Análisis | Hércules CF
La campeona del mundo, el espejo ¿imposible? en el que se mira Beto
El entrenador blanquiazul trata de replicar en la tercera categoría un modelo futbolístico muy complejo que busca ganar de una forma deslumbrante usando a los mejores jugadores del país

Beto Company observa el desarrollo del partido del Hércules con su actual segundo, Alberto Segarra, en el banquillo del José Rico Pérez de Alicante. / Alex Domínguez

Al fútbol se juega de muchas maneras, pero no todas le entran igual por el ojo a los aficionados. Desde hace casi dos décadas, este país ha decidido escoger el camino más difícil, que es a su vez el más hermoso. Resulta sencillo poner fecha a esa pulsión ibérica por jugar alegre, por apabullar desde la posesión, por defender con la pelota ocupando espacios de manera ordenada, precisa, en una tarea asociativa que obliga a moverse de un determinado modo tratando siempre de que lo que vaya deprisa sea el balón y no el futbolista.
Es un modelo tremendamente exigente para quien lo ejecuta que lleva desarrollándose mucho tiempo, desde la mitad del siglo pasado, con la Brasil de Pelé y Garrincha como máximo exponente entrenada entonces por el mítico Vicente Feola. Aquel «jogo bonito» ha experimentado después muchas evoluciones, muchos giros de tuerca que en el 2008 vivió uno espectacular con la irrupción de Pep Guardiola en el banquillo de aquel Barça arrollador que bailaba a todo el mundo, que arrasaba, que no daba opción. Ahí nació el espíritu actual de la Roja, que no hace tanto, aunque ya nadie lo quiera recordar, tenía más que ver con la furia, la garra y la masculinidad tóxica que con el falso nueve.

MADRID, 20/07/2026.- Los jugadores de la selección española durante la celebración este lunes en la plaza de Cibeles de la conquista del Mundial 2026 por parte del combinado español. EFE/Sergio Pérez / SERGIO PEREZ / EFE
España llegó a alinear a siete defensas en un partido del Mundial. Y no fue contra Argentina, precisamente. Javier Clemente lo hizo contra Nigeria, en Francia. Y encima perdió. La nueva era, la nueva forma de ver el juego, el estilo tan definido del que puede presumir ahora todo un país gracias a Luis de la Fuente (el último en subir otro peldaño a la sublimación de la posesión desarrollando factores correctores a las propuestas del extécnico culé y, después, de Luis Enrique), merece todo el reconocimiento, toda la admiración y, por descontado, ser imitada como toda buena fórmula de éxito.
Pero cuando uno mira más adentro, cuando trata de bajar a la tierra, se da cuenta de que ese fútbol demanda unas condiciones muy específicas. Requiere un conocimiento del juego muy amplio por parte de los futbolistas, mucha inteligencia para interpretar los momentos, la salida, el repliegue, la activación tras pérdida. Hay que ser un atleta y, además, ser listo y tener calidad de sobra para ser preciso en los desplazamientos, en los pases, en las paredes, en el juego sin espacio, que es el más difícil.
El modelo táctico que exporta España, el que enseña en su formación nacional a entrenadores, el que aprenden todos aquí y con el que se ganan muy bien la vida en el extranjero, en su máxima expresión, lo pone en práctica la absoluta. Eso significa que el seleccionador tiene a su disposición a los mejores en cada puesto. En los clubes de élite sucede igual, se gastan el dinero en las piezas que mejor se ajusten al ideario.
Pero la inmensa mayoría de equipos, profesionales o no, tienen muy complicado acceder a ese catálogo exclusivo. Es ahí cuando la apuesta por un modelo tan valiente como el que exhibe la Roja comienza a resquebrajarse. Y ahí entra el Hércules, que ha decidido ponerse en manos de un preparador que desea, a su escala, ganar partidos con una propuesta que bebe de esa que Guardiola puso al servicio de la España de Luis Aragonés, de Vicente del Bosque, y de todos los que han venido después.

Vicente Del Bosque, ex seleccionador español de fútbol campeón del mundo / EFE
Fuera de España también ha calado. Los técnicos jóvenes (y los más veteranos que han querido reconvertirse) se han transformado en eruditos, en apasionados del Big Data, de los programas informáticos, de las reuniones de trabajo eternas entre los integrantes de los cuerpos técnicos cada vez más poblados de especialistas en parcelas muy concretas.
Pero el fútbol ya existía antes de Pep, y tanto mérito tiene ser capaz de sublimar el fútbol usando a los mejores jugadores, como alcanzar buenos resultados con mimbres peores sacando punta al talento del que se dispone (porque siempre lo hay), al espíritu de lucha y eso tan difícil de adquirir que es saber competir bajo presión con lo que se tenga a mano, con los compañeros que te toquen y contra los rivales que sea.
La España exitosa, la deslumbrante, la que colecciona títulos, siempre lo hace siendo la mejor, siendo incomparable, siendo magnífica. Lo difícil es aspirar a eso mismo con mucho menos, con lo justo. Cuando España no juega bien a lo suyo, no gana. Cae rápido. Se derrumba deprisa. Al Barça de los grandes días le ocurría igual. Lo increíble es pisar una final siendo más canchero que dominante. Por desgracia, fuera del fútbol de élite, cuesta hallar perfiles que valgan para desplegar sobre la hierba el embrujo rebosante de la Roja. En el fútbol de esparto, seguramente sea tan importante no venirse abajo, no dejar de pelear, de correr, de competir contra viento y marea, contra tus propias limitaciones, que explicar muy bien un plan preciosista que encaja divinamente sobre el papel, pero que, cuando se lleva a la práctica, se asemeja poco a lo que el técnico tenía en mente.
En Primera División ya cuesta que un club con todo el dinero del mundo se parezca a la bicampeona mundial. En Segunda ya es casi imposible verlo. Y por debajo de ahí, un erial. En el fútbol de esparto los proyectos ganadores tienen más de la Argentina finalista en Nueva York o en Catar, de la forma de entender el balompié de Simeone y del demonizado (injustamente) José Bordalás, el mejor de todos porque, a diferencia del Cholo o Scaloni, él no tiene tantísimo dónde elegir.

Pepe Bordalás, durante un partido esta temporada con el Getafe. / Europa Press
El Hércules se fía de Beto Company. Está enamorado de su discurso, de su propuesta, de su forma de entrenar. Pero los puntos se ganan solo en 90 minutos a la semana. Es ahí dónde las cosas han de funcionar. Lo malo del discurso de la Roja es que todo el mundo se ha aprendido cómo se puede atajar. Y cuando eso ocurre, y encima te toca afrontarlo con jugadores de Primera RFEF, la magia pierde brillo, te deja muy expuesto, a oscuras, y así es más difícil verse en el espejo.
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