejemplo, ciertos detalles con el abonado o acercar el herculanismo a los colegios o institutos serían buenos movimientos. ¿Y qué decir de las instalaciones? Que deberían ser modernas, cuidadas, funcionales y sobre todo dignas. ¿De qué sirve tener un estadio mítico si se nos cae a pedazos? 

Para acabar, nos topamos con el que probablemente sea el factor más importante de la cultura de club: la identidad y la pertenencia. A nadie escapa que un club sin identidad no sería más que una empresa de espectáculos deportivos. Todo proyecto que aspire a perdurar por siempre debe cimentarse sobre un sentimiento identitario e incluso, en muchos casos, sobre una idea sociopolítica. Dicho de otro modo, el aficionado necesita sentir que su escudo representa mucho más que once tíos corriendo detrás de un balón. Si no, miren al Athletic de Bilbao, al propio Barcelona (ambos con una filosofía basada en el arraigo autóctono) e incluso al Unionistas (club nacido del sentimiento inmortal a un óbito); o a los alemanes del St. Pauli (el equipo de la comunidad teutona LGTBIQ+) o del Unión Berlín, club antifascista, obrero, disidente y propiedad 100% de sus socios. Curiosamente y por suerte, el Hércules aprueba con nota la “asignatura” del aspecto identificativo; sin embargo y por desgracia, seguramente, tal vez sea la única que no le queda para septiembre.

La Santa Faz, las Hogueras… y el Hércules

Pese a que la época de Arsenio Iglesias y José Rico Pérez, la edad de oro blanquiazul, queda ya muy lejos; y a pesar de tantos años de decepciones y sinsabores, Alicante continúa identificada con su club representativo. Muy probablemente por los posos del repunte que supuso el ascenso de 2024, pero lo cierto es que el herculanismo goza de muy buena salud en la ciudad. Hasta el punto de que, dando veracidad al dicho, el Hércules sigue siendo, junto a las Hogueras y la Santa Faz, uno de sus principales símbolos. Alicante y el alicantino, a poco que el Hércules les dé motivos, siempre responden. Siempre están a la altura. Alrededor de quince mil espectadores en el último partido en el Rico Pérez y los más de trece mil abonados que tiene el club -más que tres equipos de Primera y nueve de Segunda- dan fe de ello. Y eso que este año las cosas no van bien dadas. El desastre de Sevilla del pasado viernes ante el Betis Deportivo ha dejado a los de Beto Company en mitad de la tabla, a 4 puntos del playoff de ascenso. Esto hace que el partido del próximo domingo ante el Marbella se convierta en una final. Caso de ganarla, el Hércules seguirá en la lucha por ascender; de no hacerlo, ya podrá bajar, un año más, la persiana del fútbol profesional. Aún quedan nueve jornadas para el final de Liga pero, como casi siempre en las dos últimas décadas, ya vamos tarde…

En medio de la pandemia del Covid-19, la afición del Hércules se manifestó por la pésima situación del club

En medio de la pandemia del Covid-19, la afición del Hércules se manifestó por la pésima situación del club / INFORMACION

Salvo un poco esperado giro de guion, esta campaña va camino de terminar en otro año gris, en otra gota más de un cristal en día lluvioso. Se podrá culpar al pésimo inicio de curso con un técnico que antes de empezar ya estaba amortizado. Habrá quienes maldigan la mala planificación de la plantilla (una vez más), el escaso acierto en algunos fichajes que estaban destinados a marcar la diferencia o la plaga de lesiones que ha perseguido -y persigue- al Hércules durante todo el año. También, cómo no, los habrá que personalicen en Paco Peña y/o en el propietario… Pero lo único cierto es que, como he dicho antes, la entidad blanquiazul solo cumple una de las características que definen una buena cultura de club. Tal vez eso pueda tener algo que ver...

Como ya quedó patente en la década de los setenta y ochenta, Alicante como ciudad y el Hércules como institución tienen un potencial inmenso. Pero mientras el club siga sin implementar las estructuras que permitan desarrollarlo, el herculanismo seguirá varado, muy alejado de dónde históricamente le corresponde. Existiendo casos como el del Villarreal CF y el municipio de Villarreal, con una población casi ocho veces inferior a la de la capital de la Costa Blanca, ¿se imaginan cuál podría ser nuestro techo si se hicieran las cosas de otra manera? Son ya muchas temporadas cometiendo los mismos errores. Más de una década de improvisaciones, de bandazos, de hacerlo (casi) todo mal. Demasiados años subiendo y bajando la ladera cargando con la roca gigante. Ojalá llegue un tiempo en el que, en Foguerer Romeu Zarandieta, no olviden lo que nunca han aprendido… Ojalá, algún día, hacer cultura de club en el Hércules no suene a episodio de Black Mirror. Ojalá alguna vez todo cambie para volver a ser lo que fuimos…

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